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El lector confinado *
Beatriz Maggi
Se oye decir al gustador de la literatura: “Me gustan dos tipos de escritores: aquel que me ata con la libertad que me concede al leerle, y aquel que me confina y me embrida, y, obligándome a seguirle, me hace libre”. Se escucha a continuación el comentario: “Le gustan todos, pues”. Sí, todos aquellos que "de la una o de la otra manera obtengan los resultados propuestos: tanto el que logró mi estima porque, sin coacción ninguna, me sitúa ante múltiples derroteros del pensamiento, me deja crear rumbos que, sin embargo, me llevarán a donde él me aguarda..., tanto –decimos– como el que me supo ceñir de modo que ya no quisiese yo mirar a ningún otro lado. De este último tipo son –¡quién los hubiera reunido!– Balzac y Kafka, quienes (ambos) sólo dicen su canción al que con ellos va. Con lo cual no nos referimos a una afinidad condicionante que el lector deba sentir con el mundo sobre el cual uno y otro escritor proyectan su mirada, sino a la actitud que se hace recomendable al lector para propiciar el acto de posesión. O sea, que si se aceptara nuestra hipótesis, ni Balzac ni Kafka pueden ser totalmente “apropiados” por el lector como no sea que nos les entreguemos en cuerpo y alma a lo largo de la lectura, cerrando ojos y oídos a toda otra incitación, lo mismo oriunda en nosotros, que generada centrífugamente a partir del propio texto. Hecho esto, dejemos que sus estilos respectivos nos lleven de la mano, “cortos de soga”; el autor, un corcel, y nosotros, aferrados a sus crines; él y nosotros, con grandes orejeras puestas. Con esto no queremos decir que estos autores conducen a recintos pequeños, estrechos, limitados (¡cómo decirlo!); pero sí estamos proponiendo que ellos imponen férreamente el camino único –bulevar o túnel estilísticos– que pueda llevarnos a nuestro destino como lectores. Si nos entregamos sin pestañeos, ellos se nos darán; la exigencia que nos hacen es la de una suspensión continuada a cualquier otro estímulo. Proponemos, en fin, no leer liberalmente a Balzac o a Kafka. Con ellos, seamos mansos, dóciles, seamos serviles; el ojo mental del lector, manténgase en abyección, apegado a lo que se describe o narra, dibuje obedientemente en su rutina espiritual la misma imagen que cualquiera de estos dos autores tan laboriosamente ha urdido. ¡Ya luego vendrán los vastos territorios!, en el uno, toda Francia, toda una época; en el otro, laberintos interminables, puertas que están, que son sólo “para” cada uno de nosotros, angustias como fauces de minotauros.
En los dos, la misma minuciosidad y superabundancia del detalle descriptivo; el mismo pormenorizado recuento de la acción. A despecho de las enormes diferencias entre las intenciones, las ideas, los asuntos y temas, la sensibilidad, de cada uno de estos escritores, ambos ocultan su secreto a todo aquel que no reconstruya con los mismos materiales con los cuales ellos construyeron. O, son cicerones maniáticos y majaderos; están para servir al visitante y adentrarlo bien en su museo, pero están persuadidos de que se conocen el camino mejor que nadie; la visita al recinto tiene que obedecer a la imperiosa disciplina establecida por ellos. Balzac revela un mundo kaleidoscópico y dinámico; Kafka nos hace adumbrar su propia ordalía. Pero en ambos casos, la mejor lectura, paradójicamente, es la que, por humilde, resulta distendida; desaparece el drama autor-lector; un flujo poético, un abrazo apretado entre amantes (lector y texto), sin contradicciones; un lector vencido de antemano, anonadado, tendido en tierra, a-terrado.
Recordemos La metamorfosis. El escritor lo primero que se propone es someternos a un proceso lento, gradual, absoluto, completo y trágico; es importante lo totalizador de la impresión requerida. No quiere darle longitud de novela; necesita, en el transcurso de unas pocas páginas, obtener un efecto absoluto. ¿Qué hacer? Ganar tiempo. ¿Cómo? Imponiendo, con la primera línea de su texto, el plano de la realidad en que va a situar su relato. ¿Y cuál es este plano? La realidad de lo irreal; o, para expresarnos con mayor exactitud, la naturalidad de lo sobrenatural. Pues bien, en las primeras dos líneas de texto esto queda hecho despóticamente: “Al despertar Gregorio Samsa una mañana, tras un sueño intranquilo, encontróse en su cama convertido en un monstruoso insecto”.
Observemos: no es que Gregorio, al dormirse, soñara haberse convertido en un insecto, cosa que verosímilmente pudiera recordarse en cualquier despertar. Es, todo lo contrario, que, al despertar, se ve metamorfoseado. Y este hecho no natural, decimos que se nos impone despóticamente, porque se nos informa –por así decirlo– “a temperatura ambiente”; el narrador, ni se horripila, ni se conduele (aparentemente... por ahora...). Tampoco lo duda. El hecho excepcional queda referido con la misma naturalidad con que podría anunciársenos: “Al despertar Gregorio Samsa una mañana miró por la ventana y vio un cielo azul”. La pasmosa naturalidad del tono es de gran economía; deja establecido (por consumado) el hecho del cual va a partir el relato sofocleano; este despertar es tan solo un tomar conciencia el agonista del proceso que ha venido desarrollándose en él durante un tiempo real transcurrido antes de comenzar el relato. Por eso nuestro sumiso lector NO PUEDE NO ATENDER la frase incidental: “...tras un sueño intranquilo...”. Es, sin deslumbrador flash-back, una implícita retrospectiva que cubre un tiempo real que concluye justo ahora que Gregorio se despierta, cuando el autor parece que nos dice que Gregorio no ha podido soportar más. La miríada de datos que a continuación nos ofrece (el frenesí de las patas, el carapacho invalidante, el silbido sucedáneo de la clara voz humana, etcétera) no tienen por objeto que obtengamos un grado mayor de convencimiento, no busca él en nosotros un mayor consentimiento. En la conciencia del lector la metamorfosis está consumada y el relato se erige en un memento mori, la “lento-a-lento” liquidación del héroe. Después del picotazo de las dos primeras líneas, la ponzoña se va introduciendo deliberada, concentrada, empedernidamente. De la manera misma como la muerte suele pedernalizar los cuerpos, de la misma manera en que esta muerte va pedernalizando su cuerpo –carapacho ostensible– así también, la muy muy triste muerte del alma de Gregorio, a quien se ha ido despojando de la condición humana, se produce en forma de una despedida, paso a paso, de los afectos que no tienen gracia eficaz, que no salvan; la trágica prescindencia del “otro”. La línea inicial impone el plano de la realidad que ha elegido el autor, pero el resto de la lectura tiene que ser en igual grado dócil, pues el relato avanza hacia adelante (su culminación) y hacia detrás (retrospectiva que nutre nuestra conciencia del proceso que ha ido llevando a Gregorio a la presente pérdida de humanidad). Cada detalle –y por eso no lo podemos perder– hace avanzar el relato hacia su trágico desenlace, al mismo tiempo que nos informa sobre las sórdidas ausencias, sobre la reiterada experiencia insuficiente, que conduce al despertar de las primeras líneas del relato. Imposible aquí no hablar de cosificación.
Continua... |