Un pistoletazo en medio de un concierto.

Belén Gopegui

Publicamos ahora un fragmento de Un pistoletazo en medio de un concierto. Acerca de escribir de política en una novela, de la escritora española Belén Gopegui, que la Editorial de Ciencias Sociales presentará en la próxima Feria Internacional del Libro de Cuba. Se trata de una conferencia que brindó en la Universidad de California, junto con el debate que suscitó, acerca de lo que significa escribir una novela hoy, las relaciones de la literatura con su tiempo. Belén Gopegui (Madrid, 1963) ha escrito una serie de novelas de gran acogida por parte del público y la crítica. En Cuba ha sido publicada su novela El lado frío de la almohada por la Editorial Arte y Literatura, en el 2004.

Verán, yo pienso que la novela del siglo XX, casi toda ella, es de una gran inverosimilitud. Y creo que la causa está relacionada con la prohibición de la política. No digo que la novela del siglo XX sea mala, pero es insuficiente. Como si hablase de un mundo donde todas las personas tienen un solo brazo y una sola pierna y un solo ojo y media nariz y donde los cristales no se rompen al caer. La novela cuenta cosas interesantes y a veces bellas o tristes o serenas sobre ese mundo, pero uno sabe que algo falla, que no están hablándole del mundo donde uno vive, y uno quiere conocer lo que le ocurre al otro ojo, a la media nariz, al otro brazo, a la otra pierna y también, dónde están los cristales que sí se rompen y qué pasa con ellos. No me creo el mundo de la mayoría de las novelas del siglo XX, no me lo creo en absoluto, aunque nadie conseguirá que diga que no me importa. Claro que me importa, claro que me interesa que las novelas me hablen de la mitad de la mirada y del medio corazón y de copas que flotan en el aire. Lo que reclamo es la otra mitad. Quiero también lo que me falta.

Para los dueños del discurso sería más cómodo si yo afirmara que no me importa el mundo de la novela del siglo XX. Podría decir: esas novelas no hablan de mí, ni hablan de quienes son como yo, y las pocas veces que lo hacen no hablan de nosotros, sino de tipos increíbles como Ira Ringold. Podría decir eso y luego marcharme con la música a otra parte. El problema es que no puedo irme con la música a otra parte porque ellos tienen la música. Tienen el discurso. Tienen los jardines. Por eso no quiero irme a otra parte, no quiero recluirme en un mundo de novelas sobre aldeas bombardeadas y presos torturados. No. Yo lo quiero todo. Quiero las historias de presos, y quiero los jardines. Quiero, a ser posible, las historias que cuenten la relación directa, clara, nítida, entre los presos y los jardines. Pero no cambio la relación por los jardines. Me importa cómo se dificulta la vida de los demás, cómo la dificultan los burgueses, además de cómo lo hacen, en los casos en que lo hagan, los comunistas. Lo quiero todo. A mí me importan los vaivenes, y el decaimiento y abrigar mi propia vida tiritante. El que yo milite en un grupo revolucionario no significa que yo sea, como el supuesto O'Day, un sarmiento seco, un espartano sin brillo en los ojos, alguien que no tiembla, ni ríe, ni es capaz de ver sus propios errores.

La mejor definición de lo que debería ser una buena novela la leí una vez en un poema de una revista de poesía, Revista futura de poesía actual, basada en una idea de Juan Ramón Jiménez que consiste en que todos los poemas sean anónimos. Dice así:

Los que viven tranquilos pueden ver en tus ojos la primavera de mi oscuridad, y el color conmovido de un mundo que no duerme.1

El poema no habla de la novela, pero yo extraigo la cita y la acomodo a la descripción de la novela que sueño y que he encontrado en raras ocasiones.

