Tony Guiteras, un hombre guapo

Paco Ignacio Taibo II

 

Fragmento de Tony Guiteras. Un hombre guapo, de Paco Ignacio Taibo II (Editorial de Ciencias Sociales), biografía que será presentada durante la XVIII Feria Internacional del Libro.Como se señala en su prólogo, un libro sobre Antonio Guiteras es también “sobre la Revolución del 30, sobre los personajes que la marcaron o que a partir de ella entraron en la vida de nuestro país en un sentido o en otro”. Paco Ignacio Taibo II (Asturias, 1949),escritor hispanoamericano de reconocido prestigio internacional, ha publicado más de cincuenta libros entre novelas ,cuentos,ensayos históricos y reportajes. Fundó en 1986 la Asociación Internacional de Escritores Policíacos y en 1987 el festival Semana Negra de Gijón.

Al conocerse la huida de Machado, la feminista Hortensia Lamar, que había participado en la Mediación, salió al balcón de la embajada norteamericana y festejó junto con una multitud que lanzaba vivas y mueras por parejo. Allí estaban también Martínez Saenz y Saladrigas ondeando la bandera verde del ABC. Festejaban la caída de la dictadura no en las calles, el palacio presidencial o el Capitolio, lo hacían en el lugar donde a su juicio realmente se había fraguado: la embajada de los Estados Unidos. En América Latina todas las batallas importantes son simbólicas aunque, en ocasiones, muchos de los símbolos tengan una pizca de grandilocuencia ridícula.

El ABC se proclamó el gran triunfador, sus banderas verdes estaban por todos lados. Fuga de machadistas en avión, en botes de vela, en lo que fuera. Orestes Ferrara, que había sido tiroteado en la mañana en su casa, pidió protección a Summer Welles, pero el embajador, con el que tenía una cierta amistad, prefirió ignorarlo y le dijo que sólo se trataba de una multitud que celebraba. En el muelle, un grupo del ABC lo persiguió en un automóvil. Acompañado de su esposa y otra docena de prófugos se subió a un hidroavión de la Panam manejado por un piloto que tenía el exótico nombre de Leo Tertlesky. El avión de Orestes Ferrara se elevó en medio de una lluvia de al menos cincuenta balazos que perforaron el sombrero de su esposa y las alas del aparato, dejando el correo para los Estados Unidos y los equipajes en tierra. Entre otras cosas, las corbatas de Orestes fueron repartidas entre sus perseguidores como recuerdo y botín de guerra. Dos horas y media más tarde llegaron a Miami donde una furiosa multitud de exilados lo recibió con pitos y trompetillas gritándole carnicero y asesino. Ferrara fue retado a duelo a muerte por un cubano exiliado. Aceptó el reto a gritos, pero su escolta lo subió a un coche y se lo llevó a un hotel. Horas más tarde, rodeado de guardaespaldas, tomó un pulman para Nueva York.

Octavio Zubizarreta, ministro de Gobernación, no tendría tanta suerte y sería detenido. Muchos de los cuadros políticos del machadismo se asilarían en embajadas, sobre todo en la de España, donde un complaciente López Ferrer se prestó a darles asilo.

La alegría popular estalló a lo largo de todo el país expresando el júbilo de las multitudes a la caída de la dictadura, con mucho de gran fiesta infantil que se desborda respondiendo a los años en que han vivido temerosas, rabiosas de impotencia, encorsetadas por la acción policial, por el abuso. En La Habana, millares de personas salieron a la calle festejando, insultando a Machado y pidiendo la detención de sus cómplices.

Casi inmediatamente surgió la violencia. Se inician tres días de cacería en las calles. Residencia saqueadas, asaltadas por la muchedumbre. Fue incendiado y saqueado el Heraldo de Cuba de Orestes Ferrara, los muebles volaron por las ventanas. Un periodista observó el saqueo del palacio presidencial, donde una vieja salía con un extraño botín: dos almohadas. Mientras, otros se llevaban sillas y máquinas de escribir.

