De pronto el doctor Leal (fragmento)
René Vázquez Díaz
En la próxima Feria Internacional del Libro de Cuba,
uno de los títulos que seguramente atraerán más será De
pronto el doctor Leal del cubano René Vázquez Díaz,que
obtuvo en 2007 el Premio Juan Rulfo de Novela Corta.
Editada por Letras Cubanas, esta obra narra las peripecias
vividas por un cubano que visita La Florida, debido a
la guerra oculta contra Cuba que allí se desarrolla.
Publicamos un fragmento.
René Vázquez Díaz nació en Caibarién en 1952 y
reside actualmente en Suecia. Entre sus novelas
anteriores figuran Querido traidor, Fredika en el paraíso,
Florina y la trilogía La era imaginaria, La isla del
cundeamor (ya publicada en Cuba, también por
Letras Cubanas) y Un amor que se nos va.
De nada le valió viajar en primera. El vuelo le pareció interminable y la angustia no lo dejó pegar un ojo. El doctor Otto Leal, ciudadano estadounidense de origen cubano y miembro de la Neurodivisión Pediátrica del Hospital Académico de Uppsala, volvía a Miami para asistir al entierro de su hermano. Desde 1990 residía en Suecia, donde su vida se había vuelto un desastre. Una noche cualquiera, cuando los niños acababan de irse a la cama, su esposa le comunicó que se iba de casa. Lo dejaba por otro. Así, sin rodeos ni recriminaciones. En un tono cansado y monocorde, que ocultaba una tensión insondable, Lena le explicó que ya no podía ocultarlo más. No era una conclusión precipitada; lo había meditado largamente y la culpa no era de él. Ella le había sido infiel. Así se lo dijo, a quemarropa en la penumbra pálida, convulsa y de repente inaccesible del comedor, como en una película de Bergman. Con una especie de derrota en la voz y un leve temblor en las manos, confesó que no veía otro camino que el divorcio. Hacía años que no lo amaba. Su relación con el otro se había profundizado hasta tal punto, que ya no podía vivir sin él y no había marcha atrás. Por lo pronto se mudaría con los niños a casa de su nuevo amor, un anestesista sueco cinco años más joven que Otto. Eso había ocurrido dos semanas atrás.
El golpe fue durísimo, y el dolor se intensificó cuando el marido engañado, ya solo, tras un examen de su tren de vida en los últimos años se dio cuenta de que él tampoco amaba a Lena, “su mujer de toda la vida”. Esa conclusión no fue un producto del despecho natural en un hombre que de pronto se sabe engañado por su mujer. Leal era un hombre emocional y lo sabía. Sin embargo, cierta deformación profesional lo había ayudado a salir airoso de muchos problemas. Los largos años de lidia quirúrgica con el sistema nervioso central, en casos en que un solo movimiento mental erróneo podía marcar la diferencia entre la vida y la muerte del paciente, le habían enseñado a mantenerse frío en los momentos de crisis. Como si estuviera ante una operación de urgencia, examinó los hechos lo más serenamente que pudo. Se colocó en un punto equidistante entre sí mismo y lo que le estaba sucediendo, y comprobó que el descubrimiento de su desamor no era un pretexto para salir del divorcio con la autoestima ilesa: era la verdad pura, reprimida y dura como el divorcio en sí. Su matrimonio había fallecido tiempo atrás, y ahora lo que más le dolía era separarse de sus hijos.
Quizá otro hombre, más autocompasivo y mendaz, le hubiera echado la culpa a ella: la adúltera cochina que se fue con otro, la degenerada que provocó la ruptura. Pero él no; eso hubiera sido un fraude para sobrevivir, un timo barato de sí mismo. Él también era culpable; quizá hasta mucho más que ella. Lo veía claro y lo asumía, pero eso no le mitigaba la angustia. Él había tenido otras mujeres. Incluso se había enamorado de una de ellas, una preciosa anestesista del Hospital Académico, casada y ella también con hijos. Él se había ido de voluntario a otros países en misiones imposibles con Médicos sin Fronteras, trabajando largos periodos en lugares rotos del planeta: Bosnia, Kirguizistán, Palestina... mientras su propio hogar sucumbía a unos conflictos que él fingía no ver. Creía sobrellevar el desamor de la forma menos indecente posible, confundiéndolo con cosas tan anodinas como el aburrimiento o el estrés: había vivido en una normalidad ficticia, marcada por un disimulo que ahora le parecía infame. Sin proponérselo racionalmente, disimulando, había creído salvar a los niños de la catástrofe. Lena, en cambio, no soportó la sequía de sus sentimientos y actuó más humanamente que él: Buscó fuera del matrimonio hasta encontrar el amor que él no podía darle. Por lo tanto, la traidora no era ella; el traidor se llamaba Otto Leal.
