Plácido, una poesía bajo sospecha



Roberto Méndez Martínez

La obra de Gabriel de la Concepción Valdés, Plácido (1809-1844), parece haberse hecho ilegible para nuestra época, en tanto los últimos días y actos de su vida la oscurecen y velan. Sobre él, como sobre otros poetas de nuestro siglo XIX –Heredia, la Avellaneda, Zenea– aunque por causas diversas, pesa la condición de “maldito”: Plácido prostituido, Plácido simulador, Plácido delator.

Uno de los tres grandes iniciadores del romanticismo cubano es un marginal perfecto, no sólo en el plano social sino en el literario. Harto ha descrito una bibliografía, más preocupada por su azarosa existencia que por las entrañas de su escritura, su nacimiento como hijo bastardo y expósito, su condición de mestizo, la obligación de vivir de la artesanía, no sólo la del carey, sino la de la palabra misma, como único modo de subsistencia y, para colmo, esa condición social fronteriza que le hace un inferior en los círculos ilustrados de la sociedad blanca y un ser ambiguo en aquellos miméticos salones de los pardos y morenos libres que conformaban una pequeña burguesía, todavía mal estudiada.1

Pero a este conjunto de infortunios vitales habría que añadir su exclusión –en vida, y aún mucho tiempo después de su muerte– de las instituciones legitimadoras del quehacer literario cubano. En primer término, habría que referirse al rechazo del círculo delmontino, que sigue siendo para nuestros historiadores de la literatura, el referente fundamental para localizar a las figuras esenciales de la escritura insular en la tercera y cuarta décadas del siglo XIX. ¿Por qué tal exclusión?

En primer término, el autor de “Jicotencal” está vinculado con un pequeño círculo de poetas aficionados, en los que predomina una estética marcadamente neoclásica: Ignacio Valdés Machuca (Desval), Manuel González del Valle (Dorilo) y Francisco Iturrondo (Delio), guían al novel autor en sus primeras experiencias poéticas. Ellos resultaban para Domingo Del Monte la negación de su concepto de intelectual: eran autores de “versitos”, no esa mezcla de estadistas, filósofos, pedagogos y escritores morales que él reclamaba para su Cuba “patricia”.2 Por otra parte, tampoco era Plácido un “objeto de caridad” como Juan Francisco Manzano. No servía para la propaganda abolicionista porque era un hombre libre, ni parecía querer prestarse a encargos con fines políticos, fueran testimoniales, como la Autobiografía de Manzano o de ficción, como la novela Francisco de Anselmo Suárez y Romero.

Para colmo, el Proceso de la Escalera, y las delaciones que contra Del Monte, Luz y Caballero, Benigno Gener, Pedro José Guiteras y otros, ofreció Valdés al fiscal –fuese de buen grado, para intentar salvar su vida, o arrancadas por la violencia– a diferencia de la temeraria defensa que de su mecenas hiciera Manzano, fueron decisivos en la redacción del odioso paralelo que Del Monte redactó en París en 1845, destinado al Álbum de Autógrafos de Don Nicolás Azcárate: “Dos poetas negros: Plácido y Manzano” y que sirvió de base a muchísimos juicios posteriores.

Desconocido o simplemente silenciado en vida, su imagen se oscurece en la muerte por la manipulación política, y particularmente racial, que se hace de ella. De una parte, se levanta un bando “beatificador”: son aquellos que consideran al poeta libre de toda tacha, inocente absoluto en el Proceso de la Escalera y, por tanto, mártir de gran utilidad en la propaganda independentista, desde Eduardo Machado, con su opúsculo Plácido, poeta y mártir, publicado en Hannover en 1865, al que seguiría, la conferencia de Eugenio María de Hostos en 1872, donde lo ve como “mártir del miedo que España ha tenido siempre a la independencia de sus colonias” y condenado al suplicio “porque su vida aterraba a los tiranos”.3 Eran estos los antecedentes de la campaña promovida por el periódico La Igualdad de Juan Gualberto Gómez en 1894, con el bien intencionado propósito de que la figura del poeta sirviera a la vez a la causa de la independencia y a la unidad racial en la república que se avizoraba. Lamentablemente, sus defensores eran demasiado mediocres para la tarea y su conversión en “ídolo de los cubanos negros” sólo logró suscitar las invectivas de Manuel Sanguily, quien, aunque marcado por un inocultable matiz racista de signo contrario, estaba mucho más documentado que sus opositores sobre la vida y obra del poeta, por lo que sus juicios, apasionados y aparentemente demoledores, reeditaron, a las puertas del siglo XX, la visión más denigratoria de Valdés.4