Sigamos con la verosimilitud. Hay bastante confusión en torno a este asunto. Algunos la relacionan con la estadística pero entonces, ¿es acaso una media? Si el sesenta por ciento de los comunistas son malos y el cuarenta buenos, ¿el personaje de Roth sería más verosímil? Y si posteriores estudios mostraran que la proporción era errónea, que era cuarenta/sesenta y no al revés, ¿entonces la misma novela dejaría de ser verosímil? Evidentemente, no. La verosimilitud no es una media, no se obtiene de la estadística. Aunque se parece a la probabilidad, no es exactamente lo mismo. Y tampoco es lo mismo que la verdad, todo el mundo sabe que hay historias verdaderas que resultan increíbles, y al revés.

Aristóteles, en su Poética, no lo aclara. Hay un momento, bastante duro y yo diría revelador, en que Aristóteles une la verosimilitud con lo adecuado. Está hablando de los fines que hay que procurar en relación a los caracteres. "El segundo", dice, "es la adecuación. Puede darse un carácter varonil, pero no es adecuado que una mujer tenga carácter varonil y decidido". Enseguida, añade: "El tercero es la verosimilitud, pues es cosa distinta hacer un carácter bueno y hacerlo adecuado, según hemos dicho".2 Con respecto a este párrafo, en su libro La poesía de la experiencia, Robert Langbaum comenta: "Podríamos, asimismo, inferir que no resulta apropiado que un esclavo se comporte de un modo altivo, o que un rey sea servil".3 Yo creo que aquí Aristóteles y Langbaum se acercan bastante al funcionamiento real, prejuicioso, déspota, de cierta verosimilitud.

Ya sé que, en otro momento de su Poética, Aristóteles habla de "lo verosímil o necesario".4 No está claro si es "o" –verosímil "o" necesario– o si es "y" –verosímil "y" necesario–. A mí me parece que es "y". Porque Aristóteles utilizaba el campo de lo necesario para la ciencia, para la física: de la semilla de un pino sale necesariamente un pino. Y si a un hombre le cortan la cabeza, necesariamente se muere. Eso, decía Aristóteles más o menos, tiene que ver con el ser, con la existencia, con la materia. Mientras que la realidad social es distinta. Es una construcción dialéctica que asienta sus bases en la existencia, pero que luego convive con nuevas construcciones. Por otro lado, la palabra griega que usa Aristóteles, eikós, suele ser también traducida como "según lo que se esperaría", "lo que, dadas las circunstancias, es justo" o "lo convenido".

Me estoy moviendo siempre en el terreno de la realidad. No hablo de lo que se esperaría en los relatos fantásticos ni de sus leyes. Acepto y creo que lo verosímil tiene que parecerse a lo verdadero. Sin embargo, creo también que sin salirnos, insisto, del terreno de la realidad, la verosimilitud funciona más como una propuesta, y seguramente como una normativa sobre cómo deben ser las cosas –ese "según lo que se esperaría"–, que como una medida de la verdad de las mismas. Alguien imagina que las cosas son así, pero la frontera con el "me gustaría", o el "me convendría", "que fueran así" es tan delgada que se cruza sin querer o, mejor dicho, queriendo.

Permítanme que les ponga ahora un pequeño ejemplo relacionado también con los comunistas. Lo hago porque el comunismo es una cuestión que me interesa, aunque también porque considero el ejemplo objetivamente significativo, igual, en este sentido, que si hubiera elegido un ejemplo sobre directores de periódicos o sobre médicos rurales. Veamos: alguien imagina que cuando el ministro de Cultura de un país socialista, en concreto de la República Democrática Alemana, se enamora de una actriz casada, lo que hace es ordenar a un oficial de la Stasi que espíe al marido de la actriz y a ésta. Además le promete un ascenso si encuentra pruebas, aunque sean falsas, que le permitan perseguir al marido y chantajear a la actriz y obtener sus favores sexuales o vengarse de ella deteniéndola y destruyndola humana y profesionalmente en el caso de que la actriz lo rechace. Alguien supone, o desea, que las cosas han sido así en la RDA, de manera que esta historia le parece verosímil y sin duda acierta, pues la película en donde la cuenta, La vida de los otros, recibe el Oscar a la mejor película extranjera en 2006.

Continua...