II

A través de los años buena parte de la enseñanza de la historia ha perdido atractivos para los estudiantes. Muchos profesores se limitan a hacer recuento de causas únicas en listas de elementos inamovibles, exponen sólo la victoria desde el patrón dominante y describen los resultados unipolarmente, sin mostrar el proceso en su totalidad. ¿A qué se debe esta visión limitada?

Esa visión esquemática de la Historia de Cuba responde a una concepción general que heredamos de la historia universal de los manuales soviéticos. La pedagogía soviética, que recomienda las explicaciones monocausales y unilineales, a título de ser más escuetas y elementales, se muestra incapaz de ilustrar y formar culturalmente a los educandos.

El determinismo férreo de los manuales, en el que las fuerzas productivas y las relaciones de producción constituían la clave única del acontecer histórico, era terriblemente aburrido. Esa visión de la historia comienza a ser substituida por una historia política y militar, en la que el accionar de los héroes constituye la causa de todos los acontecimientos de la historia. La nueva versión politizada se queda en la superficie y no explica los condicionamientos morales, sociales, culturales y sicológicos de los personajes.

Para comprender lo que somos y seremos debemos acudir a la Historia, esa gran maestra del presente, que no admite lecciones de los contemporáneos; en tanto el pasado transcurrió, no podemos modificarlo a nuestro antojo, fue lo que debía haber sido. Pero la historia no es sólo lo que sucedió, sino también lo que pudo haber sucedido, y el historiador, si es fiel a su oficio, debe dar cuenta de las distintas tendencias y alternativas presentes en una coyuntura determinada. O sea, debemos escribir la historia de los vencedores y de los vencidos al mismo tiempo, reseñar fielmente las tendencias que se enfrentaron en el pasado y dar cuenta de las posibilidades que se impusieron en el curso de los acontecimientos. Si relatamos sólo lo que sucedió corremos el riesgo de escribir una historia aburrida, uniforme, gris.

Otro de los inconvenientes de la historia política y militar “al pelo” es que en ella sólo se describen los hechos que conducen a sus protagonistas al poder. No se explican los sistemas de relaciones que condicionan el accionar de los protagonistas, ni que le impartieron forma a las maneras de pensar y sentir de los grupos y clases sociales.

Sobre la divulgación de la historia como ciencia social, ¿cuáles son sus mejores canales de asimilación, sus formas de lectura?

En Cuba, Jorge Mañach dirigió por muchos años La Universidad del Aire, una mesa redonda donde invitaba a los más destacados pensadores, historiadores, filósofos, críticos culturales, a debatir sobre una diversidad de temas. Ese espacio tenía una gran popularidad y alcanzaba uno de los índices de audiencia más altos de CMQ. Emilio Roig de Leuchsenring dirigió así mismo una colección editorial en la Oficina del Historiador de la Habana, que publicó unos 20 ó 25 libros al año durante un cuarto de siglo. Publicó en cinco volúmenes un catálogo de las actividades y publicaciones de la Oficina, las que tenían una gran promoción y difusión. Desde los años setenta hasta los noventa no hubo una actividad editorial parecida, ni en cantidad de publicaciones, ni en contenido patriótico. En la década en curso todavía no se ha igualado. Te pongo solo estos ejemplos porque son ilustrativos de cosas que se pueden hacer para divulgar a las más amplias capas de la población los conocimientos históricos y una concepción integral de la historia.

Ahora bien, lo más importante es la promoción que se haga de los libros de historia y duplicar el número de títulos que se publican. Entre nosotros basta que alguien se pare ante las cámaras de Televisión y sermonee sobre la historia para que se le considere un sabio o un magíster, aun cuando apenas haya publicado una investigación que merezca el nombre de tal.

Escribir Historia es un arte, delicado, minucioso y persistente, ¿cuáles son sus métodos y técnicas de investigación?

Hay una variedad de métodos de investigación, un verdadero abanico de procedimientos y técnicas. He podido emplear algunos porque me he preocupado por ponerme al día, por actualizar mis conocimientos históricos. En las condiciones del bloqueo, de sitio cultural que nos pusieron nuestros enemigos y el que nos pusimos nosotros mismos, para coronar la obra de estos, era muy difícil conocer los avances que tenían lugar en nuestra disciplina en las tres últimas décadas del siglo XX. En la actualidad sigue siendo muy embarazoso, porque el llamado período gris sigue rigiendo para los estudios históricos. Una gran parte de los investigadores trabaja con los métodos artesanales de Morales y Morales de principios del siglo XIX, poniendo una por una las cuentas en el collar.

Sólo me referiré, para no hacer muy extensa la entrevista, a la poca atención que se le presta a la puesta al día de nuestra disciplina. Los centros de investigación histórica, las asociaciones de historiadores, los departamentos de historia de las universidades no se preocupan en invitar a maestros de la historiografía contemporánea a impartir cursos o dictar ciclos de conferencias sobre los progresos en los estudios históricos. No se organizan seminarios, con la participación de historiadores destacados sobre las escuelas de pensamiento historiográfico. Si acaso algún maestro del oficio, de paso por la isla, dicta una charla. Sólo la Casa de Altos Estudios Fernando Ortiz publicó en 1996, un texto metodológico, La historia y el oficio del historiador, y el Centro de Estudio sobre la Cultura Cubana Juan Marinello publicó también una valoración de la obra de Foucault.

¿A qué se debe la escasez de reseñas sobre libros de historia, a qué los pocos títulos publicados por las editoriales cada año en comparación con otros géneros, a qué la pobreza visual y de diseño de los mismos?

Bueno, la pobreza visual y de diseño puede ser resultado del poco interés que ha habido y sigue habiendo en promover los estudios históricos. La escasez de reseñas de libros de historia se debe al poco interés de los directores de publicaciones periódicas o de sus superiores en estimular la crítica y el debate en la historia y en las ciencias sociales. Entre las revistas que tocan cuestiones históricas sólo Temas se ha planteado estimular recientemente, de manera activa, la publicación de críticas. Se ha considerado por mucho tiempo que la discusión en los medios culturales y científicos estimulaba pleitos y dimes y diretes entre intelectuales presuntuosos y desviados.

Pienso que la poca publicación de títulos de historia con relación a otros géneros se debe a algún esquema heredado de la Unión Soviética breshneviana, que no nos hemos atrevido a erradicar completamente. Sobre todo si se tiene en cuenta que en la época en que Emilio Roig de Leuchsenring dirigía la Oficina del Historiador, y Santovenia y otros la vetusta Academia de Historia, la proporción era más favorable a los textos históricos que en la actualidad.

De su libro Patria, etnia y nación, muy elogiado por el jurado y recientemente galardonado con el Premio de la Crítica Científico-Técnica, ¿qué rédito puede dejar en el lector y en la historiografía cubana?

Yo no soy un historiador erudito. Cuando pienso en uno, pienso en mi amigo César García del Pino, al que tantos aportes le debe la Historia de Cuba. Soy de la opinión que si alguien merecía se le dedicara la Feria del Libro es a él.

Sólo me he planteado esbozar problemas, revisar las concepciones del pasado y discutirlo todo. No pretendo haber creado una nueva escuela o manera de ver las cosas. Si he realizado algunos aportes ha sido en el terreno de estimular la discusión y la crítica entre mis colegas. Es cierto que, como todo historiador, he sacado a relucir algunos hechos inéditos, pero la interpretación que les he dado está por discutir. A fin de cuentas, no debo ser yo quien valore mi obra, sino las nuevas promociones de historiadores.