Y el mundo sigue andando… memorias *

Daniel Chavarría

En el Baixo, Jeca contrató una lancha con motor fuera de borda que nos llevaría hasta el segundo salto, distante otros cuatrocientos kilómetros de navegación aguas arriba. Al otro día, junto con nosotros, partieron otras tres embarcaciones del mismo tipo.

El río Tapajoz, que según mis recuerdos tendría una anchura de más de mil metros en su desembocadura, ya a la altura del primer salto, apenas si pasaba de los quinientos. La geografía de este relato es muy imprecisa y subjetiva, como suelen serlo todas las memorias personales; y en mi caso, no temo equivocarme porque mis lectores más exigentes, sin duda dispondrán de buenos repertorios y sabrán manejar Internet con más pericia que yo.

Del Amazonas, por ejemplo, sé por una enciclopedia que en su lugar más ancho alcanza veinticuatro kilómetros; pero eso no se corresponde con mi percepción, porque a lo largo de casi todo su curso brasileño, contiene islotes, a veces de varios kilómetros de longitud, que al sucederse numerosos, impiden ver la otra orilla del gran río; de modo que al evocar su imagen, veo un agua barrosa, carmelita, de riberas distantes pero bien visibles, con una anchura media de dos o tres kilómetros.

En cuanto al Tapajoz, según Internet, su curso total es de 1770 kilómetros; pero la distancia entre Santarem y el primer salto aguas arriba, es apenas de doscientos ochenta.

La travesía en lancha, a veces muy cercana a una u otra margen, nos permitía ahora percibir el paisaje ribereño: la repentina mancha rosada de un bando de flamencos que alzaba su vuelo junto a un caño; la figura de un venado que nos observaba pasar despreocupado desde lo alto de un peñasco; el alboroto de unos monos alardosos, encaramados en el follaje costanero, que entre brincos de rama en rama nos manifestaban su desacuerdo con nuestra presencia; un pequeño embarcadero de madera, desde donde unos niños mestizos nos saludaban con saltos mortales y zambullidas acrobáticas.

Lo más interesante del trayecto fue la aparición de un par de tortugas en pleno desove. El lanchero las sorprendió en una playita, tras un pronunciado recodo del río y enfiló su proa hasta encallar en la arena. A una la atrapó antes de que llegara al agua y la dejó patas arriba sobre la orilla; pero la otra consiguió escapar y hundirse fuera de su alcance. El lanchero recogió la tortuga inmóvil y muy pocos huevos, porque nuestro desembarco sorpresivo no les había permitido terminar el desove.

Por la tarde, durante nuestra pausa habitual, nos regalamos con una sopa de tortugas que preparó Lodi. Como primicia de las virtudes culinarias que nos demostraría en el garimpo, condimentó la sopa con polvo de ajo, nuez del Brasil, pimienta de Cayena y otros ingredientes de los que se pertrechara en Belem. Como entrante (antipasto, lo llamaba él), preparó un arroz muy rico con huevos de tortuga hervidos y una latica de atún. Cubrió la carne con un puré de tomate importado de Italia, regalo del cocinero de la FAO, aderezado con el aceite de oliva portugués, trofeo de mi estancia en el colegio La Salle. Por consejo del lanchero, cenamos y luego dormimos en una islita del río, a pocos kilómetros de allí, donde una intensa brisa nos libró de las nubes de mosquitos vespertinos.

Al continuar río arriba, nos sobrevino un accidente lamentable: nuestra lancha chocó contra una peña y se escoró a ras de agua. Estuvimos a punto de zozobrar con toda nuestra carga, irrecuperable en aquel tramo tan hondo y caudaloso. Aún hoy lamento que el saco donde yo atesoraba mi arroz y mis frijoles, cayera al río; máxime porque allí mismo Lodi había depositado el aceite, sus condimentos y las invalorables latas de puré de tomate.

El saco viajaba sobre el piso de popa, cubierto con una tela impermeable; pero a pedido de Jeca, que tenía sueño y quería dormir una siesta, yo encaramé el saco sobre el asiento y me senté encima; y al inclinarse la lancha yo también caí al agua con saco y todo. La pérdida del arroz y los frijoles fue un golpe duro para nuestra economía doméstica; pero lo que Lodi y yo más lamentamos, fueron los frasquitos de condimentos, el aceite y el puré de tomate.

Pasado el susto, los dos nordestinos agradecieron a Dios que nos hubiese librado de una catástrofe mayor. La colisión contra la peña había desfigurado el eje de la embarcación, pero el casco se mantuvo intacto.

Supongo que deprimido por la pérdida de sus condimentos, Lodi durmió muchísimo durante el resto de la travesía hasta el segundo salto. A su edad, poseía la insólita capacidad de dormirse en cualquier momento del día o de la noche y por muchas horas. También resistía mucho la falta de sueño; y como compañero de aventuras, tenía el invalorable mérito de no quejarse jamás de nada.

Yo leía a ratos mis latines o la Biblia en griego, y como el nuevo piloto era un hombre huraño y de pocas palabras, conversé mucho con Jeca. Le pedí detalles sobre el trabajo en el garimpo, muy diferente por cierto del que yo me imaginara. No puedo reproducir con exactitud lo que Jeca me detallara, y prefiero remitirme a lo que muy pronto pude ver, y a mis deducciones personales.

El Tapajoz, a lo largo de todo su curso, arrastra oro desde sus nacientes en la Serra do Cachimbo; y lo arrastran también todos sus afluentes, hasta el arroyo más pequeño. El oro se deposita en la arena profunda de los lechos fluviales, según su anchura y calado.

Por eso, los lavaderos manuales se explotan en aguas llanas, que no excedan de unos treinta centímetros. A esa profundidad suele corresponder una anchura máxima de dos metros entre las orillas. Los garimpeiros, antes de escoger el sitio, exploran una amplia zona por donde fluyan mínimos cursos de agua, con un lecho arenoso delgado, de donde toman muestras con comodidad y rapidez.

Allí mismo lavan la arena del fondo. Mediante la rotación centrífuga del agua en sus bateas, a simple vista, estiman de inmediato cuánto oro esconde aquella arena. A veces, en un puñado de arena básica, la más profunda obtenida de un hilillo de agua que apenas rebasa los tobillos de un hombre y tiene una anchura de un metro, se descubren en el fondo de la batea sólo cuatro o cinco partículas de oro, del tamaño de un cristalito de sal fina, o de azúcar blanca refinada. Otros producen diez o doce, lo que ya es una arena productiva; y si alcanza veinte o más partículas, el garimpeiro se ha sacado una lotería. O no; porque el oro es falso y pérfido según los nordestinos, como algunas mujeres de nuestra América; así lo atestiguan tangos, boleros, bambucos y rancheras.

Continua...