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II
Si Kafka hubiera seleccionado para su relato una técnica por sí misma llamativa. Si, por ejemplo, a una geométrica yuxtaposición de planos hubiera añadido novedosos retrocesos, impactantes transgresiones sintácticas, etimologías foráneas; inaugurado palabras, y otros recursos similares, hubiera suscitado quizás en el lector apercibido el comentario: “nos quiere amenizar”. Pero aquí, la lisura del texto, la ortodoxia lineal del acontecer, lo tradicional de la sintaxis, tiene un efecto de apabullante verosimilitud. ¡Esto viene directo del riñón! No, el autor no busca causar efectos. Si lo logra es por la contundencia del hecho objetivo y por el pathos impenitente de la paulatina muerte infligida por la enajenante ocupación de viajante, por la esterilidad espiritual del mundo del comercio que le rodea, por la ausencia de amor de la familia de Gregorio, y en realidad, de vida afectiva de toda índole. La tersura severa posee acentos auténticos. El relato se ciñe a la situación como el guante (el “textil”) a la mano; así, los lectores nos dejamos oprimir por la mano envuelta en el texto, ¡tan plegado está éste a ella! La desnudez estilística, el encono narrativo, el empecinamiento descriptivo, acrecen, sí, el grado de confiabilidad, al par que retroalimentan nuestra comprensión del suceso y nos conducen de la mano (de esa misma férrea mano que nunca suelta) hacia el desenlace más triste que ofrece la narrativa de nuestro siglo. El caso que se instala en las primeras líneas es insólito; por tanto, para mayor crédito, el tono ha de ser de inquebrantada austeridad. El narrador ha de ser un hombre escrupuloso que aborrezca la fantasía. El valor mítico indispensable se obtiene por la transparencia de un estilo garante de la sinceridad del narrador; la vulnerabilidad de este al pathos de Gregorio ha de ser recóndita. Más, todo; todos estos efectos quedarán escamoteados en una lectura en que no seamos, paso a paso, asiduos, adhesivos.
Todos estamos bien al tanto de aquel otro novelista tan diferente, Balzac. Diferente no sólo en cuanto a los asuntos, las perspectivas, los temas, y personas, sino, inclusive, en el efecto del que acabamos de hablar, pues Balzac es un mediador estentóreo, estridente, ubicuo, sentencioso. Sin embargo, de nuevo aquí entendemos que el método del lector ha de ser el de pisarle el talón a su relato: sólo así nos otorga un mundo completo y verosímil dentro de su impactante fantasmagoría. Balzac abre el visillo al lector que depone su personalidad, su identidad y sus gustos para someterse por entero a la visión del creador. Con Balzac, sólo a través de Balzac, resulta interesante su mundo. Y resulta interesante él. El lector de Balzac, mientras lee a Balzac, no ha de ser un hombre interesante, y mucho menos si reniega, si obstruye la visión, si se resiste a ella, pues se establecería un antagonismo obliterante y el lector no quedaría enriquecido. A diferencia de él, Stendhal nos hace sentirnos interesantes; hacemos, gracias a él, insospechados descubrimientos sobre nosotros mismos. Los marcos de las ventanas por las cuales nos asomamos a los mundos de Kafka y de Balzac no deben ser percibidos dentro del campo óptico. Esto, en el caso de Balzac –escritor de otro siglo– es más obvio, por ello hemos detenido nuestra argumentación en Kafka unos segundos más.
No proponemos aquí a nuestros jóvenes lectores que Kafka y Balzac sean leídos con mayor atención que la prestada a los demás escritores. Todos los buenos autores demandan una misma gran atención. Nos referimos a la actitud, a la disposición que requieren; sugerimos que se les lea “cejijuntos”, sometiéndose con total pasividad a la tiránica voluntad autoral. Negarnos a aquel tipo de lectura, ilícito en el caso de muchos otros autores, mediante la cual cada gesto, cada comportamiento y suceso suelen ser puntos de partida para, centrífugamente, irradiar del texto hacia los espacios interiores o hacia otros mundos objetivos. Con ambos autores, este austero ejercicio conducirá a las estancias espaciosas, las reverberaciones, los horizontes amplísimos. En ambos hay que leer hacia dentro del texto, hacia dentro de los mundos que describen; la recompensa se da al final. Ellos no estimulan osadías imaginativas en las etapas parciales de la lectura; extraemos mucho más si nos dejamos aherrojar por el cúmulo de datos descriptivos y narrativos. Como dominan su asunto, ambos perforan las costras que vedan las esencias. ¡Dobléguese provisionalmente el lector a las visiones que ellos ofrecen; no intente apolíneamente conservar su integridad como polo de la lectura! Abdíquela. La libertad viene al final. No menosprecie en Balzac el color de un chaleco, la textura de una corbata, el metal de un pasador, las franjas de un pantalón, los affiches de una vidriera, la porcelana de un jarrón; aquel gesto, este timbre de voz: el procedimiento acumulativo ofrecerá un coherente y deslumbrante retablo. Y más; entregará la clave. No menosprecie en Kafka la agitación de patas del insecto, el progresivo endurecimiento –con consiguiente insensibilidad– del carapacho, la gigantesca suela del zapato del señor Samsa; que oyó o no oyó Gregorio el despertador; su voz enronquece, o pita. Acepte el lector, no menosprecie, toda la información; organice, compute, integre significantemente. Finalmente, se moverá el lector sin zaherir su planta por la Francia del XIX o por la Praga del XX por no decir de toda Europa en el XIX y el XX. Con uno, conocerá la modalidad social de la materia y su movilidad; con el otro, la angustia y la culpa del hombre contemporáneo de una parte del mundo le llevará a un Cócito más infernal que el de Dante. Al mundo de estos dos grandes de la literatura se entra sólo por la puerta que ellos abren y no puede hablarse de un aprovechamiento cabal de sus textos sin un autoanonadamiento. Sólo se poseerá el autor si se es poseído por él.
* Texto incluido en Antología de ensayos
(Editorial Letras Cubanas, 2008).
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