Derek Walcott

(Santa Lucía, 1930)



La musa de la historia *


La historia es la pesadilla de la que intento despertar.
James Joyce

El método con que se nos enseña el pasado –el progreso desde el motivo hasta el acontecimiento– es el mismo que se utiliza para leer narrativa. Con el tiempo, todo suceso se convierte en una carga más para la memoria y está, por lo tanto, sujeto a la invención. Cuanto más se multiplican los hechos, más se petrifica la historia en mito. Así, mientras envejecemos como raza, vamos advirtiendo que la historia está escrita, que se trata de una literatura sin moralidad, que en sus registros el ego de la raza es indisoluble y depende de que esta ficción sea escrita por la víctima o por el héroe.

En el Nuevo Mundo, el ser esclavo de la musa de la historia ha dado lugar a una literatura de la recriminación y la desesperación, una literatura de la venganza, escrita por los descendientes de los esclavos o una literatura del remordimiento, escrita por los descendientes de los amos. Ya que esta literatura está al servicio de la verdad histórica, tiende a refugiarse, intimidada, en la polémica o a evaporarse en el pathos. La estética verdaderamente robusta del Nuevo Mundo no explica ni perdona a la historia: se niega a reconocerla como una fuerza creadora o culpable. Esta vergüenza o temor reverente ante la historia se apodera de los poetas del Tercer Mundo, quienes encuentran en el lenguaje algo que los esclaviza y, en su furiosa sed de identidad, sólo sienten respeto por la incoherencia o la nostalgia.

Los grandes poetas americanos, desde Whitman hasta Neruda, rechazan esta idea de la historia. La visión que tienen del hombre en el Nuevo Mundo es adánica. En su exuberancia, estos poetas lo presentan como un ser susceptible, fácil de sorprender. Sin embargo, nuestro hombre ya ha saldado cuentas con Grecia y Roma y camina por un mundo desprovisto de monumentos y ruinas. Es exhortado a resistir el temible imán de civilizaciones más antiguas. Hasta en Borges, donde el genio se antoja sigiloso, a resguardo del cambio, el hombre celebra cierta exaltación, a un tiempo vulgar y abrupta: la vida en los llanos, a la que se le otorga un arcaísmo perentorio, mediante un estilo hierático. La violencia se experimenta de manera simultánea con la historia. Así, la muerte de un gaucho no sólo se repite sino que es la muerte de César. El hecho se diluye en mito. Aquí no se trata del hastiado cinismo que no ve nada nuevo bajo el sol: es una exaltación que todo lo percibe como renovado. Al igual que Borges, el poeta Saint-John Perse también nos conduce desde la mitología del pasado hasta el presente, sin el más mínimo reacomodo. Esta es la expresión más profunda del espíritu revolucionario: es un llamado al espíritu, a las armas. En Perse se despliega en toda su amplitud el elogio elemental a los vientos, los mares, la lluvia. La visión revolucionaria o cíclica se encuentra tan profundamente enraizada como la sintaxis patricia. Lo que Perse glorifica no es la veneración sino la perenne libertad: su héroe sigue siendo el vagabundo, el hombre que se mueve entre las ruinas de grandes civilizaciones con todos sus bienes mundanos cargados sobre caravanas o mulas; el poeta que transporta en su cabeza culturas enteras, tal vez tocado por la amargura, pero él mismo desembarazado. Los suyos son poemas de solitarias o masivas migraciones a través de los elementos. En espíritu son semejantes a los poemas de Neruda o Whitman en tanto buscan espacios donde la celebración de la tierra sea algo ancestral.

Los poetas del Nuevo Mundo que ven el estilo clásico como estancamiento, deben verlo también como degradación histórica y lo rechazan, pues encarna el lenguaje del amo. Esta forma de autotortura surge cuando el poeta interpreta la historia en términos de lenguaje, cuando limita su memoria al sufrimiento de la víctima. Su admirable deseo de honrar al degradado ancestro reduce su lenguaje a una punzada fonética, al quejido de dolor, a la maldición de la venganza. El tono del pasado se convierte en un fardo insoportable pues, para injuriar al amo o al héroe deben hacerlo en el idioma de este, lo que supone un autoengaño. La visión que tienen de Calibán es la de un pupilo enfurecido. Se les hace imposible separar la furia de Calibán de la belleza de su retórica aún cuando sus parlamentos son semejantes a los de su tutor. El lenguaje del torturador ha sido dominado por la víctima, lo que consideran una forma de servidumbre más que una victoria. Pero, ¿quién en el Nuevo Mundo no siente horror al pasado, ya sea descendiente del torturador o de la víctima?

