El día, en apariencia
El día
en apariencia quieto,
sereno,
inmóvil,
ha hecho abrir el grano,
caer el pétalo,
crecer el pensamiento,
madurar el amor
o la guerra,
y, en un mismo
instante, nacer
y morir.
El día, en majestad,
el serenísimo.
Buñuelos de Noviembre
Al regreso del taller de Subtiava, alguien propone
ir a comer buñuelos. Se venden por el dos de noviembre,
Día de los Difuntos. Entramos a un pasadizo
donde hay grandes calderos en que se sancocha la yuca,
y piedras para moler el maíz: huele a comida indígena.
En los muros, un pintor primitivo ha pintado un elefante.
Un joven en camiseta, tipo aindiado
de guerrillero de montaña, cose, en una Singer, a la poca luz
de un bombillo amarillento. Jóvenes de vestidito único, sirven.
Una vieja sufrida sonríe mientras cuida
de sacar la yuca recién lavada en pedazos de un calderón.
Parece comida para un ejército.
Julio y Claribel prueban con delicia el plato rústico
y se llevan buñuelos en los huacales.
Nosotros pensamos en que hay que cuidar
estos sabores de pueblo, que no desaparezca esta cocina.
Que la cuiden, como a la cultura popular que ella es,
a estos sabores patrios, también hay que defenderlos,
cada región tiene los suyos, como tiene su propia lengua,
que cuiden al pinol o al pinolillo, al maíz tostado, a la bebida de maíz,
al tiste, de cacao y maíz, a las tortillas y quesillos,
al vigorón, al bajo, al guapote con miel, al indio viejo,
a los nacatamales y al rondón con leche de coco.
Que no dejen que nadie usurpe, con sabores extranjeros e iguales,
la patria dulce y cálida de estos buñuelos de Noviembre.
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También, gloria al oscuro
Gloria al oscuro, al que no tocó el lado
solar de la batalla, y padeció en la sombra,
al que bregó sin premio cada día,
aquel al que alcanzó sólo
el informe mendaz, aquel que vigilaba
un tesoro incomprendido aún para los propios
hermanos, el que temió a sus solas
–y no por una impura posesión!– el que tembló
a sus solas, él sabe bien por qué.
Bese también su frente
el sol de los combates, compañeros.
De nuevo, poesía
Me las paso bastante bien sin ti,
poesía,
camino (con bastante buen ánimo)
los desiertos
o (no vamos a exagerar)
las pequeñas arideces.
Pero, cuando llegas,
cuando te veo venir,
mi adorada, mi radiante,
cuando te reconozco desde lejos,
perdona si pierdo la compostura,
si no espero, educadamente,
con el vaso frío en la mano,
si pego la boca a tu chorro de agua
y dejo que me salpique las comisuras
y riegue con ímpetu las paredes de mi seca garganta.
Lago de Managua
Desde lo alto de la avioneta, el lago de Managua
parece una lámina arrugada de plata.
Esto, supongo, lo habrán dicho muchos,
pero junto a un espejo ¿quién teme repetir?
De cerca, el lago tiene transparencias únicas.
Casi no se precisa dónde empieza el reflejo.
Claras se ven las nubes, de azules diferentes,
surcar el agua: qué raro, las hondura del cielo, abajo.
Desde muy alto, la laguna se diría que se adensa,
que el plata se hace sólido, y se pudiera
caminar, como Jesús, sobre las aguas.
Pero nos acercamos, y los grises plata
tienen suavidades de pluma de paloma.
Parece entonces que el lago,
de pronto, va a echarse a volar.
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