Durante todo el vuelo hacia Miami, colgado del cielo en un avión que le parecía una celda de lujo gris poblada de aeromozas complacientes, el doctor bebió más coñac de la cuenta y descubrió hasta qué punto, a pesar de creerse liberado de ciertas pretensiones, había sucumbido al prurito de “autorrealizarse”. De hacer carrera. Ahora veía con otros ojos su reputación de cirujano estrella. Sus profundos conocimientos, su frenesí por superarse y “realizarse” como médico... Ahora no pensaba en otra cosa que en sus hijos. Amanda, la Chiquitica, cuya afición era despertarlo a las seis de la mañana con besos y charlas sobre la gripe de sus muñecas, nunca llegaría a entender por qué su mundo se desmoronó de pronto. Alma, la mayor, que de la noche a la mañana se le había hecho una mujer, ¿en qué momento dejó de jugar con su muñeca preferida, la que él le trajo de un viaje a Lugano? ¿Cuándo le dio el último abrazo en miniatura, el último beso de la niñez, sentada en sus piernas? No se acordaba. Lo había extraviado entre los aeropuertos, las despedidas y las llegadas. Y Hugo, el pequeño gimnasta y pescador de percas en el lago Mälaren, ¿en qué dirección desarrollaría su carácter viviendo con un “padrastro”? ¿Cuántos días y noches de ternura no les había robado él, en nombre de la ciencia, el humanismo y un montón de conceptos que ahora sonaban a burdos pretextos para justificar sus ausencias –y sus amoríos? Ahora un desconocido les leería sagas antes de dormirse. La perspectiva de que sus niños vivirían en una casa ajena, y que desayunarían y harían sus tareas escolares en compañía de otro padre no lo dejaba respirar.
El estúpido cliché de que los males no llegan solos se cumplió, en su caso, con una ferocidad ridícula. Su hermano menor falleció en circunstancias oscuras en Miami poco después de la disgregación de la familia, y Otto agarró el primer vuelo que pudo para asistir al velorio, que se celebraría ese mismo día a las tres de la tarde, hora de Miami, en la funeraria Maspons de Coral Gables. Antes de partir, sostuvo una acalorada discusión telefónica con Jorge, su hermano mayor, quien no sólo le había comunicado de sopetón la noticia de la muerte de Samuelito, sino que lo hizo en términos agresivos y recriminatorios, como si aquella muerte trágica fuese culpa suya. Las pocas veces que los hermanos hablaban por teléfono terminaban enemistados, pese a los esfuerzos que Otto hacía –o que creía hacer– por suavizar la atmósfera emponzoñada que existía entre ellos. Esta vez Jorge había envuelto las acostumbradas ofensas en un velo de insinuaciones incomprensibles, que envolvían al fatal suceso en una estúpida niebla de misterio. Siempre era igual. Pasara lo que pasara, entre Otto y Jorge se avivaba un rencor de cuyo origen ya ninguno de los dos tenía una imagen muy clara.
Otto pensaba alquilar un auto en el aeropuerto y llegar rápido al hotel, para ducharse y arreglar un poco el aspecto de zombi que creía tener. Haría unas llamadas y se vestiría de luto antes de reunirse con su madre, Jorge y su familia, y asistir con ellos al funeral. Había obtenido una licencia de dos meses en el hospital, no sólo para poner en orden sus emociones y campear el temporal del divorcio, con sus irritantes detalles legales y prácticos. También quería pasar un tiempo cerca de su madre. Desde luego que no se hospedaría en casa de Jorge, eso ni pensarlo. Pasaría la primera semana en un hotel de Ocean Drive y luego se trasladaría a un lujoso apartamento en Brickell Key que su viejo amigo, el abogado Tony Galán, había puesto a su disposición. Pero al llegar al control de inmigración, el oficial que lo atendió le quitó el pasaporte con cara de pocos amigos, lo puso en un lugar aparte y le pidió que esperase. A los pocos minutos apareció una oficial de andar afelpado y grandes ojos amables, que lo condujo a una oficina en la que sólo había una mesa y tres incómodas sillas. Inmediatamente entraron dos hombres vestidos de civil y le pidieron que abriera la cartera, en la que traía unos cuantos libros. Al no encontrar lo que parecían buscar, le requisaron el teléfono móvil sin decirle una sola palabra y se retiraron. Otto preguntó qué sucedía y la oficial, que era una negra de bellas curvas y aspecto jovial, le respondió con una sonrisa y un gesto de impotencia:
–Who knows –dijo, y enseguida añadió en español–: Quién sabe.
