¿Una armazón de espuma para ágrafos?

Anele Arnautó Trillo

“Se aproximan páginas de fiestas. Carnavaladas. […] No habrá levedad, ni salidas elegantes; sí felices engaños, tartajeos”. Así introduce su libro Variaciones para ágrafos (Ediciones Unión, 2007) el escritor cubano Ernesto Pérez Chang (La Habana, 1971), quien ya ha publicado otros tres volúmenes de cuentos –Últimas fotos de mamá desnuda (2000), Historias de seda (2003) y Los fantasmas de Sade (2003)– y la novela Tus ojos frente a la nada están (2006), además de haber ganado concursos entre los que sobresale el Premio Iberoamericano de Cuento Julio Cortázar 2002.

Variaciones para ágrafos contiene cinco narraciones reestructuradas, cambiadas: “Te anuncio un libro dispar: historias breves e historias largas; historias repetidas, transformadas, vueltas a contar” –advierte–, en las que sobresale, como un logro singular, la creación de ambientes muy particulares, enrarecidos muchas veces, con una carga poética innegable. Entonces se percibe que una sugestiva atmósfera onírica envuelve a los personajes, sus conflictos psicológicos y sus curiosas circunstancias.

La naturaleza salvaje e instintiva de los seres humanos se pone de relieve en varias historias, por ejemplo, en el primer cuento (donde el personaje de Victoria Hugo está lleno de sueños que se estrellan contra una realidad de tristeza y soledad, amplificada por la barbarie colectiva de quienes antes eran aburridos y tranquilos vecinos); así como la perversidad, de ahí los juegos diabólicos entre dos jóvenes y el gordo asesino de “Otro jardín, un espejo”, y los descuartizamientos de “Un espejo de aguas levantiscas”. Además, en ocasiones se ahonda en los oscuros resortes de los sentimientos, en esas ideas que pueden pensarse, pero no suelen decirse, como el asco del hijo hacia su padre moribundo en “Las moscas no van al cielo”.

Los personajes retorcidos le conceden a sus historias momentos de suspenso, de terror, de asombro… Toda una gama de sensaciones difíciles de encontrar en la literatura cubana actual.

Este libro no siempre refleja los momentos de nuestra cotidianidad: no le hace falta, trabaja con temas universales y a veces atemporales. Maneja el azar y el absurdo en un constante juego con el lector, lo sorprende con lo extraño pero posible, bordea los límites de la verosimilitud con un admirable desenfado, sin descuidar ningún elemento relevante: “¿Vivirás en el engaño si detrás del blanco y negro creyeras ver una cara que se regodea en la bigardía? Te confieso que alguien desea sobrevivirse a sí mismo contando historias con tramoyas y decorados de chascarrillos y farsa, pero no se ríe sino miente”, dice en otro lugar.

Uno de los personajes mejor delineados es el de Victoria Hugo, muchacha poco agraciada, pero soñadora, agobiada por el calor del Trópico, joven y ambiciosa, a su manera intelectual. Tiene un conflicto: sueña con un apartamento lujoso en una megalópolis del primer mundo. Necesita alejarse espacial y psicológicamente de la tranquilidad y el transcurrir-sin-pasar-nada cotidiano, de una vida que le reserva simplezas, al lado de unos familiares nada emocionantes –una insípida madre, una hermana muda y paralítica y el recuerdo de un padre muerto por atragantarse con un hueso de pollo–. Para escapar de su situación debe escribir una novela, un verdadero best-seller, pero necesita experiencias reales para plasmarlas y sale a buscarlas…

Reflexiones sobre el uso rebuscado del lenguaje y sobre falsas erudiciones rodean y nutren el universo creado en “Otro jardín, un espejo”. Un lenguaje nada inocente; culpable, sí: engañador. Palabras que envuelven y embrujan, intentando atrapar y seducir: “Toda mi vida ha sido una batalla contra el embrujamiento de la inteligencia por el lenguaje. Nunca he podido vencerlo…”. La víctima: un muchacho. El seductor: un viejo gordo y setentón, llamado “Asesino” por el narrador de la historia. La testigo: la joven Rose. El señuelo: la avaricia y el misterio de un espejo de humo. Todo un juego armado para desarrollar un curioso relato donde la perversidad le guiña un ojo a los personajes y al lector...

Narrado en primera persona, para revelar mejor los vericuetos de los pensamientos del protagonista, el cuento “Las moscas no van al cielo” muestra una situación que puede acontecerle a cualquiera: el ingreso en un hospital de un familiar moribundo, en este caso el padre; así como todas las ideas y sensaciones que este suceso desencadena. El hijo asume una posición realista y práctica, a ratos exenta de sentimientos filiales, sin sentimentalismos ni cariño; sí con asco y cierto desdén hacia lo que ha quedado del padre, hacia las moscas y las heridas, con miedo al contagio. La madre, por su parte, reacciona haciendo lo que considera debe hacerse, monta su actuación –basada en los códigos aprendidos de antaño del Deber Ser femenino, en sus principios y hasta, ¿por qué no?, en El Qué Dirán que tanto nos preocupa–, quizás para suplir los faltantes del pasado. Esta relación tirante y triste entre madre e hijo va develando parte de sus vidas y las formas personales de sentir y asumir un problema tan delicado.

“El inmóvil”, una pieza mínima, está narrada en primera persona, el protagonista, esta vez para explorar los pensamientos de un enfermo mental que se siente en peligro, acosado por su madre, padre, hermanos y el médico. El loco acude a la inmovilidad y al no dormir como recursos para enfrentarse a sus supuestos adversarios –todos los que lo rodean– y así poder vencerlos: “Si descuido esta vigilia o me abandono al sueño, sé que leerán mi mente, destruirán mis planes, cerrarán el cerco, caerán sobre mí como aves de rapiña, por eso decidí alguna vez transformarme en una planta ornamental, no moverme de este sillón”, dice.

El relato más largo del libro es “Un espejo de aguas levantiscas”: “una novela que he decidido recortar para su mejor digestión”, y creo que el mejor logrado también, porque contiene numerosos ingredientes de esos que consiguen mantener en vilo hasta al lector más distraído y escurridizo –acción, suspenso, asesinatos, crueldad, huidas y persecuciones sin fin, sexo, traiciones, espionaje, atentados, secuestros, misterios; un constante juego con la casualidad, el imprevisto, el asombro, la maldad y mucho más–, con una trama que narra, con agilidad y destreza, la vida siniestra y azarosa de una mujer a la vez miembro y víctima de un grupo anarquista y terrorista: “El Dédalo Hiperbóreo”, durante la primera mitad del siglo XX en Europa y los Estados Unidos, escenarios de guerras y crímenes.

De modo que Pérez Chang nos ha regalado con este volumen, premiado por la Crítica en el año 2008, un libro lúdico y delicioso que muy lejos está de ser “una armazón de espuma” para aquellos lectores que buscan mares de páginas por leer, disfrutar y atesorar…

Continua...