Cuatro siglos de literatura cubana: razones que nos convocan
Cira Romero
Podemos considerarnos dichosos los cubanos de hoy. Apenas han transcurrido ocho años del siglo XXI y en Cuba nos damos el gusto de estar festejando los cuatro siglos de nuestro primer despertar literario con Espejo de paciencia, de Silvestre de Balboa, escritor que, aunque de origen canario, se apunta el mérito de ser el iniciador, en 1608, de nuestro aún joven proceso literario insular.
No voy a entrar en el viejo debate acerca de si Espejo de paciencia fue o no una superchería literaria creada por el conocido círculo delmontino como una manera de asentar nuestra inicial poesía dentro de la épica renacentista, donde dignamente se le ubica. Dejo por sentado que existió, que hasta el año 1836 no se tenían noticias de la existencia de este texto, pero el literato José Antonio Echeverría encontró ese año en los fondos de la biblioteca de la Real Sociedad Patriótica de La Habana, más conocida como Sociedad Económica de Amigos del País, una copia incompleta de la Historia de la isla y catedral de Cuba, del Obispo Agustín Morell de Santa Cruz, en cuyo Libro Segundo, Artículo VI, según la estructura organizativa dada a la primera edición realizada de esta obra, que, debida a la Academia de la Historia, data del año 1929, se insertó en aquel momento el texto del poema, del cual había llegado a sus manos una copia no se sabe en qué circunstancias. En el número de noviembre de 1838 de la revista El Plantel, que Echeverría dirigía junto con Ramón de Palma, dio cuenta del hallazgo en un trabajo titulado “Primeros historiadores de Cuba”. Al parecer, el propio Echeverría transcribió más de una copia del manuscrito del cual fue depositario, aunque desapareció, pero había entregado una de ellas a Néstor Ponce de León, quien la traspasó a su hijo Julio y este, a su vez, puso a disposición de Francisco de Paula Coronado, quien al realizar la citada edición de 1929 de la Historia de la isla y catedral de Cuba, lo incluyó. No obstante, ya había aparecido de manera completa en la segunda edición de la Bibliografía cubana de los siglos XVII y XVIII (1927), editada por Carlos M. Trilles. Tanto en Cuba como en Islas Canarias se ha reeditado en varias oportunidades y ahora, cuando cumple sus primeros cuatrocientos años de escrito, nada más justo que volvamos a él en esta fiesta de la literatura cubana, que algunos han querido verle un carácter netamente habanero (aunque no es menos cierto que aquí se han centrado las actividades principales), pero otras ciudades del país también han estado celebrando la importante efemérides.
Muchos han sido los valores que se le han reconocido a la obra: de carácter histórico, de carácter literario, pero sobre todo, por ofrecer una “nota cubana”, ya que Balboa nunca olvida el entorno que lo rodea. Por eso en este poema épico está el germen de la futura cubanía. Aquí está presente la composición étnica de la isla, con el personaje del negro Salvador Golomón, tan ricamente exaltado posteriormente por otros autores, como nuestro Alejo Carpentier en su Concierto barroco; están los colonizadores españoles, los criollos blancos, los indios, y a todos los llama Balboa “insulanos”. Pero también figura nuestra naturaleza, los frutos de Cuba: los mameyes, las piñas, los plátanos y tomates.
No es necesario decir mucho más. Como ha apuntado Enrique Saínz, uno de sus principales estudiosos:
Por vez primera la isla de Cuba entra en la fabulación y se integra a los valores de la tradición clásica y renacentista. Paisaje y poesía, hazaña y canto estarán desde ese momento indisolublemente ligados a lo mejor de las letras cubanas.
Aquí está la muestra de los inicios de la poesía en Cuba, el primer acercamiento amoroso a nuestra realidad y el arraigo profundo de su creador a las circunstancias nacionales.
Habrá que esperar hasta el siglo XVIII para que se pudiera disfrutar en Cuba de lo que, se supone, sea nuestra primera obra teatral: El príncipe jardinero y fingido Cloridano, esta sí escrita por un habanero: Santiago Pita, representada en La Habana en 1791 con bastante éxito, y bajo la clasificación de comedia de capa y espada. Si bien algunos le censuraron cierta licencia en las palabras y en la descripción de las costumbres, que seguramente molestaron a las pacatas mentalidades de la época, aunque en la actualidad, como es de suponer, no encontremos nada censurable en la pieza. Su primera edición, realizada en la Imprenta Real de Sevilla, data de los años comprendidos entre 1730 y 1733. Por lo tanto, fue obra compuesta en la primera mitad del siglo antes citado. Se trata de una comedia escrita en los momentos finales del barroco, y es el único ejemplo de teatro rococó entre nosotros, por lo que su problemática y sus personajes no pueden alcanzar, en un talento nada excepcional como el de Pita, otras dimensiones que las que le vienen dadas por ese estilo. Son precisamente la jovialidad y la galantería las dos cualidades principales de la obra en lo que concierne a su argumento, en tanto que los versos que la integran están, en ocasiones, llenos de color y de frescura. Si bien es cierto que predomina cierto retoricismo y un estilo algo artificial, aquejado de los defectos de la poesía barroca, y que los discreteos entre las damas y sus amadores se adornan con finezas y requiebros sumamente enrevesados, el valor de la pieza está determinado por su caudal poético y no por las excelencias de su acción dramática. Pero, sin dudas, la pieza muestra, en su conjunto, la habilidad de un artista, Santiago Pita, para crear con suficiente capacidad de asimilación los valores tradicionales del teatro y de ese momento en particular, y permanece como ejemplo único en el siglo XVIII en Cuba de un texto que, en su género, es digna muestra de un arte literario trabajado con plena conciencia. Es un intento, pero ayuda a ver más claro un patrimonio literario que seguimos construyendo.
Espejo de paciencia y El príncipe jardinero y fingido Cloridano resultan un viaje a nuestro pasado colonial, a esos territorios aún secretos e inconclusos de nuestra geografía literaria. Reconozcamos la permanente vigencia de ambas obras a cuatro y tres siglos, respectivamente, de haber sido escritas y exclamemos con Silvestre de Balboa, como invocación casi divina cuando rememoraba las deidades mitológicas:
Le ofrecen frutas congraciosos ritos,
guanábanas, gegiras y caimitos…
mameyes, piñas, tunas y aguacates,
plátanos y mamones y tomates.
De aquellas hipotecas de Masabo
que no las tengo y siempre las alabo.
Muchas iguanas, patos y jutías.
¡Que así se cumpla!
Palabras de presentación de las obras Espejo de paciencia y El príncipe jardinero y fingido Cloridano en el espacio del Sábado del Libro del 8 de noviembre de 2008.
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