Pedro de Jesús

Pedro de Jesús López Acosta (Fomento, 1970), narrador, ensayista y poeta. Licenciado en Lenguas y Literaturas Clásicas por la Universidad de La Habana. Tiene publicados Cuentos frígidos (Letras Cubanas) y La sobrevida (Premio Alejo Carpentier de Cuento, 2006), y la novela Sibilas en mercaderes (Letras Cubanas y Océano, de México). En 1999, la editorial City Lights Books, de Estados Unidos, publicó la traducción de su primer libro de cuentos, Frigid Tales. Los poemas que presentamos corresponden a Granos de mudez, libro que obtuvo el Premio Raúl Ferrer 2008 de poesía y será publicado en 2009 por Ediciones Luminaria, de Sancti Spíritus.





Estreno absoluto

El bailarín se dispone
al demi-plié
que lo impulsará en su sencillo
pero significante salto final.
Nadie –ni el previsor
coreógrafo–
pudo imaginar que la música
fallaría en ese instante de la
ejecución.
Y al bailarín le parece tan ridícula
su postura,
tan impropia la apoteosis de saltar
en el plúmbeo,
lastimoso silencio,
que hace el plié aun más profundo
y acaba,
muy orgánico, sentándose
en el cono de luz que le habían destinado
para el simbólico
ascenso.
Mientras lo aplauden y sonríe
y se inclina en las reverencias
de rigor,
se pregunta con miedo
si el imprevisto desenlace
pervierte demasiado el sentido
de la obra,
si habrá, acaso, mucha diferencia
entre elevarse
y caer.

Bautismos (I)

Ahora lo llamo Emanuel
y lo fuerzo a que no espere nada.
Que ignore los bocetos y se deje
impetuosamente
reinventar.
Algo como un dripping de rutilantes aceites,
si acaso unas pocas manchas
de ocre o siena
para que la angustia halle justo sitio en el gozo.
Ahora lo llamo Emanuel,
y es un dios para sí mismo,
un holocausto de colores sin sombra
que nos hace –casi con pena– preguntar
qué
diablos
significan.

Bautismos (II)

Eres el hombre de las alucinantes cataratas
y los vastos yerbazales encendidos.
Sin embargo te llamo Nadie
para ocultarte de los monstruos
de un solo ojo.
Sabes que hay cuerpos que no deben
repetirse en la aurora
y ya en la alta madrugada
solo el hocico húmedo de tu perro
puede, en verdad, aguardarte.
Si en el viaje de vuelta aparecen
sombras de reloj descompuesto
con promesas de una luz inédita o un mapa,
nunca reveles tu verdadero nombre.
Recuerda que te llamas Nadie.
Eres el hombre de las alucinantes cataratas
y los vastos yerbazales encendidos,
pero sabes tan bien como yo
que nada podrías contra
los fecundos ardides de un cíclope.

 

Bautismos (III)

Ahora lo llamo Pedro de Jesús,
y le concedo la osadía de burlarse
de mí.
“Necesito ser amado como Nastasia Filipovna
por el príncipe Mishkin,
y enloquecer” –dice,
y me reconozco en los gallos de pelea
que parecen en sus manos picotearse,
aunque debo confesar que desconfío
de la intensidad
donde falta la verdadera vena de la sangre.

Pero todo es un campo de marabú en la mente,
infiernos artificiales.
Lo llamo Pedro de Jesús,
Pedro de Jesús,
y le advierto que Dostoievski, como él,
se burlaba:
la locura de Nastasia es la prueba.
“Pedro de Jesús –me dice–,
no soy Pedro de Jesús, sabes muy bien
que soy el idiota de Mishkin:
¿por qué no me llamas por mi nombre?

Didascalia (II)

Sin dudas hay un tiempo para
sembrar y un tiempo
para recoger.
Heme aquí, el espinazo doblado
sobre un surco que se vuelve interminable
aunque todos –incluso tú– aseguren
que ya es el fin de la estación.
Ni frutos ni raíces encuentran mis dedos
cuando esculcan el tajazo hercúleo
en el corazón de esta pérfida heredad.
Nada valen conjuros ni plegarias
contra la obra de mil demonios
que han debido poseerme.
Sigo doblado noche y día
recitando que hay un tiempo
para sembrar y un tiempo para
recoger,
un tiempo para sembrar
y un tiempo para recoger.
Pero temo que mi fe no alcance
y deba entonces,
perplejo,
aceptar
que la vendimia ha terminado
y solo un pedregal tengo por
cosecha.

Me muero por cometer el acto de tocar…

Me muero por cometer el acto
de tocar.
Lo que desconozco y apenas adivino.
Algo ínfimo y simple
con que desvanecer este angustioso
dédalo en mi mano:
la silueta de los perfumes, la cáscara
de los sonidos,
la materialidad de mis visiones.
Me muero por cometer el acto
de tocar:
Esto es una imploración, un rezo
–pero no sé
a quién.