|
En su texto “Función del poeta”, vuelve sobre las claves del peor de los oficios: La poesía tiene “la facultad de iluminar, es decir, de hacer visible lo oculto, develar otra realidad –o la verdadera realidad–, acaso la más sagrada pretensión que los poetas contemporáneos, desde Rimbaud, confieren a su arte”. Porque como él mismo se reconoce es un contemporáneo de Rimbaud, Ramos Sucre, Mayakovski, Vallejo, o Ramón Palomares, para no hablar de sus reencarnaciones de los poetas chinos, árabes o los naturales del delta del Orinoco.
Otro de sus exegetas de privilegio, el maestro Juan Liscano, define puntualmente esa génesis y trayectoria en el prólogo a su Antología poética, editada por Monte Ávila en 1994:
La obra toda [...] oscilará entre dos polos: el de su toma de conciencia social, marxista, vinculada a la imagen paterna, a ese trabajador que le “enseñaba la Internacional entre los ruidos de las máquinas” y “devoraba hasta el amanecer los libros rojos”, a la consiguiente aproximación afectiva hacia los pobres: “tienen el vientre vacío/ la cabeza de cerveza”, y su sentir íntimo, personal, introspectivo, suyo, como decía Vallejo de sí mismo, conmovido sin cesar por impulsos contradictorios de alma, por alas y llamas, “por el pánico de caer en mi propia trampa”.
Aquí escribo tu nombre pueblo mío
Descubridor de todos los buenos sentimientos
[“Escribo tu nombre”, de Preparativos de viaje, 1964]
De esos presupuestos iniciales se nutre, cambiante y enriquecida, su trayectoria posterior, que nos llega como “una corriente de “subversión” lingüística y política”, de la que forma parte con autores que le son muy afines por lo mucho compartido, sobre todo en el desarrollo temático del lirismo urbano y político, como el recordado Víctor Valera Mora, Caupolicán Ovalles y Juan Calzadilla.
Una muestra de esa síntesis se encuentra en “Canción del otro con ceniza”, uno de mis poemas favoritos:
Como animal óseo y con lágrimas
que lame con su hocico húmedo y largo los basurales de la gran
ciudad Como un poeta tonto entre miles de técnicos geniales
en las suntuosas oficinas donde se deciden los destinos, las fornicaciones
y el hastío
Así tal vez seré algún día
cuando de mi cabeza no salgan pájaros sino pardas o locas cenizas.
Es en esa etapa decisiva de su vida cuando, entre los avatares de la literatura y la militancia política, conoce a una joven, Maureen Pacheco, que marcaría los nuevos tiempos, como su compañera de más de cuarenta años, presencia palpable o subterránea en toda su poesía, incluso antes de conocerla.
Ella entre en el reino del agua
Molusco invisible se hace su cuerpo
Lengua de plancton desnuda
Compañera desposada con la vida
Iluminada por el sol
como una máscara de
vidrio.
Junto a la vocación civil, está presente desde un inicio y se va acentuando con la madurez de su poética el tema amoroso, otra de sus constantes cardinales, que fue sedimentándose, después de los desbordamientos de la primera juventud, y trasformándose cada vez más en un leimotiv. “En ejercicio del amor” es un ejemplo claro de una poesía amatoria asociada a los temas universales:
En ejercicio del amor
los dioses conocen de torpezas
y apuran su vino eternamente
y son humanas sus carencias
y es de zozobra su equilibrio
y es humareda su perfección
y es como un espejo la transparencia
En ejercicio del amor
nada concluye todo recomienza.
De ahí, de esos versos dedicados a ese amor a la criatura indispensable, en lo físico y en lo espiritual, viene tan bien esa “fuerza moral” que reclama el creador para su existencia plena. El poeta nos hace saber en su antología Poesía de bolsillo que “la poesía ha sido un largo camino hacia la otra conciencia, allí donde la existencia humana se descubre, redescubre y arriesga a plenitud [...]. Porque la poesía no es sólo una referencia estética, sino también una fuerza moral”.
Su cosmovisión existencial, más allá de lo trágico, del fatalismo histórico, de la subordinación del individuo al fin de las identidades, está dada por las diferentes fuentes donde explora la alquimia de sus versos, que toma de Occidente y Oriente, de la lengua colonizadora y las tradiciones aborígenes, de las comunidades primigenias y las vanguardias de hoy, del planeta globalizado y el mosaico de las diásporas, el discernir de todo lo que nos atañe. Su “Canción mestiza para domesticar la hierba” dialoga con esos presupuestos sincréticos, desde el recurso enumerativo, una constante que domina a su gusto:
Hierba buena, hierba cana, hierba carmín, hierba de ballesteros, hierba del ala, hierba perra, hierba de las coyunturas, hierba de las golondrinas [...] hierba flecha, hierba de la puta madre, hierba plana, hierba pamatacual, hierba del once ahau, hierba maldita,
No nos sepultes.
Sobre los somaris, el sello distintivo de su poesía, que a no dudarlo nos quedará en su lección de calidez, ironía y brevedad como legado y materia de estudio para los lectores y especialistas del futuro, se ha escrito, especulado y a veces minimizado por el propio autor, que los considera “nimias y pasajeras escaramuzas”, aunque al enunciar sus ambiciosas intenciones se contradiga, pues más allá de la intencional fugacidad son portadores del humor, la herejía, la irreverencia, la bohemia, la soledad, el amor y el desamor, como en un buen bolero, y por tanto siempre, no a veces, la voluntad de “un asomo de estremecimiento compartido”. Por eso nadie mejor que el poeta para desentrañar eso que pretende, aunque paladinamente no lo confiese, ser algo más que una colección de noticias diversas:
[...] desde hace mucho he venido escribiendo o intentando pequeños artefactos que por recato, luego de haberlos llamados “poemas breves”, nombré con un neologismo devenido al azar: somaris. No tienen ellos forma específica como los haikús y tankas japoneses o los sonetos itálicos, ni intención precisa como los epigramas griegos y romanos, sino que los caracteriza, amén de la concisión, su libertad formal, su poliantea y casi siempre su laconismo.
