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II
–¡Acción, coño! Esto duerme a las piedras. –Y acudían los chicos de Andreu Martín y Félix Romeo.
Si quería un punto de vista femenino, se lo pasaba a Elia Barceló, Ana María Moix, Marta Rivera de la Cruz, Paula Izquierdo o Lucía Echevarría. Si necesitaba exclamaciones rotundas o insultos contundentes, ponía a trabajar al equipo de Rafael Reig. Cuando necesitaba trasfondo político y social, llamaba a Isaac Rosa, a María Toledano, a Belén Gopegui o a Alfons Cerbera. Los equipos históricos estaban divididos por períodos. El de Pérez Henares y Juan Eslava Galán hacía la prehistoria. Ana María Matute y Paloma Díaz Mas aún se encargaban del de la Edad Media, aunque había una sección especializada en templarios. Fernando Royuela, Renacimiento y Barroco. Félix de Azúa llevaba la Ilustración. Manuel García Rubio y Ramón Per-nas, el siglo xix. Había un equipo especializado en la guerra civil de 1936, a cargo de Rafael Chirbes. Manuel Longares llevaba el franquismo. Nicolás Casariego se ocupaba de la ciencia ficción.
Si había que hacer una versión autonómica, intervenían los responsables locales: Manuel Rivas, Xuan Bello, Iban Zaldua, Javier Pascual, Ferran Torrent, Emili Rosales, Felipe Benítez Reyes y Javier Torneo.
Maqueda era discípulo de Foucault y creía que es el texto el que crea al autor. Solo cuando la novela estaba terminada se seleccionaba al actor que iba a representar al autor. Le ponían un nombre, fabricaban una biografía, le proporcionaban obsesiones, ideas políticas, influencias literarias, opiniones, ropa y rasgos de carácter.
Durante los dos años que trabajé en LiberTotal participé en seis novelas, todas ellas de gran éxito comercial, cuando ese era el objetivo, o de indiscutible calidad literaria, en los dos casos en los que así se lo propuso Maqueda
.
Entonces fue cuando apareció Fátima Oquendo.
–Hola, antropófago –me saludó.
Trabajaba en la sastrería, con Ángeles Caso, seleccionando el guardarropa de la nueva autora feminista que iba a ganar el premio Planeta.
Acababa de llegar a Madrid y no tenía dónde quedarse. Le ofrecí que se viniera a mi casa, mientras encontraba un apartamento.
Seré breve: al tercer día nos acostamos.
Lo primero que hice al verla desnuda fue buscar la c en su nalga derecha.
Allí estaba: era mi hermana. Era tan Belinchona como yo.
No existía la posibilidad de engañarme a mí mismo, como había hecho hasta entonces, diciéndome que quizá, después de todo, solo fuera mi prima.
Era mi hermana y la amaba.
Cuando se quedó embarazada, cortamos el hilo que nos unía al resto de los mortales, los dos abandonamos el trabajo y nos encerramos en la casa de Pontejos, con las persianas bajadas.
Fátima tejía una manta de lana; yo intentaba descifrar los pergaminos de aquella caja que había pertenecido a la familia desde el pasado más remoto.
Un domingo, a las seis de la tarde, Fátima sintió dolores de parto y llamó a una comadrona que conocía
.
Oí el llanto de mi hijo al otro lado de la pared.
La comadrona se despidió, cerré la puerta de la calle y entré en la habitación.
Fátima sonreía con el niño en brazos. Estaba muy pálida.
–Es todo un antropófago –dijo–. Se llamará Rodrigo.
–No –la contradije–. Se llamará Casimiro y nunca aprenderá a leer ni a escribir.
Lo levanté en brazos, de espaldas a mí, desnudo. Tenía la c en la nalga derecha. Tenía también algo más que el resto de los hombres: una cola de cerdo.
Ni Fátima ni yo dijimos una palabra. Quizá los dos pensamos que podríamos cortársela algún día o que se desprendería ella sola a medida que el niño fuera creciendo.
Después ya no tuvimos ocasión de hablar.
Demasiado tarde me di cuenta de que Fátima se estaba desangrando. Murió entre mis brazos, pocas horas después, afilada como el pétalo de una rosa, inalterable; instantánea y eterna como una burbuja en el mármol.
Besé los labios del cadáver.
En aquel instante prodigioso se me revelaron las claves definitivas de Melquíades y leí sin dificultad: "Ninguno de los dos en los extremos sabe leer: ni el primero de la estirpe ni el último, que ha dejado de respirar".
Corrí a buscar al niño, que estaba inmóvil, asfixiado en la cuna, con la piel de color malva y los dedos rígidos.
A la luz del flexo, en la mesa camilla hereditaria, leí los pergaminos, que ya no me oponían ninguna dificultad. Era la historia de mi familia, escrita por Melquíades, con todos los detalles. Era un engranaje de repeticiones irreparables, una rueda giratoria que hubiera seguido dando vueltas hasta la eternidad, de no haber sido por el desgaste progresivo e irremediable del eje. La había escrito en patois, transliterado en sánscrito, y la había cifrado con un algoritmo que ahora me parecía transparente.
Leí con impaciencia, sin darme cuenta de que al llegar al final leería mi propia muerte.
Vi a Agustín Belinchón separando las manos para sujetar el hilo y que su mujer pudiera hacer un ovillo. Vi la cabeza de mi tatarabuelo Alfonso, rodando con los ojos abiertos, sobre las cenizas de la hoguera, mientras su cuerpo temblaba boca abajo sobre la arena. Vi a mi bisabuelo, José Nepomuceno, que se abrazaba las rodillas contra el pecho. Vi a mi abuelo Federico caer en Playa Girón, en el mismo sitio donde había rodado la cabeza cortada de su padre. Toqué la calavera que estaba sobre la mesa camilla. Vi a mi padre escuchando con el fonendoscopio el corazón de los escritores.
Entonces vi a mis sueños alzar el vuelo en desbandada, a contraluz, aleteando hacia poniente, hacia el pasado cárdeno y oscuro. Eran sueños de juventud hereditarios, inservibles y dolorosos: sueños de gloria literaria.
Estaba tan abstraído que no sentí la aceleración insensata de mis latidos. Cuando me golpeó el dolor en el pecho, comencé a saltarme páginas para averiguar la fecha de mi muerte.
Eran las siete y media en punto en el reloj de pared, igual que en el Longines parado de mi familia. En el momento de leer la última línea, comprendí que con ella se detendría mi corazón: ahora mismo, aquí.
(*) El autor de Jardín inglés, una versión de la Pimpinela Escarlata situada en la guerra civil española y contada por P. G. Woodehouse.

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