| II
Transformar cada uno de esos materiales, marcar con neones las pausas, con fluorescentes los títulos, quebrar la esterilidad de las lluvias hasta llamar por espectáculo a los pálidos que ordenarán una lectura posible, corrigiendo algunos textos, sacando otros, manteniendo en apogeo las baterías, toda esa luz eléctrica que contraría la lluvia.
Llueve en la plaza. Pero ella ha extendido un plástico sobre el banco de piedra y se cubre. Las goteras resuenan resbalosas sobre su cuerpo. No siente frío e incluso está transpirando por la emanación del plástico que la encierra. Mira la plaza. Se levanta siempre cubierta y sobre cada uno de los bancos va dejando plásticos para preparar la llegada de los pálidos. No es este un espectáculo inédito para ella, porque la lluvia recae siempre después de los intensos fríos que los traspasan en las noches.
Se vuelve a recubrir con el plástico, se queda quieta entre los goterones, hasta que su pierna se mueve restregándose contra la otra y nuevamente su vello erizado responde a su antojo; aún bajo la lluvia se arrastra esa pierna suya:
Su vello púbico en las nalgas esa posterioridad frenética el refrote. Los pálidos saliendo y entrando cotidianamente salivosos, cayendo desde el maremagnum: no logró el displacer.
No lo logró por estar distante de sí el invento con que se fabricaba colores iridiscentes la arrastró a la consumación.
No logró el displacer porque sus piernas cedieron.
No logró el displacer porque enteramente hermosa refrotó su pecho.
No logró el displacer en el entretejido de sus pelos, al interior de esas mismas piernas permanecieron partículas móviles.
Esas mismas partículas al rictus de sus labios.
Con el coqueteo de sus piernas abiertas: los párpados y la conciencia de un cuerpo sólido –el suyo– que adecuado a distintas situaciones pudo cobrar una autonomía especial, negándose a la rigurosidad. Pero se escapó. Esas mismas piernas convulsionadas por el vello pubial, partículas generando rictus, evitando generosamente el displacer.
Pero como esos rodados pálidos permanecieron esas horas con la mirada perdida, en ese momento privado, ajenos a la contaminación de todo otro pensamiento, dejando esas otras piernas vacías, húmedas, vellosas, al interior humedecidas con el esfínter contraído. Las piernas clausuradas de esos pobres pechos sobresalientes obteniendo-consumando el displacer, señalando la necesidad de reconstruir sus piernas en la cercanía del refrote, en la única, inconclusa vellosidad que fantasmagórica repite el gesto solitario. Doblemente hermosa en el refrote que es a pesar de lo imaginario causal líquido.
Y los pálidos sí que saben darle a su vello púbico en el vello púbico frontal: el refrote.
Su vello púbico en el vello púbico más sus dos piernas cruzadas al ritmo de las caderas, pensando el refrote. Percátate nada más de su vello púbico en la cara el refrote: la frente, ojos, mejillas y toda la postergada mandíbula. Su vello púbico en el torso el refrote: espasmos en los hombros cuello, brazos, cintura. ¿Qué me dices de sus pechos macilentos? Su vello púbico ascendente, la boca el refrote: los dientes, la lengua. A cualquiera puede asquearle la saliva. Basta.
Su vello púbico en las manos, el intenso y estúpido refrote, pero los dedos y las uñas saliéndose de madre.
Su vello desubicado de su lateral y esta pierna suya cruzada al vacío, levantada fatigosamente hasta los bordes. Esta misma cansada pierna suya buscando el alivio renal, su apoyatura, con todo el esfuerzo sostenido hacia el vacío blando del borde que no contiene la humedad necesaria al costado, que debería traspasarse con la mojadura de los vellos. Esa extenuada pierna tirada hasta la nalga buscando en la otra posterioridad la cobertura a los vellos radiantes, hasta que los muslos entreabiertos ofrezcan otra especie de mácula.
La cedida de la pierna que no le otorgó el displacer porque distante de sí misma refrotó su pecho, mientras sus manos se activaron por la violencia de sus vellos húmedos pegados tercamente a los costados de los muslos, tejieron partículas móviles.
Esas mismas partículas al rictus de sus labios programando el coqueteo ritual de las piernas abiertas, los párpados oscilantes en el cuerpo que se desbarata en tanto sudor y así quién puede aguantar el displacer que no tiene la solidez de los dedos, la fulana con la mirada perdida.
–Si yo misma presté mis piernas vacías, púbicas, vellosas, mis pobres piernas lapidadas y así me saltó mi verdadero nombre propio al montar ese vello púbico en las nalgas, llamándome la luz, que era tan pesada sobre su cabeza que la nominé la madre con sus vellos en mi cadera, al adolorido riñón, buscando incansablemente el refrote–
Insisto, buscando el refrote –esos pálidos– que se sacan el nombre de la postura de las nalgas como mero automatismo, hasta la prendida de las luces que muestran los árboles en la reinscripción del terror. Pero hasta ese minuto el cuerpo se parceliza en distintas autonomías, cuyo eje se centra en la humedad de los vellos.
Y de verdad que era rico el refrote de los pálidos que, sin embargo, endilgaban sus miradas hacia otros paisajes chilenos.
Y dime ahora qué se siente estirada en el banco, cubierta de plástico, a plena espalda de la literatura. Porque así se puede decir cualquier cosa –dime algo de tu arrogancia– puedes verificar cómo empiezan a llegar los pálidos hasta los demás bancos y cada uno se tapa, aunque ya traspasados bajo la lluvia y encuentran entonces sus miradas distorsionadas, equívocas sobre la plaza. Sus miradas –digo– que se tienden a través del polietileno produciendo la desproporción del ángulo, transformando los faroles, los árboles, el césped, hasta que lleguen a ubicarla –también deformado bulto– a la que se mueve en la impunidad del refrote. Así la lluvia se desata sobre éstos pero se refrota en el plástico, privando el goce carnal de esa agua.

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