Lumpérica
Diamela Eltit (Santiago de Chile 1949) fundó en 1977 junto a Raúl Zurita y Lotty Rosenfeld el Colectivo de Acciones de Arte. Su primera novela, Lumpérica, de carácter trasgresor y polémico, apareció en 1983. Publicó además Por la patria, El cuarto mundo, El padre mío, Vaca sagrada, El infarto del alma, Los vigilantes, Los trabajadores de la muerte y Mano de obra. Presentamos un fragmento de Lumpérica, cuya edición, realizada por el Fondo Editorial de Casa de las Américas, será dada a conocer en la Feria Internacional del Libro 2009.
Quo Vadis mafiosa para que sus crenchas caigan de una vez. Jugará tal vez ruleteada con la pura mente, desenterrando máscara sobre máscara y palabra caída será: letra modulada sobre el pasto, frotará cuerpo y pasto, lengua y pasto, pierna y pasto y el líquido.
De reiteración elevará la mirada.
Situación ahora no fílmica sino narrativa, ambigua, errada.
Pudo decir, por ejemplo:
esta plaza está rodada, llena de pasto a pedazos. Mis piernas ya no brillan cuando las froto, ni los vellos se erizan, estos vellos que cubren sutilmente mis piernas. Ya no me gusta arrastrarme por allí debajo del farol que me contagia su descascaro. Porque mis piernas más bien se cubren de tierra y entonces no noto la erguida de los vellos que me traspasan, ah sí, me penetran.
Pero es de este modo como construye su primera escena, porque se sigue arrastrando para sacarse de sí el lodo adherido a la piel y de tanto tocarse se produce el roce. Mueve lentamente los músculos, los retarda en cada contracción. Para qué decirlo: está bajo el farol. Está bajo el farol de la plaza y aunque cunda el frío por estos lados se tiende sobre el pasto a dormir. Pero el sueño no llega y se da vueltas para cambiar de postura. Prueba a permanecer siempre con los ojos cerrados para que no se le espante el sueño. Es una imagen completamente distinta para el que la lee. Se revuelca sobre el pasto cruzada por su terco insomnio. Se estira toda. Desde lejos una sábana extendida sobre el pasto, desde cerca es una mujer abierta, desde más lejos es pasto, más allá no es nada. Está tan oscuro en la plaza. Desde la acera del frente es un cuadrante iluminado.
Como un zoom es la escritura. Reaparece la mujer que duerme o quiere dormir, pero no es así: es el placer de extenderse jugando con el deleite de su propia imagen. Infantil tendida es esta. De mentirosa lo hace. Porque jugar a la distorsión de la mirada por falta de luz, ha sido una actividad explotada hasta el cansancio. Vence así el equívoco, crece la confusión y el insomnio es un hecho fugaz. Todo este movimiento no es más que para lograr frotar una de sus piernas en el pasto y es por eso que finge no poder dormir, como si su mente no abarcara más que ese estado.
Se da vuelta desesperada en su lecho, pero su conciencia está pendiente de cada rozada de su pierna sobre el pasto, ese extremo momento en que sus vellos se erizan levantándose de la pierna y creando otro circuito de cercanía.
Sigue con los ojos cerrados. Se mueve imperceptiblemente hasta dejar de hacerlo del todo.
No se mueve porque la primera lluvia se deja caer sobre la plaza.
No dormirá, ni podrá gozar con sus piernas, el particular friso luminoso de sus vellos.
La lluvia cae en gruesos goterones y ella se levanta del césped para protegerse debajo de los árboles. El frío ha disminuido considerablemente, reemplazado por la incomodidad del agua que empieza a abrir estrías en la tierra recubierta por el pasto.
El traje gris es penetrado y la lluvia se escurre por su carne: la espalda, el pecho, las piernas. Nada predisponía a esta mojada, tal vez por no mirar el cielo, tal vez por eso.