Otto explicó su situación; habló de la muerte de Samuelito y del velorio que se celebraría dentro de unas horas, haciendo énfasis en que corría prisa. Mucha prisa. La oficial lo dejó hablar sin interrumpirlo y al parecer sin escucharlo, y al final respondió, esta vez sólo en inglés y sin sonreír:
–Tiene que esperar, señor.
Al cabo de dos horas, durante las cuales Otto intentó leer unas páginas sin lograr concentrarse en ninguna, no había sucedido nada. La oficial había salido y entrado varias veces de la oficina, sin dirigirle la palabra ni contestar ninguna de sus preguntas. Era obvio que se trataba de una simple custodio, y que no sabía nada. Los oficiales que se llevaron su teléfono no daban señales de vida, y a Leal le pareció que aquel cuarto de paredes vacías era tan irreal como el avión claustrofóbico, colgado del abismo, que lo había traído a los Estados Unidos. Todo está demasiado limpio, pensó, aséptico casi, y esa ausencia de vida empezó a trabajar en su contra. Estaba excitado y exhausto al mismo tiempo. También la mesa le pareció irreal. No era ni de madera ni de metal sino de algo intermedio que no logró identificar. La muchacha que lo custodiaba, con su estudiado silencio, era una abstracción pura. La nobleza de su mirada contrastaba con su falaz manera de evitar la suya. Su hermosura se diluía en la opacidad de una pesadilla.
Tenía que tratarse de un malentendido. Él era ciudadano americano y tenía todos sus papeles en regla. Poco a poco, Leal se fue acalorando. Sólo el rostro afable y huidizo de la muchacha, y la certidumbre de que de veras ella no podía ayudarlo, contuvieron un ataque de furia que no quiso dirigir contra ella. Fue como cuando la leche sube y uno la aparta a tiempo del fuego, un encabronamiento que no logró imponerse a la turbiedad de su estado de ánimo. De repente el doctor se dirigió a la muchacha y le pidió que hiciera algo. Él tenía derecho a entrar libremente a su país y no podía seguir esperando el día entero. Que llamara a algún superior. Que le devolvieran su pasaporte y su teléfono; que le explicasen por qué estaba allí encerrado, y concluyó:
–Haga algo ahora mismo o métame preso.
La mujer lo miró con gravedad. En sus ojos había comprensión, pero la firmeza de su voz comunicó un deber desagradable.
–Serénese, señor. Usted ya está preso.
Otto Leal sintió algo parecido al miedo.
La oficial abandonó la oficina en silencio, y él no supo qué pensar. Se esforzó por analizar rápidamente su situación y comprobó que no, que no era miedo lo que le oprimía el pecho. Más bien sentía una indignación contenida. Él era inocente, un médico de inmejorable reputación que jamás había tenido problemas con la justicia, ni en los Estados Unidos ni en ninguno de los países en los que había trabajado para Médicos sin Fronteras. Mucho menos en Suecia, su segundo país de adopción y patria de sus hijos. Tampoco en Venezuela, donde no hacía mucho había colaborado con un equipo de cirujanos cubanos.
Al cabo de media hora se abrió la puerta y dos hombres entraron y se sentaron. ¿Serían los mismos de antes? Tal era su confusión, que no hubiera podido asegurarlo. Uno de ellos era un joven pecoso y corpulento, que vestía una camisa azul de mangas cortas con una horrorosa corbata amarilla, estampada de garabatos negros. Los garabatos de la corbata intensificaron la irrealidad del ámbito, Leal cerró los ojos y se secó el sudor de la frente. El otro oficial tendría unos cincuenta años largos, su traje era color café y sus finos labios mostraban el matiz violáceo de los fumadores empedernidos. Sus espejuelos de enorme armadura de carey, o algún material similar, dejaban ver unos ojillos que al doctor se le antojaron habituados a la doblez. Sin saber por qué, Otto tuvo la intuición instantánea de que era de origen cubano. Lejos de sentir ningún tipo de afinidad, un prejuicio irreprimible lo llenó de repugnancia por aquel hombre.
–Exijo que se me explique por qué me han retenido.
El de los garabatos dijo que sólo le harían unas preguntas. Pero él contestó desde el fondo de su irrealidad que los Estados Unidos era su país, y que ellos no tenían derecho a retenerlo. Los ojillos detrás de los espejuelos de carey replicaron que sí, doctor, sí tenemos derecho.
–¿Sin que me asista un abogado?
–Sin nada –aclaró el hombre corpulento, que sin duda era norteamericano, poniendo sobre la mesa el pasaporte del doctor.
–Sin absolutamente nada –recalcó en español, con un énfasis exagerado, el fumador de los labios finos, que agregó:
–La ley nos asiste a nosotros.
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