II

Aquel procedimiento me recordó lo que aprendiera en Lima sobre la forma de medir la casta de un torete de lidia, mediante el capoteo de sus hermanas o hermanos defectuosos. Aquí se aplicaba un recurso análogo, pero en línea de parentesco vertical; se cateaba el subafluente o nieto de un arroyo, y si el vástago demostraba buena casta aurífera, se procedía a trabajar la arena del abuelo. Horizontal en los toros y vertical en los cursos de agua, la tienta se realizaba siempre con un pariente consanguíneo: los hermanos del toro o los nietos del arroyo.

En el caso de los lavaderos o garimpos, evaluar el contenido áureo en el lecho de un hilillo fluvial no era factible sin antes desviar sus aguas para acceder con facilidad a la arena básica. Y liberar de agua unos pocos pasos del lecho de un hilillo semejante, era faena para varios hombres que dieran pico y pala durante una jornada de sol a sol. Por ese procedimiento, la exploración de una zona se tornaba agotadora y muy demorada. En cambio, batea en mano, mediante un muestreo rápido de la descendencia en distintos puntos, se diagnosticaban con buena aproximación las perspectivas auríferas de una fuente más fecunda.

Terminado el muestreo, ya escogido el lugar donde se provocaría el desvío del agua, se procedía a liberar, por ejemplo, cien metros del lecho. Para ello se excavaba una zanja paralela, de igual capacidad y extensión, destinada a recibir el flujo del cauce interrumpido por un dique de gruesos troncos de árboles; y ese flujo retomaba después su curso normal cien metros más abajo.

El tercer paso era la obra de carpintería, consistente en una estructura de madera donde se colaba la arena del lecho mediante cinco mallas metálicas sucesivas, cada una más delgada que la superior. Arriba llegaba la arena gruesa, con piedras y todo lo que hubiera en el lecho, y empujada por los cubos de agua que los garimpeiros le dejaban caer encima, la arena descendía de malla en malla hasta convertirse en un polvillo destinado a centrifugarse batea en mano, para extraer el oro final.

Jeca disponía en su garimpo de una coladora de cinco mallas. Pero otros garimpeiros las preferían de tres o de siete. En general, un hombre llenaba un cubo de la arena del lecho y se lo pasaba a otro situado en una tarima a un metro de altura. El segundo lo volcaba sobre la primera malla ubicada a dos metros. Acto seguido, el hombre número 1 le alcanzaba al 2, tres cubos sucesivos de agua, para filtrar la arena descargada. El 2 también se encaramaba sobre la tarima, y con ayuda del 1, liberaban la malla metálica de piedras y arena gruesa; y repetían la carga de un cubo de arena y tres de agua. Un número 3 atendía las otras cuatro mallas, y el 4 se ocupaba de extraer el oro, batea en mano. Si había un 5 disponible y no estaba metido en su hamaca, víctima de las fiebres, cocinaba, cazaba o pescaba para mejorar la dieta del grupo; pero la experiencia demostraba que entre los cinco compañeros de Jeca sobrevivientes al cocinero, uno o dos se hallaban siempre incapacitados por las fiebres.

Los mosquitos no molestaban mucho durante las horas de navegación, sobre todo si soplaba alguna brisa, como era lo habitual; pero durante los altos nocturnos eran insufribles, tan agresivos y numerosos que formaban nubes en torno a uno. El profesor me enseñó a colocarme una camisa de mangas largas, medias gruesas o dobles en los pies, y otras a modo de guantes en las manos, que me cubrían incluso los puños de las mangas.

Por último, escogía unas ramitas con mucho follaje, y con una en cada mano me abanicaba sin pausa las mejillas y el cuello. Llegado el momento de cenar, cada comensal se aislaba donde más le gustara, bajo una campana de tul mosquitero. Para dormir, por mucho calor que padeciéramos, manteníamos las medias sobre los puños de las camisas, y dobles en los pies. A pesar de aquel calor ecuatorial, Lodi dormía como un bendito y amanecía silbando.

Yo conseguía dormir sólo un par de horas, casi siempre antes del amanecer; y a veces, después del almuerzo, cuando soplaba una brisa fuerte que ahuyentara los pocos mosquitos diurnos, me indemnizaba con una siesta. Como era previsible, cuando llegamos al tercer y último salto del Tapajoz, ya en dos ocasiones mal dormido y muy atontado, dejé pasar más de veinticuatro horas sin tomar mi Aralén antipalúdico. Cuánta razón tenía Rachel. Ella previó que me olvidaría; pero yo no me asusté tanto como debiera. Quizá me picaran algunos anofeles, pero no todos habrían succionado sangre de un enfermo palúdico media hora antes. Craso error, porque según supe después, Jeca y el lanchero eran palúdicos endémicos, como sin duda la mayoría de los nordestinos que compartieron con nosotros en el Adelaida y los vecinos de São Luiz do Tapajoz, pese a los desvelos de seu João.

* Fragmento de Y el mundo sigue andando... memorias (Editorial Letras Cubanas) que será presentado en la Feria del Libro de este año.