Breve repaso de la crítica literaria en Cuba en el siglo XIX

Fina García Marruz

 

Este texto de la gran poeta y ensayista cubana Fina García Marruz, Premio Nacional de Literatura, forma parte de su libro de ensayos, editado por Unión, Estudios delmontinos que será presentado en la próxima Feria Internacional del Libro de Cuba, en febrero de 2009.

 

 

 

No podemos decir que en el siglo XVIII existiera entre nosotros una verdadera crítica literaria. El que repase la colección del Papel Periódico encontrará que si bien existió una crítica filosófica –orientada hacia el ataque del escolasticismo y los métodos de enseñanza–, no se puede dar el nombre de crítica literaria a los numerosos artículos polémicos que en ella aparecían. La poesía era incipiente, así debió ser también la crítica. De los tres Manueles de nuestra poesía del XVIII –Manuel de Zequeira, Manuel Justo Rubalcava y Manuel María Pérez– sólo el primero alcanzó la suficiente resonancia como para que sus poemas fueran públicamente juzgados. De ello se ocupó Buenaventura Pascual Ferrer en su periódico El Regañón, que no en balde ha sido llamado “El Regañón de Zequeira” por la frecuencia con que aparecían ataques contra el poeta. Nuestra crítica fue, en su comienzo, personalista –como lo revelan los artículos de Ferrer y todavía, a principios del XIX, los de La Sagra y Saco sobre Heredia. La mordacidad hiriente de que haría gala, años después, Emilio Bobadilla puede incluirse en esta línea, ya por entonces regresiva, de nuestra crítica.

Nuestro verdadero primer crítico literario fue Domingo del Monte. En él se confunden los criterios estéticos y los éticos, la poesía y el propósito político o moral. Con él se inaugura, consecuentemente, el intento de “cubanizar” la poesía, que ya con Pobeda empezaba a manifestar sus preferencias por el tema criollo. Pasamos con él de la crítica personalista de Pascual Ferrer al criterio de “utilidad positiva” que exige a todo arte.

Un tercer momento en nuestra pequeña historia de la crítica estaría representado por Enrique Piñeyro con su europeismo, su separación de la estética y la moral. Nos referimos aquí sólo a este contenido de su crítica por ser el que se relaciona con Del Monte, sin pretender agotar ni mucho menos el tema.

Si Pascual Ferrer confunde la crítica y el regaño, si Del Monte considera a la literatura “cual debiera siempre ser, esto es, misión de moralidad y mejoramiento”, Enrique Piñeyro escribe en su artículo “Literatura dramática” aparecido en la Revista del pueblo:(1)

La poesía existe por sí misma, es una cosa tan aérea, tan delicada, tan espiritual, que sufre y se enferma cuando voluntariamente se la fuerza a entrar por otras vías que no sean las suyas.– Los principios sociales que con el nombre de democracia u otro parecido, aspiran a constituir en lo adelante bajo mejores bases la felicidad del género humano, pueden muy bien seguir hoy su camino independientemente de la literatura–, y cuando hayan realizado sus esperanzas y sus sueños, vendrá entonces la poesía a derramar sobre ellos sus tesoros de gracia y de belleza.

Vemos así planteados, desde el principio, estos tres tipos de crítica: la personalista, la “comprometida”, como diríamos hoy, y la esteticista o defensora del arte puro. Piñeyro aconseja “nada más que pensar en el efecto poético, en el placer estético, esto es, en los medios de conmover y excitar la parte espiritual de nuestro ser”.

Ya Ricardo del Monte, sobrino de Don Domingo, en su ensayo sobre “El efectismo lírico”(2) reacciona contra la tendencia moralizante en poesía que había puesto de moda Milanés bajo el influjo de Del Monte, es decir, contra la didáctica llevada al verso y también contra la crítica ceñida a lo personal:

Desde los días de la benemérita Revista Bimestre, ¿qué ha sido la crítica en Cuba en el transcurso de los cuarenta años que van corridos? Elogios apasionados o desahogos de la enemistad.

Aboga por un género de poesía no imaginativo sino analítico, de acuerdo con los tiempos que corren. Quiere que entren en la poesía ideas, juicios, emociones. En lo único en que aparecen estar de acuerdo todos es en el rechazo del gongorismo. Ricardo del Monte cita la frase de Juan Pablo Courrier: “Grand Dieu! preservez nous de la métaphore!”, lo que con otras palabras escribiría luego Milanés.

Para Piñeyro “el estudio sincero de la verdad es más moralizador que todos los sermones del mundo” y la poesía “existe por sí misma”. Critica la tendencia moralizante de la poesía de Milanés (ver Estudios y Conferencias) como también lo haría Ramón de Palma en un artículo sobre el poeta publicado en la Revista de la Habana de Mendive. La reacción contra los criterios delmontinos, como se ve, fue inmediata.

