Un pequeño gigante editorial
María Elena Llana
Se nos acaba el año y me siento en deuda conmigo misma por no haber terminado unas notas, iniciadas con auténtico entusiasmo, sobre una publicación, al parecer humilde, rápida, de poco volumen y poco papel lanzada por Letras Cubanas que tuvo un feliz poder de fraccionamiento, como un bombazo –me remito al tropo, claro– que caído en el casi siempre insípido reino de las efemérides, lanzó chispas hacia otros aconteceres, digamos la historia, la literatura... ¡y el periodismo!
Tiene la palabra el camarada Roa, de Ambrosio Fornet, es esa publicación al parecer humilde, rápida, etcétera, reeditada con motivo del centenario del natalicio de Raúl Roa, uno de los políticos-intelectuales canónicos de nuestro tiempo.
Insistamos en recordar que se trata de un libro muy pequeño –formato en octavilla–, con apenas treinta páginas de verdadera lectura, adscrito al género periodístico. Y repetir que, por añadidura, es una reproducción de un original que data de 1968. Justo por este carácter casi de incunable, es que su relanzamiento resulta más valioso para quienes ya lo conocíamos.
Tiene la palabra el camarada Roa, entrevista realizada para la revista Cuba Internacional por Ambrosio Fornet cuando este autor se iniciaba en una obra que hoy lo sitúa en la más auténtica primera línea de nuestros valores literarios, sigue siendo un texto paradigmático, una lección de periodismo. Del periodismo que dice, informa, indaga, recrea, juzga, trasciende.
Para intentar un análisis de esta entrevista, es preciso remitirse a los conceptos que sobre la modalidad prevalecían entonces, enmarcados en el canon que despojaba al género de atávicos ligamentos con la crónica social, la publicidad pagada o el alabarderismo politiquero.
Más que cualquier otro quehacer periodístico, dejando a un lado a la insigne nota informativa, y refiriéndonos al artículo, el reportaje, el comentario o la crónica, la entrevista había sido pasto de improvisados e improvisadores. De ahí que los esfuerzos por establecer el canon de su redacción periodística le hayan conferido especial atención y la hayan dotado de una forma –estricta en cuanto a cómo no debía hacerse– que, lejos de anquilosarla, promovía su dinámica interna, activaba sus dos elementos catalizadores, uno en estrecha dependencia del otro, es decir, al entrevistador y al entrevistado.
Aquí parece necesaria una perogrullada: no hay todo sin partes. Y en la entrevista, por valioso que sea el entrevistado, si el entrevistador no está a su altura, el producto será deficitario. También se da el caso contrario: un personaje lacónico, evasivo, que tal vez sea capaz de desintegrar el átomo en sus ratos libres pero que no sabe hilvanar dos ideas aceptables, se salva por el malabarismo del periodista convertido en médium o en ventrílocuo para hacerlo pensar y “hablar” como se espera de él.
Pasemos ahora a los instrumentos de la inquisición que tanto inquietaron a Galileo. En una época en que la grabadora era el bolígrafo, el cuestionario constituía sólo el inicio del trabajo para la prensa plana. Una vez respondido, el profesionalismo obligaba a darle el “movimiento” tipográfico que aportara el factor estético al conjunto, alejándolo de los “bloques de plomo” inevitables en las secuencias de preguntas y respuestas, que en realidad no son empobrecedoras, sino que son pobres per se.
Se ponía en práctica el rejuego de involucrar la pregunta en la respuesta, de describir con pinceladas rápidas las reacciones del entrevistado, de ir “mechando” la conversación con datos sobre su vida y su obra, o al menos, sobre la situación que lo convertía en sujeto publicable.
Aunque la técnica periodística haya dado muchas vueltas, como la del “nuevo periodismo” con sus onomatopeyas y sus nebulosas entre la novela policíaca y el reportaje –que nunca se resolvió ni en una ni en otro–, sin duda aquellas entrevistas bien armaditas, justificaban el axioma picassiano de que sólo puede destruir la forma quien la domina.
Y precisamente en los sesenta, un órgano de primera magnitud como la revista Cuba…, se aparece con el esquematismo de una entrevista a base de preguntas y respuestas, que logra darle “mano y muñeca” a cualquier código de elaboración formal.
La razón resultaba obvia apenas iniciada la lectura. En ese trabajo confluían una figura señera en la historia de nuestra primera etapa republicana, retornada a la palestra pública con la Revolución, como fue Raúl Roa, investido “Canciller de la Dignidad” justo en los sesenta, y de un entrevistador, como Ambrosio Fornet, que ya contaba una obra sólida en su propia alborada literaria, fundamentalmente como ensayista.
