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II
Sin embargo, es ahí donde tiene su origen la poesía épica de la tribu, en su identificación con el sufrimiento hebraico, la migración, la esperanza de la liberación. Pero con esta diferencia: el pasaje por nuestro Mar Rojo no era el de la esclavitud a la libertad, sino lo opuesto: las tribus llegaron encadenadas a su Nueva Canaán. Hay en mucha de nuestra literatura este sentimiento residual, el lamento en aguas extrañas por el hogar perdido. La búsqueda sutil de un Moisés aún sobrevive en nuestra política. El concepto épico se comprimió en la canción popular; el anhelo de la masa, en chantre y coro, copla y refrán.
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El poema épico no es un proyecto literario. Está escrito: ya lo estaba en las bocas de la tribu, una tribu que valerosamente había renunciado a su historia.
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Mientras las épicas de esclavitud y liberación del Viejo Testamento le proporcionaban al esclavo un paralelo político, la ética de la cristiandad atemperó los sentimientos vengativos de este, aparentando más profunda su pasividad. Para los amos no se trataba de un mundo nuevo sino de la extensión del viejo. La visión del amo de un Paraíso terrestre le estaba vedada, y la recompensa ofrecida en nombre del sufrimiento cristiano vendría después de su muerte. Todo esto lo sabemos, pero lo relevante es el celo con que el esclavo abrazó tanto lo cristiano como lo hebraico, miró con ojos resignados la muerte de su panteón y, sin embargo, deliberadamente comenzó a investir su moribunda fe de convicción política. Los historiadores no logran hacer una crónica de esto, se limitan a levantar las estadísticas de la conversión. No hay un momento de conversión tribal en masa equivalente al de la luz que tiró del caballo a Saúl; por el contrario, aquello en que se nos pidió creer era una lenta, pesada queja de rendición, la inmensa y laboriosa conversión de los derrotados en buenos negros o verdaderos cristianos, y por supuesto que canciones como esta parecen la más despreciable expresión de los vencidos:
Voy a dejar mi espada y mi escudo,
A la orilla del río, a la orilla del río...
Ya no voy a aprender más de guerra,
Aprender más de guerra...
¿Cómo enseñar esto a manera de historia? ¿No son esas palabras de los que han sido completamente vencidos, de los derrotados? ¿No se trata aquí de la perfidia cristiana, seductora de la venganza, la que movió a las tribus exhaustas a traicionar a sus dioses? Una nueva generación mira este tipo de conversión con desprecio, pues ¿dónde están las canciones de victoria, el desafío del guerrero capturado, dónde los nostálgicos cantos de batalla y las canciones de tiempo de cosecha, la siembra de la gran pastoral africana? Esta generación ve en la poesía épica, en la canción de labor y en los tempranos blues tan sólo autodesprecio e inercia, pero la profunda verdad es que, maniatado y humillado como estaba el esclavo, había en él, más que simple fortaleza, una nota de agresión. Y lo que esta generación posterior juzga como derrotismo es en realidad una victoria de la voluntad del espíritu, pues tanto el guerrero cautivo como el poeta tribal eligieron un mismo campo de batalla, propuesto por el agresor, el alma:
Guerrero soy, allá en el campo,
Y puedo cantar y gritar,
Y decir a los cuatro vientos que Jesús murió por mí,
Cuando me llegue allá al feliz paraíso,
Cuando me llegue al campo.
Lo que había sido robado al ladrón fue su Dios, pues el africano sometido había llegado al Nuevo Mundo cuando aún guardaba una elemental intimidad con la naturaleza y mostraba un terror más profundo a la blasfemia que el cristiano cansado e hipócrita. Bien pronto comprendió los rituales cristianos en torno a un redentor al que se había azotado, torturado y dado muerte, aunque tal vez haya retrocedido ante la idea de dividir y comer de su carne, pues en las culturas originales los dioses vencen unos sobre otros como guerreros, y para los guerreros no hay conversión posible en la derrota. Hay muchos ejemplos de este tipo. La verdadera historia reside en la conversión de la tribu, y es este el tema que nos concierne. Según dijo Eliot, una cultura no puede existir sin una religión, y la poesía épica no puede existir sin una religión. Aquí está el origen de la poesía del Nuevo Mundo. Y el lenguaje que usa es, así como la religión, el mismo del conquistador de dios. Pero el esclavo ya se había apropiado del dios de sus amos.
