Desde los blancos manicomios
Cira Romero
El escritor que pacta con el lector establece una aceptación mutua, crea una especie de familiaridad empática que se va más allá de las posibles circunstancias. Margarita Mateo, que conquistó con su novela Desde los blancos manicomios el Premio Alejo Carpentier en el año 2008 ha establecido esa alianza, comunión que, en tanto lectores, nos deja como aletargados, pues se trata, creo, de una obra cuyo personaje protagónico, Gelsomina –homenaje a Raúl Hernández Novás– ha visto realizadas sus peores y más lúcidas pesadillas en medio de las blancas paredes de un sanatorio para enfermos mentales. Novela de sostenida fidelidad a ese mundo y a un lenguaje espléndido, por momentos raigalmente cubano, casi de la calle, mantiene su tono muy peculiar, mostrando así la autonomía de sus raíces. Los materiales literarios que utiliza son graves –el gesto especulativo, la perspectiva simbólica, la palabra resolutiva, las suaves aliteraciones en busca de una atmósfera de movimiento un tanto barroco, pero destilado. Desde los blancos manicomios despega en su estructura cerrada y a la vez dinámica, la clave de la peculiar naturaleza del cuerpo textual donde radica el gesto especulativo, el paisaje interno de lo real como única expectativa posible, que se nos revela una y otra vez como latencia de una lectura clave mediante una serie de evocaciones a partir de las cuales se va construyendo la identidad de una loca, esa María Mercedes Pilar de la Concepción que adopta el nombre antes aludido, que se torna un personaje poético aún en su locura.
A lo largo de la novela las distintas voces que se dejan escuchar –Clitoreo, el hijo de la alienada; la madre de Gelsomina, identificada como la Marquesa Roja; otra hija de esta, María Estela, que desde el exilio miamense le escribe cartas a su hermana; el Suicida, voz omnipresente que aparece en determinados momentos del desarrollo argumental– se nos presentan muchas veces a través de un tono coloquial que intenta, paralelamente a la progresiva aproximación de las voces a la propia voz, eliminar la distancia entre la lengua hablada y la lengua literaria, condicionada esta última a no pocos momentos de intertextualidad que enriquecen el tejido narrativo de la obra, que se torna una parábola perturbadora, a veces poco reconfortante, a veces dolorosa, a veces risueña, de difícil y compleja penetración, pero donde la magia y el encanto de la historia narrada no ceden nunca su lugar, pues Maggie, como todos la conocemos, es siempre fiel a su escritura y no se separa jamás del camino trazado, impulso a veces inexplicable, pero que intenta recuperar zonas adyacentes a la naturaleza de su texto.
Hay en Desde los blancos manicomios una especie de geografía íntima que no es más que la búsqueda incesante de lo que hace el ser humano en su capacidad de autodestrucción, de recíproca destrucción y de angustia continuada. Sus personajes llegan al fondo de la desdicha sin adivinar que en este mundo no está su reino, que sólo al borde de la locura, o en la locura misma encontrarán la inocencia perdida o nunca poseída. Vivir es ejercer la perversión o, en el mejor de los casos, transitar por los caminos de la cobardía o de la indignidad, que no son precisamente los senderos por los que deambulan estos seres a veces inexplicables en su trascendencia, libres de una manera sui generis, pero atenazados siempre por una especie de magia salvaje que los coloca al borde del abismo espiritual.
Incursión extremadamente hermosa en el mundo de lo onírico pensado, su escritura no atraviesa meramente el tiempo, lo encarna, lo suspende y parece recobrarlo en un aliento pausado, en una especie de vagabundear por la duración de la intimidad sin tiempo. “Historia de sombra y luz”, se lee en la nota de contracubierta, y justo en esa antinomia se indica la dirección que toma la novela, que se suspende en el tiempo para seguir, paradójicamente, desplegando su vuelo que indica la dirección de lo que puede pensarse en una experiencia limítrofe del pensamiento y la palabra.
La “puesta en escena” de la obra se nos presenta como arte de límites (metonimias minimalistas), donde las imágenes-pensamientos se tornan auténticas máquinas de metamorfosis, para dar acogida también a lo que quisiera denominar pansexualización del verbo, especie de retórica del entendimiento joyceano, ese que siempre arrastra miles de problemas. La fusión de la naturaleza cuasi amorosa de Gelsomina con el humor que se desprende en no pocos momentos de la novela sostiene la liberación literaria de la autora en esa especie de laberinto apasionado que es su obra y en la cual se muestra jugando, como el Asterion borgiano, al otro, es, en el fondo, un retazo de auto(bio)grafía donde se aúnan un conjunto de huellas poéticas, de pesares en conflicto, y donde la tensión con respecto a la frontera es la sola garantía de la significación.
Pero con Desde los blanco manicomios un fondo apocalíptico, que es contexto de la utopía y su médula oculta, aparece y reaparece en un espacio a veces casi místico que se dispersa como energía intensa y tal vez incrédula, en un locus de oscilación, de ausencia y de alumbramiento que emana de las propias situaciones en las que el hablante, poseído de su discurso, lo va delineando como sus propias huellas, y, sin embargo, su rastro está infinitamente presente y es borrado al instante.
Las dimensiones de la intimidad son múltiples: libertad, refugio, expresión, el yo que se esconde en los múltiples rizos de la privacidad. Pero la intimidad y su espacio se construyen siempre sobre el contraste con otro mundo, el mundo exterior y público donde los otros objetivan con su mirada. De las oscilaciones del yo nos habla este libro. Las ambivalencias, las posibles reticencias, las perplejidades emergen desde el principio. Ni héroes ni heroínas transitan por esta novela, ni hombres ni mujeres mejores o peores, sino que sus páginas se dejan enmarañar en una cadena de huidas desesperadas y a veces grotescas, purgatorio e infierno, nunca paraíso, alucinadas y delirantes visiones construidas en medio del orden que es esta locura, una especie de misterio que esconde en su intimidad la esencia de la vida como elemento negativo, autodestructivo. Pero Gersomina se yergue frente al mar que siempre la rodeó, el mar que rodea su isla, las costas que son su propia vida. “Frente al mar, pues, porque su ruego va dirigido a las diosas de las aguas para que, con la fuerza de su amor, curen las heridas, laven las llagas y cierren los poros de la angustia”, son las últimas palabras de la voz autoral que cierra la página final del libro. Violencia de pasiones a la intemperie, atmósfera turbia, de angustia, un laberinto en que se confunden el monstruo encerrado, sus víctimas y los vengadores, y lo que queda no es una crónica de su acción, sino lo sentido en el instante en que Gersomina estaba en suspenso, a punto de ser.
Continua...
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