Roa podía parecer un hueso duro de roer para un joven, pero no si este tenía más que el conocimiento, la sensibilidad hacia una época que le permitiera abordar a un hombre en quien historia nacional e historia personal se entrelazaban. La parte simple de la entrevista era que su vida se deslizaba sobre los carriles de la política sin desvíos, sin el imperativo de esquivar situaciones o vadear lagunas. Podía llamarle al pan pan y al vino vino. Y a esto se agrega que al recontar la historia se recontaba a sí mismo, porque hablar de las principales figuras de la revolución que se fue a bolina, era para él repasar sus afectos, sus emociones, sus iras y arrebatos.
Como se ve, todo quedaba a merced del calibre de las preguntas. Pero el autor, desde el primer momento, fue más allá. Desde la intertextualidad del título, comienzan las sorpresas. Y la invitación a la lectura “otra”: si bien el título hace referencia al artículo publicado por Roa en 1933, “Tiene la palabra el camarada máuser”, hay que reconocer que su cambio nominal no varía la intención, pues difícilmente pueda imaginarse un máuser tan certero como la inteligencia y el verbo de Roa.
Obligatoriamente, esta entrevista debía ser, como fue, un repaso ampliado de la historia de Cuba desde la década de los veinte. Al que no estuviera bien informado, le hace aclaraciones, quien no las necesitara pudo disfrutar su entretejido presente-pasado y viceversa. Porque el texto nos lleva y nos trae en un formidable recorrido, realzado por el factor vivencial y la agudeza propia del entrevistado.
No se puede leer esta piececita maestra sin sonreír. Roa lo mismo habla con unción de la dorada generación del treinta, que de los escritores y pensadores universales... pero cuando se refiere a las maniobras del Tío Sam, saca a relucir el Trato del Esqueleto, término de puro esoterismo criollo que debió poner en tres y dos a más de un traductor.
Y también enriquece la historia pormenorizándola, pues delimita el alcance de cada momento y de cada personaje. Justo de la generación del treinta aclara que fue escindida desde sus inicios y, de hecho, actualiza la reflexión sobre la posibilidad de las generaciones monolíticas.
Al opinar sobre La indagación del choteo (1930) de Jorge Mañach –a quien él y Rubén Martínez Villena vapulearon a su antojo en una polémica literaria–, crucifica al autor al definirlo como una “sensibilidad de cuello duro”. Es decir, lo alguacila choteándolo a su gusto. Y sobre la construcción de la carretera central que siempre criticó, reafirma que era una obra destinada al peculado gubernamental y, si le concede algún beneficio público es de rechazo, al confesar que “lo jeringa” porque la hizo Machado.
Porque en sus respuestas, el justiciero Roa no trata de autosacralizarse, aunque el Roa niño-terrible meta en el mismo saco a otros coetáneos. Si bien él estudió con los Hermanos Maristas de la Víbora, señala que Dorticós y Carlos Rafael también fueron alumnos de ese colegio católico en su filial cienfueguera. Qué refrescante acotación en una época en que los pasados burgueses se borraban, dejando a sus exponentes revolucionarios en una especie de levitación social. Pero Roa no tenía que acudir a tan pequeñas maniobras.
Con tres palabras caracterizó a otros nombres de su época. A Mella, Villena y Pablo, les dedica justas y enaltecedoras valoraciones, perfectamente cohesionadas con la historia que nos legaron. Hace justicia a Gabriel Barceló, “el héroe más olvidado” de su generación. Y a Lezama Lima, de quien aporta un dato “casi desconocido”, al recordarlo “jadeante y resuelto”, en la manifestación en que cayera Rafael Trejo. Acto de justicia cuando Lezama parecía destinado a ser engullido por la fosa común del “quinquenio gris”, calificativo bien definidor que también le debemos a Fornet respecto a las etapas de la literatura posterior al 59.
Y a partir de ese momento, se produce un delicioso intercambio de preguntas y respuestas, lanzadas como dardos, a la altura unas de otras. Interrogado sobre “el mayor farsante de la generación del 30”, hace un disparo rápido: Aureliano Sánchez Arango, ¿quién lo duda?
Enseguida, el toque de gracia en la entrevista, el momento que la singulariza, cuando más resalta la interacción entrevistador-entrevistado pues parece que Fornet está disfrutando el momento, aderezándolo para sus lectores. Tras un punto y aparte, una pregunta que por su formulación tipográfica (tres puntos introductorios) no parece directa, sino sugerida con una sonrisa:
–¿y el tipo más simpático?
No es difícil “ver” que el entrevistado esboza una de las muecas de su fisonomía boquigrande, como él mismo la ha definido, y con un leve encogimiento de hombros, teatralmente derrotado ante la evidencia, concede:
–No me queda más remedio que reconocerlo: El tipo más simpático soy yo.
Y la mejor entrevista desde los años sesenta hasta ahora, es Tiene la palabra el camarada Roa, realizada por Ambrosio Fornet. Este librito de Letras Cubanas es un éxito de la editorial y tanto como un homenaje al centenario del Doctor Raúl Roa, una invaluable lección de periodismo.
Y de la historia mejor referida. |