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II
¿Significa esto que las cosas han sido así en la RDA o que un conjunto de personas con capacidad para influir en la constitución del discurso dominante prefiere creer o ha convenido o esperaría que fueran así? A mi juicio significa que un conjunto de personas prefiere creer, ha convenido y espera que las cosas hayan sido así.
No es que piense que en la RDA no se espiaba a los escritores o que los ministros de Cultura fueron ángeles; lo que sí pienso, en cambio, es que si una narración que pretende explicar un estado de cosas toma como motor la incapacidad de un ministro comunista para resolver sus afanes sexuales sin requerir a la policía política, chantajear y mentir, elige un tópico que conviene a una determinada visión del mundo.
A menudo basta con acudir a la realidad objetiva, las leyes escritas, los datos, para encontrar pequeñas pruebas de cómo los deseos se cuelan en las narraciones. Quien se interese por la RDA descubrirá que un ministro de Cultura, que ni siquiera formaba parte del Politburó, no podía dar órdenes a un oficial de la Stasi, así como tampoco ofrecerle ascensos e impulsar su carrera.
Este dato no demuestra en absoluto que el ministro no pudiera ser malísimo, pero sí pone de manifiesto que la película habla más de las fantasías, los deseos, las propuestas de funcionamiento que el director ha elegido para el imaginario colectivo sobre la RDA, que del funcionamiento cierto o material de esa república. Claro que hay que tener tiempo para comprobar si el dato que no nos ha resultado creíble es real o no. Y una vez comprobado, hay que tener lugares donde decir que no es creíble. Y esos lugares han de tener una cierta resonancia para que la película, o la novela, pueda ser discutida no sólo con deseos, sino también con hechos.
Por eso me parece que la verosimilitud de una historia alude a que un conjunto de personas prefiere creer que las cosas eran así. Y depende, por tanto, de quién sea ese conjunto de personas. En la realidad que yo trato de construir, la verosimilitud no debería ser propiedad de unos pocos; debería ser pública, debería ser propiedad de todos.
Dicho de otro modo: la verosimilitud es un concepto ideológico que limita con la verdad, pero que no se superpone a ella. El comunista monstruoso de Phillip Roth para muchas personas es verosímil porque se ajusta a la realidad que determinadas personas y procesos históricos les han construido, una realidad donde la política revolucionaria o no existe o es un grave error.
A mí no me interesa el exceso, ni en el negro ni en el blanco. No me interesaría contar la historia de un comunista que fuera la imagen invertida de Ira Ringold. Sin embargo, sí me pregunto qué pensarían de mi historia aquellas personas a quienes Me casé con un comunista le ha parecido un libro normal y verosímil, si yo hiciera eso.
Imaginemos que pongo a dos narradores no comunistas y los convierto en seres tan inhumanos como humanos son los dos narradores de Roth y hago que despierten tanta antipatía como simpatía despiertan sus dos narradores. En cuanto al personaje comunista, hago la imagen invertida de Ringold, esto es, un personaje que dice la verdad cuando el padre de su discípulo así se lo pide, que no es dogmático sino flexible, tiene un gran sentido del humor, le gusta el sexo y lo disfruta sin traicionar a nadie, lucha por sus ideales pues cree honestamente en ellos, tiene muy pocos defectos, sabe reírse de sí mismo, cuando no comparte los criterios de su partido los discute con energía, no traiciona a aquellos a quienes ama, guarda para sí el bien que hace a pesar de que los demás le atacan por sus convicciones, casualmente se descubre que cuando era un adolescente salvó la vida a un chico a costa de casi perder la suya. Además, su maestro es un hombre comprensivo, divertido, un tipo tierno, con sentido del humor, alguien que puede ponerse triste, a quien le gusta bailar y que se enfada sólo con los abusos y la injusticia.
Ya dije que no me interesa el exceso, no quiero que nadie escriba una novela como la que acabo de imaginar ni, desde luego, escribirla yo. He puesto este ejemplo sólo para mostrar que a veces el exceso es tan ideológico como la verosimilitud, y esas veces, igual que lo increíble se vuelve creíble según a quién favorezca, ocurre que lo excesivo y empalagoso se vuelve equilibrado y normal, no por arte de magia, como ven, sino por obra de la relación de fuerzas.