¿Quién, en lo más recóndito de la conciencia, no clama en silencio por el perdón o la venganza? El pulso de la historia del Nuevo Mundo es el acelerado latido del miedo, los extenuantes ciclos de la estupidez y la avaricia. Las lenguas que asoman por encima de nuestras oraciones expresan el dolor de las razas ante la oscuridad de un dios maniqueo: dominus illuminatio mea, pues lo que fue traído a este Nuevo Mundo bajo el aspecto de una luz divina, la luz de la espada y la del dominus illuminatio mea, era la serpiente iridiscente traída por un Adán contaminante, el mismo Cristo torturado, exhibido con cristiano agotamiento. Lo que transportó el esclavo en sus entrañas ensemilladas fue una nueva nada, una oscuridad que sirvió para hacer más intensa la antigua fe.

Con el tiempo el esclavo se rindió a la desmemoria. Y este vasallaje es la verdadera historia del Nuevo Mundo. Es también nuestra herencia. Tratar de entender por qué sucedieron las cosas así, condenarlas o justificarlas, pertenece también al método de la historia, y las explicaciones se reducen siempre a lo mismo: “tal cosa sucedió por esto y esto otro”, “esto es comprensible, pues...”, y “en esos días los hombres eran así”. Intercambiadas tales recriminaciones, el arrepentimiento del amo toma el lugar de la venganza del esclavo. Aquí la literatura colonial asume un tono fundamentalmente pietista, ya que puede valorar al arte grande de feudal y justificar el arte pobre como digno fruto del sufrimiento.

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Es este pasmo ante lo numinoso, este privilegio elemental de poder nombrar al Nuevo Mundo lo que aniquila la historia en nuestros grandes poetas, una exaltación común a todos ellos, provengan del linaje de Crusoe y Próspero o del de Viernes y Calibán. Rechazan el linaje étnico en favor de una fe en el hombre elemental. La visión “panorámica democrática” no es metafórica, sino una necesidad social. Una filosofía política enraizada en un sentimiento de exaltación tendría que aceptar la creencia en un segundo Adán, la re-creación del orden entero, desde la religión hasta el ritual doméstico más sencillo. El mito del “buen salvaje” no reviviría, pues este nunca ha emanado del salvaje sino que ha sido siempre la nostalgia del Viejo Mundo, su anhelo de inocencia. La gran poesía del Nuevo Mundo no tiene esas pretensiones de inocencia: su visión no es ingenua. Su sabor, al igual que sus frutos, es una mezcla de lo ácido y lo dulce, las manzanas de su segundo Edén tienen el acidulado picor de la experiencia. En esa poesía hay una memoria amarga, y es esta amargura la que más tarda en desaparecer del paladar. Lo agridulce es precisamente lo que la dota de energía. Las doradas manzanas de este sol están inyectadas de ácido. El sabor de Neruda es cítrico, la Pomme de Cythère de Aimé Césaire, es irritante, Perse tiene el regusto de la fruta salada de la costa, la uvera, el fatpork o la almendra de mar. Para nosotros, habitantes del archipiélago, la memoria tribal está salada con la amarga memoria de la migración.

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Como los profetas del camino, el poeta “épico” de las islas vuelve su mirada a la antropología, a un catálogo de dioses olvidados, a un vertedero de fragmentos, artefactos y frases incompletas de un lenguaje muerto. Este se entrega a una recolección masoquista. El poeta de talante épico recorre con la mirada estas islas y no encuentra ruinas puesto que toda épica se funda en la visible presencia de estas, mordido por el viento o por el mar, el poeta celebra lo poco que encuentra, la oxidada rueda para esclavos del ingenio azucarero, un cañón, cadenas, el ánfora sarrosa de los degolladores, toda la parafernalia de la degradación y la crueldad que exhibimos a modo de historia, no como masoquismo, sino como si los hornos de Auschwitz o Hiroshima fueran los templos de la raza. El inevitable resultado es la morbidez; ese será el tono de cualquier literatura que respete una historia así y que funde su verdad en la vergüenza o la venganza.

Continua...