II

Historias terribles de masacres y de una revuelta de los negros en el interior del país llegaban a La Habana. El corresponsal del New York Herald Tribune salió durante tres días a la provincia y halló que sólo se trataba de rumores y cortinas de humo. Al regreso, los fusiles se disparaban en La Habana, pero al aire. En Santiago de Cuba fueron encarcelados los jefes de la policía machadista. Horacio Ferrer contaba, haciendo gala de anticomunismo, que “los comunistas aprovechaban los momentos de confusión para [...] incendiar iglesias y apoderarse de lo ajeno, que era así como interpretaban los credos de Marx”. Era un desvarío ideológico. Nada de eso sucedió. Lo cierto que la única experiencia de intentar frenar la violencia espontánea la realizó el Ala Izquierda Estudiantil integrando un tribunal popular.

Hacia las tres de la tarde del día 13, Benjamin Summer Welles reportaba a Washington: “La situación en las ciudades es mucho más satisfactoria, la ley marcial ha sido declarada en la República y los militares han tomado una actitud determinada que ha tenido un efecto saludable”. Las huelgas comenzaban a levantarse, los telegrafistas serían los primeros en hacerlo.

El general Alberto Herrera estaba escondido con su familia en el piso superior del Hotel Nacional pero no se sentía seguro. Welles amenazó con hacer desembarcar una fuerza de marines para la custodia del hotel. “He tomado toda precaución posible para asegurar su seguridad y he pedido garantías al gobierno para él y para aquellos senadores y diputados que son muy impopulares. El general Herrera espera abordar el Santa Ana mañana en la noche para Nueva York con su familia y yo iré personalmente al steamer”.

No sería la única acción del embajador para proteger a los hombres del viejo régimen. En la tarde del 13 de agosto, con autorización de Céspedes y en un cañonero de la marina cubana, salían para los Estados Unidos Elvira Machado, esposa del ex presidente, sus yernos José Emilio Obregón, Rafael Jorge Sánchez y Baldomero Grau con sus esposas e hijos. Welles pidió que se les dieran facilidades para desembarcar en Key West, aunque no traían visas ni documentación, y que recibieran “amplia protección policiaca” en Florida. Partieron casi de inmediato en tren para Miami donde llegaron a las siete y treinta y los refugiados le dieron a la señora Machado una recepción similar a la que le habían dado al canciller Ferrara. Cuando la policía trató de dispersarlos con porras, resistieron formando un apretado círculo y se produjeron varios arrestos.

La familia Machado temerosa salió en tren hacia Nueva York. Estaban tan aterrorizados que cocinaron sus comidas en el vagón y cuando alguien le dijo que una muchedumbre los esperaba para abuchearlos, se bajaron en Filadelfia y en una flotilla de taxis se dirigieron al “mejor hotel”. Dirigía la operación el yerno José “leño perdido” Obregón, que en la puerta del hotel tuvo dificultades para encontrar un billete pequeño con el que pagar a los taxistas y sacó, según el reportero de Time, un rollo de billetes de mil dólares que traía en el bolsillo. La prensa que los había localizado recibió una declaración escueta: "Tenemos suficiente dinero... Pensamos que Nueva York estaría muy caliente... Paramos aquí porque sentimos que Filadelfia es una ciudad muy calmada y será un reposo para los niños".

Gerardo Machado llegó a Nassau ese mismo día 13, haciendo en quince horas un vuelo que debería haber durado cinco. A causa de la oscuridad y de una pequeña avería, el avión tuvo que amarizar como a las siete de la tarde cerca de Nicholls Town, en la isla de Andros, donde los fugitivos pasaron la noche sin salir del aparato. Al día siguiente, a las cinco y treinta, reparado el desperfecto, viajaron hacia la base de la Panamerican en Nassau. Un Machado “sudoroso y temeroso” descendió del hidroavión, al que la prensa local calificaría como “un avión de contrabandistas de alcohol norteamericanos”. La Aduana les retuvo los cinco revólveres que portaban. Los capitanes Vila y Crespo cargaron con ocho saquitos de lona, bastante pesados porque estaban llenos de oro. Lo depositarían en un banco local. El dictador se instaló en la suite 119 del hotel Royal Victoria y pidió protección policial. Ordenó té y whisky y se acostó a dormir. Cinco días después le mandaría un escueto cablegrama a Orestes Ferrara en los Estados Unidos: “Mi licencia y ofrecimiento de renuncia obedeció a petición embajador USA”. No había entendido nada.

Summer Welles le haría un generoso epitafio político hablando de que la transición se debía a “la determinación del presidente Machado de actuar con patriotismo” y aclarando que “sus acciones no pueden ser descritas como el resultado de presiones de los Estados Unidos”.

La persecución contra los porristas continuó. Julio Leblanc, un “experto muy conocido por sus crímenes”, fue cazado por los vengadores y trató de defenderse a tiros, pero le lanzaron piedras y ladrillos hasta matarlo. El ABC estimulaba la vendetta en medio del caos y en ella se mezclaban delincuentes profesionales, pero sobre todo se trataba de los rescoldos de una furia popular que se producía aplaudida por las mayorías y que lentamente iba cediendo.

El DEU, bajo la sensación de que se les ha escamoteado la revolución, aprovecha la coyuntura para continuar acopiando armas. Un transporte trae fusiles de Miami; los estudiantes mantienen reuniones con soldados y sargentos y, de Matanzas, arriba a La Habana un gran envío de ametralladoras.

Tony Guiteras fue sorprendido por la caída de Machado. Durante los días de la huelga general había mantenido una campaña muy activa en Oriente con sabotajes, quemas de caña, ocupaciones de armas y atentados, y en una carta al director del Diario de Cuba de Santiago había rechazado “toda idea de mediación entre el gobierno y la oposición con el fin de llegar a un acuerdo, estimando que el único medio posible de solucionar el conflicto entre los sostenedores del actual gobierno de facto y el pueblo, es la revolución (...) Yo aceptaré la mediación cuando me manden una carta en la que me lo pidan las firmas de los asesinados por Machado”.

Hacia el día 10 de agosto, Tony estaba preparando un ataque al cuartel de Bayamo, para lo que había concentrado en una finca un grupo de sesenta hombres con ocho ametralladoras y cincuenta y cuatro rifles y esperaba un cargamento de dinamita que venía de los Estados Unidos. Habían tenido varios enfrentamientos con el ejército, pero desde el inicio de la huelga general, según cuenta Masferrer, estaban aislados e incomunicados.

En el momento de producirse la huida del dictador, Tony y sus hombres avanzaron hacia Bayazo, tomaron el cuartel y dieron un mitin de la Unión Revolucionaria. De ahí saldrían hacia Holguín, ya en medio del júbilo popular, y llegarían a Santiago el día 13. Tony viene con atuendo guerrillero, sombrerote de vaquero, pistola al cinto, parece un Sandino cubano. En Palacio hay una gran multitud reunida que escucha los discursos de las fuerzas de oposición al viejo régimen. Le proponen que asuma el gobierno provisional de la provincia. Tony se niega: “Eso es imposible pues yo no acepto la mediación. Es probable que me vuelva a alzar”. La multitud lo reconoce y lo aclama obligándolo a tomar la palabra. Según su biógrafo, J. A. Tabares, Guiteras dijo que la revolución no había terminado, añadió que no abandonaría las armas hasta que hubiera un gobierno que diera solución a los problemas sociales y condenó al imperialismo y la mediación. “Ustedes terminaron la lucha, yo empiezo ahora”.