
Jean Baudrillard
(Francia, 1929-2007)
Objects in this Mirror
«I'll be your mirror!» es la fórmula del sujeto. «We shall be your favorite disappearing act!» es el eslogan del objeto (algo así como: Seremos su lugar de desaparición favorito). Es necesario también que esta desaparición sea el lugar de aparición del Otro. Ya que para él es la única manera de existir. Todo lo que engendramos en el modo de la producción no será más que la imagen de nosotros mismos. Sólo lo que aparece en el modo de la desaparición es realmente otro.
Los seres y los objetos son tales que en sí mismos su desaparición los cambia. En este sentido nos engañan e ilusionan. Pero también en este sentido son fieles a sí mismos, y nosotros debemos serles fieles, en su detalle minucioso, en su figuración exacta, en la ilusión sensual de su apariencia y de su encadenamiento. Pues la ilusión no se opone a la realidad, es una realidad más sutil que rodea a la primera con el signo de su desaparición.
Un objeto fotografiado no es más que la huella dejada por la desaparición de todo el resto. Desde lo alto de ese objeto excepcionalmente ausente del resto del mundo, tenemos una vista inexpugnable sobre el mundo.
La ausencia del mundo presente en cada detalle, reforzada por cada detalle, como la ausencia del sujeto reforzada por cada rasgo de un rostro. También podemos obtener esta iluminación del detalle mediante una gimnasia mental, o una sutileza de los sentidos. Pero en tal caso la técnica opera sin esfuerzo alguno. Tal vez sea una trampa.
La foto no es una imagen en tiempo real. Conserva el momento del negativo, el suspense del negativo, ese ligero desfase que permite que la imagen exista antes de que el mundo o el objeto desaparezcan en la imagen –lo que no podrían hacer en la imagen de síntesis, donde lo real ya ha desaparecido–. La foto preserva el momento de la desaparición, y por tanto el encanto de lo real como de una vida anterior.
El silencio de la foto. Una de sus cualidades más preciosas, a diferencia del cine, de la televisión, de la publicidad, a las que siempre hay que imponer silencio, sin conseguirlo jamás. Silencio de la imagen que prescinde (¡o debería prescindir!) de todo comentario. Pero silencio también del objeto, arrancado del contexto atronador del mundo real. Sean cuales sean la violencia, la velocidad y el ruido que lo rodean, la foto devuelve el objeto a la inmovilidad y al silencio. En plena turbulencia, recrea el equivalente del desierto, de la inmovilidad fenoménica. Es la única manera de cruzar las ciudades en silencio, de cruzar el mundo en silencio.
La foto tiene un carácter obsesivo, narcisista, extático. Es una actividad solitaria. La imagen fotográfica es irreparable, tan irreparable como el estado de las cosas en un momento determinado. Todo retoque, todo arrepentimiento, así como toda puesta en escena, tiene un carácter abominablemente estético. La soledad del sujeto fotográfico en el espacio y el tiempo es correlativa a la soledad del objeto y a su silencio. Lo que se fotografía bien es lo que ha encontrado su identidad de carácter, es decir, que ya no necesita del deseo del otro.
El único deseo profundo no es el deseo de lo que me falta, ni siquiera el de aquel a quien yo falto (lo cual ya es más sutil), sino el de aquel a quien no falto, el de lo que es perfectamente capaz de existir sin mí. Alguien a quien no falto es la alteridad radical. El deseo siempre es el deseo de esa perfección ajena y, al mismo tiempo de romperla quizá, de deshacerla. En ese sentido, sólo nos excitamos por aquello cuya perfección e impunidad queremos tanto compartir como romper.
De ahí viene la magia objetiva de la foto: en ella el objeto realiza todo el trabajo. Los fotógrafos no lo aceptarán jamás, y defenderán que toda la originalidad reside en su visión del mundo. Por ese motivo hacen fotos demasiado buenas, confundiendo su visión subjetiva con el milagro reflejo del acto fotográfico.
Éste no tiene nada que ver con la escritura, cuya fuerza de seducción es muy superior; en cambio, la fuerza de estupefacción de la foto es muy superior a la de la escritura. Es raro que un texto pueda ofrecerse con la misma instantaneidad, la misma evidencia que una sombra, una luz, una materia, un detalle fotográfico. A veces en Gombrowicz, o en Nabokov, cuando su escritura recupera la huella del desorden original, la vehemencia material, objetual, de las cosas sin atributos, el poder erótico de un mundo nulo.
De ahí la dificultad de fotografiar a los individuos y las caras. El enfoque fotográfico es imposible sobre alguien cuyo enfoque psicológico deja que desear. El sujeto, contrariamente al objeto, nunca es cómplice; hace temblar el objetivo. Cualquier ser humano es el espacio de una puesta en escena tal, el espacio de una (de)construcción tan compleja, que el objetivo, tentado a pesar suyo por el parecido, lo despoja de su carácter. El problema no se plantea con los objetos que, al no haber pasado por el estadio del espejo, escapan a cualquier parecido.
Se dice: siempre hay un instante fotográfico que captar en el que el ser más banal entrega su identidad secreta. Pero lo interesante es su alteridad secreta, y, más que buscar la identidad detrás de las apariencias, hay que buscar la máscara detrás de la identidad, la figura que nos obsesiona y nos desvía de nuestra identidad –la divinidad enmascarada que en efecto nos obsesiona a todos nosotros durante un instante un día u otro.
En el caso de los objetos, los salvajes, los animales, los seres primitivos, la alteridad es segura, la singularidad es segura. El más insignificante de los objetos es «otro». En el caso del sujeto, es mucho menos seguro. Pues el sujeto –¿es el precio de su inteligencia o el signo de su estupidez?– consigue, a cambio de esfuerzos muchas veces increíbles, existir únicamente en los límites de su identidad. Sólo podemos confiar en conjurar este proceso convirtiendo a los seres en algo más enigmáticos a sí mismos, algo más extraños los unos a los otros. Así, en el acto fotográfico no se trata de tomarlos por objetos, sino de conseguir que se conviertan en objetos, conseguir, por tanto, que se conviertan en otros, es decir, tomarlos por lo que son
Si existe un secreto de la ilusión, es tomar al mundo por el mundo, y no por su modelo. Es devolver al mundo la fuerza formal de la ilusión, lo cual es lo mismo que volver a ser, de manera inmanente, «cosa entre las cosas».
Chuang-Se y Huei-Se paseaban por un dique del río Hao. Chuang-Se dijo:
–¡Mira con qué facilidad se pasean los gobios! Son la alegría de los peces.
–Tú no eres un pez –dijo Huei-Se–. ¿Cómo sabes lo que es la alegría de los peces?
–Tú no eres yo -replicó Chuang-Se–. ¿Cómo sabes que no sé lo que es la alegría de los peces?
–Yo no soy tú –dijo Huei-Se–, y seguramente no sé lo que sabes o no. Pero como seguramente no eres un pez, es muy evidente que no sabes lo que es la alegría de los peces.
–Volvamos –dijo Chuang-Se– a nuestra primera pregunta. Me has preguntado: ¿Cómo sabes lo que es la alegría de los peces? Tú sabías que yo lo sabía ya que me has preguntado cómo lo sabía. Lo sé porque estoy en la orilla del río Hao.
Continua...
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