|
Si el universo narrativo de Bianco puede catalogarse como personal y único dentro de las letras de Hispanoamérica, un tanto igual puede afirmarse de sus crónicas, artículos y ensayos. Sean Stendhal o Julien Green, Moravia o Tolstoi, Sartre o Camus los objetos de su discurso, Bianco se halla siempre instalado cómodamente en los asuntos que trata, distinción que le viene del trato familiar y continuo con sus temas. Estos, reflejo de una “vasta y viva curiosidad literaria que abarca las más diversas y dispares épocas de la historia y la geografía”,10 encuentran su mayor felicidad en obras y autores de la literatura europea, y dentro de ella, la literatura francesa. No es difícil comprobar que si Bianco tradujo magistralmente a Henry James y Ambrose Bierce (al cual dedicó un excelente prólogo) y dedicó su atención a otros autores (rusos, italianos, norteamericanos o ingleses), los nombres más repetidos en sus ensayos son los de Proust, Benda, Voltaire y Gide, autores y obras que abordó con gran sutileza y perspicacia crítica. Y aquí, aunque no esté de más señalar que se ocupó también de Ortega y Gasset, Borges y Cortázar, cabe decir que los textos sobre estos últimos no tienen ni el encanto ni la brillantez que podemos observar en los primeros. Mención aparte merecen los excelentes ensayos dedicados a Virgilio Piñera, María Luisa Bombal y Paul Groussac, escritor por el que Bianco parecía sentir una gran admiración.
Por el afán memorialista (gusto que comparte con Alfonso Reyes), por la calidad biográfica de sus textos, Bianco podría ser llamado, como se definió Groussac a sí mismo en cierta ocasión: “un panegirista”; pero el rigor lógico, el tono polémico, la mordacidad y el carácter arbitrario alejan a este último del espíritu de Bianco, dado más a la reserva irónica y a la placidez del detalle, que a la lucha y la confrontación polémica.
Lejos de Groussac y también de Borges, temibles polemistas, ensayistas de estéticas combativas, los ensayos de Bianco son verdaderos “ejercicios de admiración”;11 sin embargo, la puesta en marcha de tal estrategia discursiva produce a veces un efecto de extrañamiento; da como resultado la percepción inédita, rara, de hechos, personas y obras. Tal, por ejemplo: las páginas tan emotivas dedicadas a Ezequiel Martínez Estrada en el momento de su muerte,12 y que ofrecen una visión (la de un ángel perdido en el frío universo del egoísmo literario) tan diferente a la dejada por Manuel Pedro González, Jorge Luis Borges o Enrique Anderson Imbert (un Martínez Estrada consciente de su valer, pero receloso, amargo, poco menos que intratable); o aquellas otras donde reúne a Groussac y Sarmiento en un contrapunto imposible para un escritor menos hábil: escribir un ensayo elogioso (“Así es Sarmiento”) tomando como punto de partida un artículo de Groussac donde es evidente su poco entusiasmo por el autor de Facundo.
Al hacer el elogio de las novelas de Alberto Moravia, Bianco nos dice que sus héroes, en el esfuerzo de buscarse y encontrarse a sí mismos, transforman “la bondad visceral, fisiológica, propia de todos los hombres e incluso de los animales más feroces, en esa bondad humana que no se distingue de la inteligencia”.13 Pero en Bianco, más allá de esa “bondad humana que no se distingue de la inteligencia”, el buen gusto y otras virtudes personales que se atribuyen a su labor como ensayista, habría que pensar el ejercicio crítico como un diálogo entre amigos, una conversación donde la agudeza o más remotamente la verdad, depende siempre de dos: el crítico que escribe y un silencioso pero actuante interlocutor que lee.
Sin embargo, esa crítica como “amistad literaria”, como ejercicio de simpatía hacia los temas tratados y hacia el futuro lector, puede tener sus peligros. Sobre los riesgos que ello puede suponer, nos advierte Alberto Giordano:
Los retratos que Bianco escribió para conmemorar a sus amigos o a otros escritores con los que mantuvo un trato personal suelen ser muy entretenidos, por el recurso constante a las anécdotas, y muy eficaces en cuanto a la definición de una imagen personal del homenajeado a través de la que se lo reconoce como un espíritu atractivo y virtuoso, pero nos terminan decepcionando porque advertimos que la proximidad sentimental con el autor sustituye en ellos la intimidad con su obra.14
El crítico rosarino –justo es señalarlo– no confunde los “retratos” escritos por Bianco con los “ensayos propiamente dichos”, a los que atribuye mayor riqueza valorativa, una perspectiva más analítica. Pero más allá de esa lábil frontera entre “ensayos biográficos” y “ensayos analíticos”, cabe preguntarse si no habrá cierta injusticia, cierta incomprensión esencial, al valorar de esa manera los ensayos de Bianco; ensayos cuya eficacia artística escapa al hecho de la mera tipología y que son precisamente tan valiosos por su “tono conversado” y su “proximidad sentimental”. En uno de esos memorables textos, José Bianco se detiene un instante y nos dice: “Pero volvamos a María Luisa Bombal. Se dirá que no cuento sobre ella sino minucias. Es cierto. Sin embargo, ¿por qué desdeñar las minucias?”15 Palabras que nos recuerdan aquellas tan hermosas colocadas por Alfonso Reyes como epígrafe a Reloj de sol: “Hay que interesarse por las anécdotas. Lo menos que hacen es divertirnos. Nos ayudan a vivir, a olvidar por unos instantes: ¿hay mayor piedad?”