En el Capitolio un grupo se dedicó a destruir con marros y martillos la efigie de Machado que se encontraba en la entrada, pero respetaron el edificio, que de alguna manera sentían como propio.

La violencia popular se desata contra policías y porristas. La primera baja conocida será un sargento de la policía conocido como Pito Sampro que, perseguido por la multitud, se encierra en una casa y se suicida de un tiro. Su cadáver será objeto de fotografías que registran la terrible indiferencia de los mirones. Enrique Fernández registra: “De los cuatro puntos cardinales, la multitud, roto todo contén y dique, se precipita sobre la jauría en fuga. Está alegre, ferozmente alegre. Como un torrente, asolándolo todo, penetra en los cubiles machadistas. Son pocos los que pilla su cólera justiciera. El machadismo criminal y sórdido es abyectamente cobarde en la derrota. Huye como vulgar ratero”.

El coronel José Antonio “Lico” Jiménez, jefe de la Porra, fue descubierto en la calle por un limpiabotas, que alertó a la gente. Perseguido por una multitud se escondió en una farmacia en Prado y Virtudes. Lico estaba armado y mantuvo a la multitud a raya hasta que un camión del ejército llegó. Los soldados lo invitaron a rendirse y respondió disparando, contestaron al fuego y cayó muerto con un tiro en el pómulo. Existe una foto de Pegudo publicada en la revista Carteles que se ha vuelto emblemática de la revolución del 33 y símbolo de la caída de Machado. El soldado, muy joven, que ha ejecutado al jefe de la Porra está de pie sobre el techo de un automóvil con sombrero de ala ancha y varios cargadores al cinto, en la mano derecha sostiene el fusil en alto y tiene el brazo izquierdo extendido, como si flotara en el aire, sostenido por la multitud que lo aplaude. Pareciera un torero agradeciendo, tiene la mirada perdida en la distancia.

Los cuerpos de los porristas son paseados en automóviles. A mitad de la calle, retratos de Machado destruidos. El pueblo saquea veintiséis mansiones, entre ella la casa de Zubizarreta y un teatro dedicado a la pornografía. propiedad del barbero de Machado. Al grito de “dale candela” incendian la casa de Pepito Izquierdo. Se contaba que la casa de Carlos Miguel de Céspedes fue saqueada, los asaltantes mataron y luego se comieron a un oso que tenía en su zoológico privado, más tarde vendieron la piel en un peso. Un grupo del ABC asaltó la casa de Baldomero Grau, yerno de Machado, y los porristas se defendieron con ametralladoras hiriendo a los manifestantes. El ejército intervino atacándolos y desalojándolos.

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Fernández cuenta: “La ciudad es un aquelarre. Arden los periódicos machadistas. Las piras de muebles en la vía pública señalan la presencia de una vivienda de sicario arrasada por la multitud. Aquí y allá caen, inmolados por la furia pública, los que no han tenido la suerte de Machado. Toda una ciudad se precipita a la caza de las alimañas. Secretarios de Despacho, congresistas, amigos y canchanchanes, toda la taifa de lacayos, toda la cuerda de asesinos, huye en todas direcciones, o se sotierran en los más impensados escondrijos”. La Associated Press reportaba que “salvajes desórdenes dominaron las calles hoy mientras un frenético populacho celebraba la caída de Machado”. El saldo del día será de dieciocho muertos y noventa heridos.

Cuatro senadores y siete diputados lograron darse cita en el Hotel Nacional y, simulando un delirante quórum, reformaron a la carrera la Ley Orgánica del Poder Ejecutivo antes de volver a sus escondites. Huido el dictador, el gabinete renunció, o salió corriendo, y alguien, en nombre de una muy discutible legalidad republicana, les fabricó las renuncias, excepto la del general Alberto Herrera, que automáticamente se volvió presidente provisional. Herrera permaneció en el cargo los minutos necesarios para designar a Carlos Manuel de Céspedes ministro de relaciones exteriores y luego renunció –dejando a Céspedes como presidente provisional–, cumpliendo los “acuerdos” urdidos por Summer Welles. El historiador británico Hugh Thomas comentará años más tarde que la transferencia de la presidencia provisional de Herrera a Céspedes era una broma, incluso formalmente, porque el Congreso no le había dado a Machado permiso de ausentarse, pero como dice Enrique Fernández: “El padre de la criatura quería legalizarla”.