Lo interesante es que las actitudes respecto al poeta a lo largo del siglo XX van dirigidas a “redimirlo”, pero esencialmente desde el lado sociologizante. Si Leopoldo Horrego Estuch5 parece continuar la línea de sus apologistas decimonónicos, José Antonio Portuondo, Ángel Augier y José Luciano Franco6 ubican más adecuadamente al personaje en su tiempo, enfocan su existencia en una complicada estructura social pero que tiene su centro en la institución de la esclavitud, mas no logran sustraerse de la atención, casi obsesiva, a la cuestión del Proceso de la Escalera.7

En las antípodas de esto, en la Tercera Lección de Lo cubano en la poesía, Cintio Vitier nos sorprende cuando asegura no creer que la poesía de Valdés se inserte “en el proceso histórico de la iluminación de lo cubano” pues “nace y muere con él, no continúa ni anuncia nada, no pertenece al devenir histórico”, es el cantor del “tema de la suave nada cubana” y acaba poco menos que disolviéndolo frente a la solidez de la obra de José María Heredia, “Plácido tiene las virtudes del aire de la isla: giro abierto, ingravidez, equivalencia de sus criaturas en lo efímero y luciente”.8 En fin, poco menos que nada.

Para colmo, aunque fue quizá el más publicado de los vates cubanos del siglo XIX, dentro y fuera de la Isla, no se ha conseguido fijar un canon para su poesía. Su escritura, de manera consciente o no, está en la más extrema dispersión. En vida sólo dio a las prensas, bajo su aparente supervisión, dos libros: Poesías (1839) y Poesías escogidas (1842),9 más los folletos El veguero (1841) y el romance narrativo El hijo de maldición (1843). Lo que suma, como ha constatado el investigador Salvador Arias, ciento veintiocho poemas, a lo que habría que añadir cuatro más, escritos en la prisión y que, por más de seis décadas, fueron considerados de autenticidad dudosa.10

Agravó las cosas, en 1886, su amigo Sebastián Alfredo de Morales, cuando dio a la luz unas supuestas Poesías completas11 que aseguraban incluir “210 composiciones inéditas” y sembraron un verdadero caos entre los estudiosos pues: varios textos presentaban diferencias notorias con ediciones anteriores, muchísimos de los poemas recogidos resultaban de dudosa atribución al bardo o eran de escasísimo mérito y para colmo, tampoco eran “completas” pues dejaban fueran otras creaciones del poeta, dispersas en la prensa.12

Ante estas dudas, la posición común ha sido antologarlo de modo más o menos estricto: suprimir la mayoría de sus odas –como hacen en sus compilaciones A. M. Eligio de la Puente,13 Salvador Arias, y Roberto Friol–,14 otros muchos llegan a extremos como ignorar textos extensos, tal El hijo de maldición, y hacernos leer un Plácido depurado, del que permanecen apenas media docena de poemas. Todo esto va justificado por una colección de reproches sobre sus desigualdades, descuidos o legítimos disparates, como han señalado con insistencia en sus críticas Guiteras, Piñeyro, Menéndez y Pelayo, Sanguily y otros muchos.

