
Sobre la Historia: pensar y repensar, escribir y reescribir
Conversación con Jorge Ibarra Cuesta
Teresa Fornaris
Investigador incansable en la memoria de
lo vivo –y no–, del transcurrir de eventos,
de los legados definitorios en la Nación.
Jorge Ibarra nace en Santiago de Cuba,
Doctor en Ciencias Históricas, Premio
Nacional de Literatura en 1996, ha publicado
varios libros que resultaron Premio de la Crítica.
Riguroso en la búsqueda y la actualización, en la
reconstrución de pasajes y períodos de la historia no
conocidos,ha dado un giro al prisma reinterpretando
diversos hechos del pasado. Me escribe: "La historia
es una disciplina científica,no una actividad literaria
más.Cualquiera no es un historiador,el estudio de
la historia requiere dedicación,entrega,mucho tiempo
y mucho estudio. Historiar requiere pensar y
repensar, escribir y reescribir." Le agradezco.
Descubro las preguntas que guardé por encima de
otras, por la necesidad de educarnos –no sólo instruirnos–
en la enseñanza de la historia y las ciencias
sociales.
¿Cuál es el origen de su interés por la historia? Mis primeras discusiones sobre historia tuvieron lugar en Camagüey, a fines de los años cuarenta, donde las Estrada, unas maestras que vivían al lado de la casa de mis abuelos, en Capdevila #259. Se debatía sobre el patriotismo de Céspedes y Agramonte, sobre la mayor participación de los camagüeyanos o de los orientales en la Guerra de los Diez Años. Permanecíamos hasta altas horas de la noche discutiendo. Como santiaguero, no creo necesario decirte de qué lado me alineaba.
El origen de mi interés por los estudios históricos pudiera ser un curso sobre José Martí que matriculé en 1952 en la Escuela de Verano de la Universidad de Oriente, impartido por Andrés Iduate, un profesor mejicano de la Universidad de Columbia. Ese año recibí el primer curso de Historia del Derecho Cubano de mi profesor Leonardo Griñán Peralta, que me dio una idea general de la evolución histórica de mi país. Leí también la Historia Política, Económica y Social de Cuba y la Historia de la Guerra de los Diez Años de Ramiro Guerra, obras que me fascinaron. Hasta entonces no había recibido una clase de historia en el Colegio La Salle de Santiago de Cuba, ni en los Estados Unidos donde terminé el bachillerato y matriculé un año en la Universidad de Pensilvania.
La historia reseña los sucesos pasados, y aunque no resulta una “fórmula” para diseñar la trayectoria a seguir, sí es posible que su análisis nos acerque a pensar en términos de los cambios y duraciones –como ha dicho usted en alguno de sus libros– que alternan en el devenir histórico. Si de algún modo lo que fuimos nos ayudará a comprender lo que somos y seremos, ¿cómo se aplica este presupuesto en la sociedad cubana actual? Siempre he pensado que las revoluciones vienen para quedarse. Las grandes transformaciones que se llevan a efecto abren nuevos cauces y por mucho que puedan ser reformadas o alteradas en su sentido original, determinan el itinerario de los pueblos y naciones en el curso de los siglos. Nosotros somos hijos de la revolución de 1868, del mismo modo que los venezolanos de las gestas bolivarianas, los franceses descienden de la Revolución Francesa, los rusos de la Rusa y los chinos de la China. En ese sentido, nosotros tenemos una de las tradiciones revolucionarias más ricas. En el siglo XIX libramos dos revoluciones, la del 68 y la del 95, contra el poder colonial español; y en el XX, acometimos otras dos, la de los años treinta y la de los cincuenta, contra las relaciones de dominio estadounidenses. Eso explica el carácter prolongado de nuestras luchas contra el dominio extranjero: en el siglo XIX las guerras y luchas políticas se prolongaron en un período de treinta años, en el siglo XX y en el XXI se han extendido por cincuenta años. El mejor armamento y la coraza contra el dominio norteamericano en el último medio siglo, resultó ser la revolución socialista. No sólo dio solución a demandas y anhelos seculares de amplios sectores de la población, sino que constituyó el mejor escudo contra el ingerencismo y el expansionismo del “Norte revuelto y brutal”. Renunciar a él, equivale a desarmarnos frente a nuestro poderoso vecino. Aferrarnos a las viejas fórmulas que heredamos del socialismo que fracasó, del socialismo de Estado soviético, significa seguir sus pasos. El socialismo del siglo XXI sólo puede ser el de la creciente participación de los trabajadores en sus centros de trabajo, en la dirección de las empresas, el de la creciente consulta al pueblo de las decisiones del Estado a través de referéndums, deliberaciones en las asambleas laborales, en los Comités de Defensa. El cuándo, el cómo, y el dónde se implementarán esas prácticas depende, desde luego, de un conjunto de factores coyunturales e internacionales. Pensamos, sin embargo, que se podría ensayar de forma progresiva estos principios elementales en distintos escenarios y momentos. A diferencia de los regímenes burgueses, el nuevo socialismo postula formas propias de democracia que hacen realidad los ideales de la revolución francesa, de Rousseau y Montesquieu.
Regresar a la vieja democracia representativa que padecíamos significa que el imperio nos auspicie, financie y “monte” los partidos políticos liberal, demócrata, auténtico, etcétera, a la vieja usanza. De hecho, no ha cambiado mucho. La financiación de la disidencia a la revolución cubana, en salarios y prebendas a sus activistas en la Isla y en Miami, le cuesta en la actualidad al Congreso estadounidense la insignificancia de ochocientos millones de dólares. Una de las muestras más elocuentes de la significación real que tenía para los cubanos la democracia representativa son las opiniones que los cubanos tenían en la primera mitad del siglo XX sobre la política. Un diccionario de cubanismos recientemente editado en Miami reproduce cerca de doscientos dichos y refranes populares que circulaban en los años cuarenta y cincuenta en Cuba referidos a la actividad política. En esas fieles expresiones de la mentalidad colectiva se repudiaba unánimemente a la política. Ni uno de los refranes en el diccionario identifica a la política que se practicaba en la Cuba republicana con la democracia, con la libertad o con las aspiraciones del cubano. Por el contrario, la política era lo sucio, lo bajo, lo deleznable. Pienso que estas abreviadas meditaciones te ayudaran a comprender lo que hemos sido, “lo que somos y seremos”.
Continua...
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