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No sé hasta dónde un poeta esté en deuda con otro, pero cualquiera que sea la verdad bibliográfica uno percibe no un intercambio de influencias, no la imitación, sino el empuje oceánico de la lengua metropolitana, de su imperio, el cual transporta a un mismo tiempo –aumentándose de tributarios coloniales tan poderosos– a poetas de una visión del mundo tan distinta como Rimbaud, Char, Claudel, Perse y Césaire. Es el lenguaje del imperio, y los poetas no son sus vasallos, sino sus príncipes. Seguimos catalogando a estos poetas mediante un procedimiento equivocado, es decir, la historia. Seguimos jugando con las evidentes limitaciones del dialecto por patriotería, pero el gran poema de Césaire no pudo ser escrito en francés criollo porque no hay palabras para algunos de sus conceptos; faltan sustantivos para sus objetos, y aunque por un golpe de suerte llegaran a encontrarse, estos difícilmente podrían ser expresados de manera visual sin los esfuerzos de un filólogo delirante. Ambos poetas, Césaire y Perse, manipulan una suprema retórica visionaria que bien puede traducirse al inglés. A veces suenan idénticos:
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Errante, ¿qué sabíamos del lecho de los abuelos, por más blasones
que ostentase en su atabanada madera de las Islas?...
No
había nombre para nosotros en el viejo gong de bronce de la antigua
morada. No había nombre para nosotros en el oratorio de nuestras
madres
(madera de jacaranda o de azombogo), ni en la móvil
antena de oro en la frente de las guardianas de color.
No estábamos en la madera de violero de la cítara o del
arpa; ni...
Saint-John Perse
Pido una canción donde pueda estrellarse el arco iris,
donde pueda posarse el chorlito en playas olvidadas,
Pido esa liana que crece en las palmeras
(su obstinado futuro sobre el tronco del presente)
Pido el conquistador de armadura ya sin sello
tendiéndose a lo largo en una muerte de flores perfumadas
Y la espuma que incensa una espada que se herrumbra
en la pura luz azul de lentos cactus feroces...
Aimé Césaire
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Los escritores más verdaderos son aquellos que no ven el lenguaje como un proceso lingüístico sino como un elemento vivo. Esto demuestra con claridad la pereza de los poetas que confunden el lenguaje con la lingüística y la arqueología. Asimismo, echa por tierra los conceptos provincianos de la imitación y la originalidad. El temor a la imitación obsesiona a los poetas menores. En cualquier época aparece el genio común, casi indistinguible; su perpetuidad es la única tradición válida y no aquella que cataloga la poesía según períodos y escuelas. Sabemos que los grandes poetas no tienen el deseo de ser diferentes ni el tiempo para ser originales; que su originalidad emerge sólo cuando han absorbido toda la poesía que hayan leído, íntegra; que su primera obra aparenta ser la acumulación de la basura de otros pero que luego se convierten en fogatas; que sólo los académicos y los poetas asustadizos hablan de la deuda de Beckett con Joyce.
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Acepto este archipiélago de Las Américas. Yo le digo al ancestro que me vendió y al que me compró: no tengo padre, no quiero semejante padre, aunque les entiendo, fantasma negro, fantasma blanco, cuando uno y otro susurran “historia” al unísono, pero si intentara perdonarlos caería en su idea de la historia que justifica, explica y expía, y no está en mí perdonarla. Mi memoria no siente amor filial pues los rasgos de ambos son anónimos y borrosos, y no tengo deseos ni poder para perdonar. Cuando asumieron sus históricas funciones de vendedor y comprador de esclavos, eran hombres en acción propia de hombres; y tú también, padre, en el intestino inmundo del barco de esclavos, así mismo para ti eran hombres en su papel de hombres, crueles como tal, tu semejante, tu hermano de tribu ni movido ni suspendido al titubear en torno a la raza que los une, tampoco mi otro ancestro bastardo, suspendido con el látigo en la mano. Es a ustedes, mis otros abuelos, íntimamente perdonados, a quienes doy estas extrañas gracias como el más honesto de mi raza; estas extrañas, amargas y ennoblecedoras gracias por el monumental gemido y la soldadura de dos grandes mundos, como las dos mitades de una fruta abierta por su amargo jugo; ustedes que, exiliados de sus propios Edenes, me colocaron en el asombro de este otro, y he ahí mi herencia, y vuestro regalo.
Derek Walcott: “La musa de la historia”, en Fractal, no. 14, julio-septiembre, 1999, año 4, volumen IV, pp. 33-66.
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