Entonces, habría que preguntarse, ¿qué Plácido estudiar si no existe un volumen canónico de poesías completas y mucho menos un tesauro de manuscritos donde escoger y decidir? ¿Hay que aceptar los juicios en extremo severos que apenas aceptan una decena de composiciones para los textos escolares o habría que volver al disparatado conjunto pergeñado por Morales? Sólo esa respuesta tomaría años de estudio, mas, en principio, es posible, a partir de lo conocido y de más segura atribución en su obra, formular algunas premisas.

En primer lugar: Plácido es un auténtico poeta, cuya obra, aún dispersa, ha resistido el paso del tiempo y no vale el subterfugio de declararlo simplemente un “juglar” o “improvisador”. El que tuviera fuertes dotes como repentista es una cualidad peculiar que influye en su escritura, no una condicionante, ni a nombre de la “ligereza” o de lo “silvestre” y popular de sus versos hay que perdonarle sus faltas, porque, en realidad, cuando casi todas sus pirotecnias verbales se han perdido, cuando lo que escribió a sueldo en su mayor parte fue olvidado, queda todavía un conjunto que puede ser analizado y juzgado con el mismo rigor que aplicaríamos a otros de sus coetáneos más o menos notables. Si damos por buena la afirmación de Vitier: “Como el sinsonte, que no tiene canto propio, el canto de Plácido está hecho de otras voces, pero resulta a la postre inconfundible”,15 tendríamos que aceptar que otro tanto ocurre en una parte sensible de la literatura insular, desde Espejo de paciencia hasta Emilio Ballagas, por sólo citar dos ejemplos extremos.

El primer detalle que habitualmente escapa a los críticos de Valdés es que no se trata de un hombre “inculto”, sino de alguien de una cultura singular. Algo de esto intuía ya, a pesar de sus prejuicios, Menéndez y Pelayo:

Todo esto prueba que Plácido, aunque en otras cosas fuese un guajiro a medio pulir, estaba muy versado en la literatura poética de su tiempo, de donde toma además, su corta erudición, el caudal de nombres, propios, históricos, mitológicos y geográficos, de que hace infantil alarde en sus versos […] Era más bien un hombre semiculto, de buena memoria y de ingenio vivo, en quien se estampaba como en blanda cera cuanto oía o leía, aspirando a remedar las bellezas de los grandes maestros, como lacayo que se viste con las ropas de su señor.16

Eso nos da una pista para leer al poeta. El artesano peinetero, el frustrado aprendiz de impresor en los talleres de Boloña, se vincula a una “academia” de credo neoclásico: Desval, Delio y Dorilo lo introducen en el mundo de las églogas y anacreónticas, le dan a leer a Meléndez, a Villegas y a los románticos tempranos: Quintana, Gallego, Martínez de la Rosa. Quizá a través de ellos le llegaran no sólo las novelas de Chateaubriand, sino las poesías de Heredia. Pero, a la vez, Plácido tiene nexos con un sector poco estudiado de la sociedad cubana: la pequeña burguesía de “pardos y morenos”, que controla una parte principal de los oficios y artes de la colonia –como comprueba con preocupación José Antonio Saco en su “Memoria sobre la vagancia en la Isla de Cuba”.17 Varios de sus miembros tienen importantes negocios con la administración, discretamente actúan como prestamistas y saben muchos secretos de los blancos. Algunas de esas familias tienen hijos educados en el extranjero, encabezan “cabildos de nación”, cofradías y hermandades religiosas, mantienen excelentes relaciones con la jerarquía católica y ofrecen fiestas con un protocolo semejante al de los hacendados criollos.

¿Eran africanos con máscaras europeas? No, eran un estado peculiar de lo cubano en formación. Podría afirmarse que los “libertos” adoptan los hábitos de la oligarquía blanca por razones de conveniencia y que esconden detrás la cultura africana, pero el asunto no es tan sencillo. Son criollos, en ellos se ha producido una serie de complejas síntesis en las que la tradición clásica y judeocristiana envuelve y se mezcla con la africana.

Continua...