Céspedes tomó el juramento como presidente interino ante la Suprema Corte de la República a las nueve y treinta de la noche y su primer acto fue pedir el fin de la huelga general.

Welles informó a Washington altamente complacido: “El procedimiento es estrictamente constitucional” y pidió a Hull el reconocimiento para el nuevo gobierno. Le respondieron que el “reconocimiento formal del gobierno de Céspedes no era necesario, dado que la transferencia del poder había seguido normas constitucionales”.

El hombre que, a voluntad de Welles, tenía que hacer buena la tan usada y no por ello menos certera frase de Giovanni Tomaso de Lampedussa, pero en versión latinoamericana: “Casi todo tiene que cambiar para que casi todo siga igual”, el nuevo presidente cubano, Carlos Manuel de Céspedes y Quesada era hijo del Padre de la Patria cubana, al que nunca conoció. Enrique Fernández, con su singular precisión se pregunta: “¿De dónde sale y quién lo ha elegido? Como salir, sale de la Embajada”.

Céspedes nació el 12 de agosto de 1871 en Nueva York, estudió en los Estados Unidos, residió en Alemania y estudió diplomacia en Francia. En 1895 se sumó a la insurgencia independentista y obtuvo el grado de teniente coronel, pero más por méritos administrativos que en combate. Posteriormente fue diputado, embajador en Italia, Argentina, Grecia y los Estados Unidos. Estaba casado con una italiana, Laura Bertini. Regresó a Cuba en 1922 como Secretario de Estado pero renunció un año después. No había actuado en el movimiento oposicionista. Había pasado más de dos terceras partes de su vida fuera de Cuba. Era lo más extranjero al país que se podía conseguir, lo más ajeno; quizá por eso, era el hombre de Summer Welles. Parecía una caricatura, un muñeco de cartón avejentado, muy calvo, con lentes y un bigotito hitleriano, poblado pero pequeño, dentro de un traje blanco de tres piezas. El periodista español Enrique Lumen diría: “Céspedes es un buen hombre, no ríe, no llora, no habla, es menudo, de mirada en éxtasis”.

El 13 de agosto volvieron a salir las publicaciones periódicas. Se podían leer las revistas Bohemia y Carteles, además los diarios Denuncia del ABC, el semi clandestino Trabajador del PCC, el progachupín Diario de la Marina, el moderado Avance, el liberal Ahora y el órgano de los universitarios del DEU, Alma Mater. El periodista Mario Kuchilán registra: “Se ajusticiaba a los porristas y esbirros en plena calle. Se arrastraban los cadáveres. Los periódicos azuzaban la violencia publicando en primera página escenas horribles. Era una justicia ciega, muchas veces ejercida por los neutrales [...] En las aceras del Prado [...] vimos matar a un hombre a palos, pedradas y adoquinazos. No le dieron ni un tiro, ni siquiera una puñalada. Fue macerado. Desde los balcones de los entresuelos del Hotel Pasaje, su esposa y su hijo vieron la macabra secuencia de una multitud enfebrecida que corría el amok”. Luego habría de descubrirse que el muerto no era un asesino sino un estúpido policía que alardeaba de barbaridades que no había hecho.

El periodista y funcionario machadista Lamar y el embajador inglés coinciden en decir que los costos de los motines del día 12 y la semana que le siguió fueron de mil muertos y trescientas casas saqueadas; pero deben haber sido muchos menos si se hace caso del recuento de la prensa. El británico cuenta que la casa de un senador machadista vecino suyo fue saqueada por el pueblo y que durante el saqueo aparecieron burgueses en packards para robarse armarios Luis XV.

Continua...