Un ejemplo es la síntesis donde mezcla sus lecturas de adolescencia (Salgari, Stevenson), con sus estudios sobre el Caribe conquistado, o sus vivencias como hijo de isla y vecino de costa de ese mare nostrum sin el cual no nos imaginamos otra vida y otra historia:
Recostado en la barra frente al mar
mientras apuro una cerveza
veo los antiguos barcos que retornan
Tripulaciones de lenguas extrañas
vueltas brumas y oquedad
y roncos ijares de anclas chorreando verdes ramas
mientras las velas se iluminan en el horizonte [“Somari con galeones”, de Escrito de salvaje]
Con estos “poemas breves” o “somaris”, Pereira se propuso generar “escaramuzas que pretenden conciliar [...] la fugacidad del vivir, el humor, el extravío, la insensatez, la insubordinación y a veces, por qué no, un asomo de estremecimiento compartido”. El somari devela lo oculto, su estética se asocia a un lenguaje descarnado, sugerente pero sin giros retóricos, donde el silencio complementa al verso, por aquello de que “sólo lo fugitivo permanece y dura”. Como escribiera uno de sus críticos, igualmente aflora en los somaris la declarada voluntad de que los poemas son acciones.
En los somaris, al igual que en gran parte de su poesía de la madurez, más allá de los textos citadinos de los primeros libros, está presente la deuda con Historias del paraíso, su apasionante trilogía, visión de los vencidos que nos recuerda otros clásicos como Biografía del Caribe, de Germán Arciniegas, o De Cristóbal Colón a Fidel Castro, de Juan Bosch. O las crónicas de Indias, o toda la tradición y acervo de las culturas aborígenes que integran ese gran mosaico donde se deposita el origen de nuestros pueblos; o los cantares en lengua pemón que nos traen el paisaje inconmensurable de la Gran Sabana, divino incluso para los que presumimos de ateos convencidos; y los waraos del delta o los wayús con la oralidad que trasmite la riqueza de la península guajira. La gran capacidad de sugerencia minimalista de la poesía heredada de nuestros primeros padres, es el río mestizo que se empoza y discurre en cada uno de los somaris, tan iguales y diferentes. También se suman en sus valores sincréticos los clásicos de las tradiciones helénicas o del Asia profunda, en reescrituras, proverbios y máximas, referentes desde la ironía o el guiño, hasta lo intertextual o de intencional mimetismo.
Como en otros textos, en su ya antológico poema “Sobre salvajes”, devela el humanismo, la sensibilidad, la ejecutoria civil del hombre que, en el ejercicio de su escritura, reconoce a “los seres invisibles” de la sociedad.
Los muy tontos no saben lo que dicen
Para decir tierra dicen madre
Para decir madre dicen ternura
Para decir ternura dicen entrega
Tienen tal confusión de sentimientos
que con toda razón
las buenas gentes que somos
les llamamos salvajes.
Igual de presente está la experiencia enriquecedora de los viajes, cuando el poeta es un eterno nómada, desde su biblioteca, en las aventuras imaginarias o en las físicas: desde la Verona de los ancestros, pasando por La Habana a la que siempre vuelve, hasta la Samarkanda milenaria:
En Samarkanda conocí los tigres
Hay una foto ante la gran mezquita
en la
que puedo verme
Y al fondo
flanqueándome
los diablos de
Timur desvanecidos.
Tuve la experiencia de acompañar a Gustavo desde Cumaná, la tierra de su admirado Ramos Sucre y mi muy recordado Andrés Eloy Blanco, hasta Maturín, haciendo el camino de Alejandro de Humboldt, pero al revés. Y allí hablamos de la huella imperecedera del sabio alemán en nuestras tierras, y la visita que Pereira compartió con el entrañable Ramón Palomares, y la clara presencia de las relaciones del tiempo y el espacio en la poesía del trujillano que hallamos en el cuaderno Alegres provincias (que lo subtitula Un homenaje a Humboldt). Este libro de Palomares, de honda madurez, dedicado a nuestro segundo descubridor –tanto de Venezuela como de Cuba–, es un itinerario de viajes, relecturas sobre Viaje a las regiones equinocciales del Nuevo Continente de Humboldt; tributo merecidísimo al viajero alemán. Como evocación de esas lecturas y de ese encuentro memorable de dos buenos amigos por las rutas de la Historia, escribió el autor de Sentimentario su “Con Ramón Palomares en el camino de Humboldt cerca de una aldea en una colina”.
Y con la voz del poeta en estos recordados versos, que igual pudieran estar tributados a él, quiero concluir mi evocación del amigo y el escritor que admiro:
Cuando estallaban las margaritas y el sol se abandonaba y apenas
desembozábase alrededor la oscuridad
te escribí estas palabras
para recordar
aquel poema tuyo
olvidado
que siempre nos perseguirá.
* Artículo que recibió, en 1935, el Premio Justo de Lara, y publicado por primera vez en Acción, en 1934. Tomado de Jorge Mañach, Ensayos (Editorial Letras Cubanas, 1999).
|