Tiembla al ver el espejeo de las baldosas que empiezan a relucir por efecto de las luces de los faroles. En cambio ella más bien en opacidad se diluye. Con el cuerpo pesado por tanta agua que acumula su traje de lana gris. Es un peso concreto el que arrastra en cada uno de sus pasos; el traje es una carga cada vez más oscurecida, en cambio la plaza aparece de manera favorable, ampliada, relumbrosa.
Y ella no, es ese traje que la priva de su atávica belleza, más que la lluvia que en sí no es sino un aditivo. Falló. Eligió mal su ornamento más cercano. Otra vez trabajó como aficionada. Por lo tanto juega a perder esa escena. Queda rígida esperando el cese del agua que no se detiene, al revés, se deja caer con más fuerza. Su cuerpo tambalea. Es su estructura la que está cerca de caer. La plaza la ha sobrepasado. Está a punto de perder su aparataje, ella no era un adorno para la plaza sino a la inversa: la plaza era su página, sólo eso. Pero su cara crispada ahora, su pelada mojada, su cuerpo magro que hace para el que la lee veta de árbol, desperdicio.
Reflexiona, sus ojos recorren su traje, se limpia el agua de la cara. Mira a su alrededor y constata que ningún pálido ha llegado esa noche y aunque aún es tiempo, intuye que no vendrán, como si el espectáculo que les fuera a ofrecer ya no tuviera sentido. Está sola y por eso su actuación es nada más que para el que la lee, que participa de su misma soledad.
Enfrentarán mirada a mirada, pensamientos enfrentarán y sólo por eso habrá que inventar el placer que se ha evadido.
Sale del árbol y de lluvia es anegada, dice –tengo sed– pero con porfía cierra los labios, da lugar a la alucinación, tensa su mano por espanto.
Asumió la retórica del acertijo, hundida en lo cotidiano de esa situación trepó en lo indescriptible. Se supuso: con neones, sortijas, aretes. Cuadriculada de fetiches volvió a la letra trazada con guante de seda brillante –enteramente significativa– se interroga a sí misma en lenguaje poético y figurado. Rompe su modelo, se erige en capítulo.
Empieza a decir toda bella palabra hasta extasiarse, sonriendo las dice y así este paisaje en diurno se convierte para la noche y aunque sus párpados están traspasados, se convence de no mirar para no ser tocada por la veta. De lana en seda, de carne en maniquí, hasta que la lluvia resbala por ese nuevo soporte. Así ya no es necesario que diga más o se llame a sí misma piedra preciosa, material sólido, para poder, quizás, solazarse en esa agua que no la toca penetrándola.
Así se transfiguró de su cuerpo apelando a sus mejores atavíos, encontrando para sí la perfección. Pero se los retiró, optando por su lana gris y todavía siguió refulgiendo caligráficamente con igual brío.
Es que se niega a la contemplación de los pálidos para agotar en ella el encanto de lo contemplado.
Nadie antes la había indagado como ella misma ante esa imprevisible lluvia.
Con los cuidados más significativos se topa en su límite que es el transcurso de la noche, para decirse tal vez –sortija– y se desnudaba la ficción en la que volcaba todas sus defensas. Sin reflectores de ninguna especie, ensaya.
Traspasada de imagen en palabra, mediante trucos técnicos acude a torcer el lenguaje, montándolo sentimentalmente. Rehace, corrige las matrices listas ya para la reproducción.
Se imprimirá con erratas conscientes y buscadas en las grietas de los pastelones de la plaza que contienen la trizadura de cada escena. La lectura de la marca de pisadas en la sutil diferencia de colores que sólo la lluvia logra evidenciar.
Cada uno de esos signos es descifrable para ella. Podría así tejer innumerables historias tan solo decantando la trama de su vestido de lana gris. Desenmarañar esa hebra para extenderla como escritura en la plaza. Retejer encauzando su colorido, el gris sobre el gris del suelo puede tentarla. Toca la humedad del traje y palpa lo resbaladizo de los pastelones. Subir hasta los árboles y rompiendo las ramas, completar con ellas la novela.
Continua...
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