Sin embargo, no hay que simplificar demasiado el “moralismo” de Del Monte que en carta a Milanés le aclararía, a propósito de algunos de sus cantarcillos costumbristas, que si bien la poesía debía “ridiculizar los vicios, inspirar sentimientos de honor y virtud”, el hito está en que no se les dé el aire de sermoncicos y pláticas cuaresmales, sino que tengan toda la ligereza y la sal de las décimas y redondillas de Góngora y Quevedo.(3) Pero añade:

V. desde luego no es poeta changuero ni sirve para el caso: el carácter de su espíritu es demasiado serio y solemne para doblegarse a componer fruslerías, aunque sólo lo sean en apariencia; no gaste V. pues su pólvora en fuegos de artificios, en cohetes y buscapiés, –cargue V. con ella un cañón de a 24 y con su tremenda explosión espante y aturda a la Isla de Cuba, alborozada al ver que en V. cuenta con otro poeta que como Heredia o mejor que Heredia, pinte su naturaleza y castigando corrige sus costumbres.

¡Qué idea la de decirle al tenue cantor de “La madrugada” que debía cargar este tremendo cañón poético y espantar y aturdir con él a toda la Isla de Cuba! La frase “como Heredia y mejor que Heredia” revela su desengaño ante la orientación final del poeta y también que ya por entonces trataba de formar a un discípulo más dócil. Milanés, como veremos después, se defendió sólo en parte de su influjo, acaso porque el consejo de Del Monte obraba sobre una naturaleza propensa al escrúpulo moral. Es lo cierto que estas ideas influyeron menos sobre los otros poetas del círculo delmontino, pero también que Del Monte, con sus orientaciones, exacerbó una tendencia que estaba latente aún en la mejor poesía de Milanés.

El punto de perfecto equilibrio entre estas opuestas exigencias hechas a la poesía lo iba a representar, como siempre, Martí. Milanés, mal influido por Del Monte, no alcanzó ese tácito eticismo que relampaguea en los Versos libres desvirtuándose y quedándose en expresa prédica moral.

Aparte de lo que llamaríamos “la crítica fugaz” de periódicos y revistas, se pueden percibir otras líneas: la crítica impresionista de Manuel de la Cruz; el positivismo crítico, influido por Taine, de Enrique José Varona; la crítica monográfica o erudita de José de Armas de la que es ejemplo su “Cervantes y el Duque de Sessa”, entre otros; el “perspectivismo” crítico de Nicolás Heredia en cuyo libro, con el significativo título de Puntos de vista, reacciona contra todo dogmatismo en materia de juicios literarios.

Si la crítica de Del Monte se plantea el problema de la literatura considerada en sí misma y la literatura como servicio, posteriormente Martí se plantea la pugna entre la crítica dogmática, la impresionista y la cientificista. Se comienza a juzgar no sólo la obra sino la crítica misma.

El tema es demasiado vasto y no pretendemos, desde luego, sino tocar algunos de sus aspectos. Capítulo aparte lo pudieran constituir los poetas como críticos: Heredia, Milanés, Martí.

Al llegar a Martí tocamos la medida más alta alcanzada en Cuba por la crítica, el punto de máximo equilibrio y final síntesis de todas las tendencias contrapuestas a que hemos ligeramente aludido. Su crítica será a la vez personal y objetiva, eticista y artística, normativa y respetuosa del modo de ser original y propio de cada mundo expresivo. Sin escribir casi nunca expresa “crítica literaria” hay en esa peculiar forma suya de “abrazar” una figura, una imagen en que se funden el hallazgo pictórico y el crítico, la visión de la persona y de la época. Algunos de sus más penetrantes juicios críticos aparecen en frases incidentales o en artículos de los temas más diversos y para descubrir otros tendríamos que desglosarlos de la onda emotiva en que a veces andan envueltos. Ni abusa de las citas (Martí cita poco) ni hay nunca en sus escritos poso muerto biográfico o bibliográfico. Lo suyo es una especie de apoderamiento amoroso del tema, siendo ese tan martiano “salir de sí” para ponerse “en el lugar del otro” lo que da la mayor versatilidad y riqueza no sólo a su estilo, que cambia según sea el objeto que lo anime, sino a su crítica, de raíz cordial. Ese fenómeno de “incorporación” es tan absoluto que a veces resulta difícil distinguir en sus páginas sobre Emerson, sobre Walt Whitman, si habla en el nombre de ellos o en el suyo propio: aquí y allá clarea el bosque con chispazo súbito venido de otro sitio. Para él criticar es comprender lo uno y lo diverso, ver la correspondencia de una ley general y un descubrimiento insólito. Suya será la fórmula definitiva: “Amar; he ahí la crítica”.

1 Segunda época. No. 2 del 30 de octubre de 1865.
2 Revista de Cuba, 1878, t. 3, p. 134.
3 La carta aparece citada por Federico Milanés en el prólogo que escribió a las Obras de D. José Jacinto Milanés, segunda edición. Nueva York, Juan F. Trow y Compañía, 1865, pp. XIX-XXI.