Cosa difícil y misteriosa es razonar en materia de gustos literarios (una preferencia, decía Borges, bien puede ser una superstición).Tal vez el encanto que ejercen los ensayos de Bianco no haya que buscarlo únicamente en la calidad de su prosa –resultado de una inteligencia vigilante y la apropiación íntima de los temas– o en el carisma de su personalidad, sino también en una “ética de la escritura”, en una cierta “belleza moral” que el autor de “El ángel de las tinieblas” reconocía en escritores como Julien Benda, Marcel Proust y Albert Camus. (Una ética que suscribe el compromiso del artista sólo con la verdad de su arte; una belleza, si cabe, más deudora de las ideas que de la escritura, de la persona como ser moral que del escritor como actor público). Reconocimiento que es siempre, en Bianco o en nosotros, un signo de empatía; primer paso, quizás, de esa vida vicaria tantas veces mencionada en su obra, de esa amistad deseada con los escritores que nos interesan.
1 Jorge Luis Borges: “Quevedo”, en Otras inquisiciones, Alianza Editorial, Madrid, 1998, pp. 61-62.
2 Ibid: “Página sobre José Bianco”, El País, Madrid, miércoles 18 de septiembre de 1985, p. 9.
3 “Entrevista con Danubio Torres Fierro” en José Bianco: Ficción y realidad, Monte Ávila, Caracas, 1977, pp. 237-238.
4 Como lo llama Patricia Wilson en: “José Bianco, el traductor clásico”, La constelación del Sur: traductores y traducciones en la literatura argentina del siglo XX, Siglo XXI, Buenos Aires, 2004, pp.183-227.
5 Francisco Rivera: “Aproximación a José Bianco”, en La búsqueda sin fin, Monte Ávila, Caracas, 1993, p. 170.
6 Ibídem, p. 171.
7 “Páginas dispersas de José Bianco” en Cuadernos Hispanoamericanos, no. 516, Madrid, junio de 1993, pp. 7-37 y “Dossier José Bianco” en Cuadernos Hispanoamericanos, no. 555-556, Madrid, julio-agosto de 1997, pp. 9-74.
8 Juan Gustavo Cobo Borda: “José Bianco, argentino universal”, en Desocupado lector, Ediciones Temas de Hoy, Santa Fe de Bogotá, 1996, p. 228.
9 Alberto Giordano: “Imágenes de José Bianco ensayista” en Modos del ensayo. De Borges a Piglia, Beatiz Viterbo Editora, Rosario, 2005, pp.103-130 (la cita en la p. 104).
10 Jorge Luis Borges: Op. cit., p. 9.
11 La única excepción en esa “norma de conducta literaria” fue, quizás, “En torno a Roberto Arlt”, ensayo publicado en el número 5 de 1961 de la revista Casa de las Américas; aquí, el repaso sobre la vida y obra de Arlt –lleno de atinadas y sagaces observaciones– aparece lastrado por un inusual tono punzante y agresivo. Además, la percepción del contexto histórico se convierte en una larga digresión que no logra un buen empaste con el resto del análisis. Un año después, gran parte de ese material –con un tono más atemperado y una mejor estrategia discursiva– pasó a convertirse en uno de los más conocidos y citados ensayos de Bianco: “La Argentina y su imagen literaria”.
12 Páginas que recuerdan vivamente las escritas por Alfonso Reyes a la memoria de Antonio Caso en 1946.
13 José Bianco: “Crítica literaria y literatura de imaginación: Alberto Moravia” en Diarios de escritores y otros ensayos, Fondo Editorial Casa de las Américas, La Habana, 2006, p. 48.
14 Alberto Giordano: Op. cit., pp. 114-115.
15 José Bianco: “Sobre María Luisa Bombal” en Diarios de escritores y otros ensayos, Fondo Editorial Casa de las Américas, La Habana, 2006, p. 257.
|