Dos reglas
Es cierto que en Me casé con un comunista hay otros dos personajes importantes, la esposa de Ira Ringold y la hija de esa mujer, que cometen actos deplorables. Probablemente no son tantos actos, ni tan deplorables, ni están tan vinculados a la ideología como en el caso de Ira Ringold, pero desde luego son importantes. Su presencia se ajusta bien, a mi modo de ver, a una de las reglas de la verosimilitud dominante: la obligada preponderancia de los personajes negativos.
El personaje negativo es distinto del antihéroe. Al antihéroe no le salen las cosas pero todavía quiere –o querría en algún momento– que le salgan. El personaje negativo, en cambio, no pretende enfrentarse a lo que le hace daño ni escapar siquiera, sino que, como ahora se dice, gestiona su situación, sus defectos, sus mezquindades, sus temores y sus caprichos. No es tampoco un héroe negativo, no comete hazañas ni bondadosas ni maléficas. ¿Por qué son verosímiles los personajes negativos? Supongo que todos sonreiremos ante esta pregunta pensando en nuestros propios defectos: ¿cómo no van a ser creíbles los personajes con debilidades, incoherencias o hechos que les avergüenzan, si todos, o al menos la mayoría, conocemos bien nuestras propias debilidades, incoherencias y los errores cometidos? De acuerdo, pero también conocemos los rasgos generosos o simplemente normales y corrientes. Creo, una vez más, que no se trata de estadística, sino de ese concepto que he descrito como "lo que se esperaría" y al que he necesitado añadir el quiénes: no lo que "se" esperaría, sino lo que esperarían "quiénes".
Lo que yo pienso es que la abundancia de estos personajes no es cuestión de gusto, ni de inclinaciones personales: es consecuencia directa de la verosimilitud dominante. Si no se puede hablar de política o si sólo se puede hablar en unos términos que conviertan la política revolucionaria en una opción sin salida, los personajes tienen que recluirse en su dimensión privada o en una dimensión pública guiada por los principios capitalistas. Y como en los dos casos para ser interesantes deberán tener conflictos, no hay más remedio que acudir a conflictos morales y turbios, pues cualquier otra opción obligaría al personaje a enfrentarse con las estructuras que le rodean dando el salto a la lucha colectiva. En las escasas ocasiones en que esto pase, la forma de deslegitimar la lucha será acudir de nuevo a la naturaleza corrupta y negativa de quienes participan en ella.
Una segunda regla implícita de la verosimilitud nace del prestigio del destino en las novelas recientes, aunque sea un destino también pequeño, casi un poco mezquino. El destino del siglo XX no golpea, no abate, no alza por los aires como en las grandes tragedias; más bien va dando empujones a los personajes y les zarandea un poco. Pero eso no le priva de ser destino, ni de su prestigio en literatura frente a la muy desprestigiada voluntad. A los personajes literarios, si quieren encontrar como tales personajes un lugar en el sol, les conviene estar a merced de lo súbito, lo inexorable, la pequeña fortuna o el pequeño infortunio. Eso les hace más, dicen, humanos y también, sin duda, cercanos. Como no toman las riendas de su vida, sino que van siendo llevados de un lado para otro, generan simpatía y excluyen el juicio. Por el contrario, cualquier forma de planificación del hacer adquiere en la novela del siglo XX las connotaciones de lo frío, lo negativo, lo inhumano, fruto de una ambición también negativamente connotada. Son bien escasas las ocasiones en que los personajes eligen guiados por la inteligencia y la voluntad.
1 Revista futura de poesía actual, no. 2, Editorial Pretextos, Valencia, 2006, p. 48.
2 Aristóteles: Poética, traducción de José Alcina, Editorial Icaria, Barcelona, 1981, p. 46.
3 Robert Langbaum: La poesía de la experiencia, traducción de Julián Jiménez Heffernan, Editorial Comares, Granada, 1996, p. 343.
4 Aristóteles: ob. cit., p. 35.

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