El Guardián

Yoss

José Miguel Sánchez Gómez (Yoss). Nacido en Ciudad de La Habana,en 1969. Narrador y crítico. Autor de obras de ciencia ficción. Entre otros libros ha publicado Timshel, Los pecios y los naúfragos, Precio justo, Se alquila un planeta, Al final de la senda y Pluma de león. Ha obtenido reconocimientos como los Premios David, Pinos Nuevos, Luis Rogelio Nogueras y Calendario.

Quien está dispuesto a arriesgar su vida por una causa, suele luego estar dispuesto a sacrificar la vida de otros en nombre de lo mismo.Y es sólo ese pequeño paso el que separa al héroe del tirano.
Anónimo Chino

Dicen que todo ocurrió así... Pero nadie sabe a ciencia cierta, dónde, ni siquiera cuando.

En lontananza, un suave resplandor. Pero no son truenos, pese a que empieza a batir la tormenta. Las líquidas hebras de una fina lluvia se entretejen con las del viento y la noche en una empapada,fría mortaja de oscuridad en torno a la torre, que sólo rasga de cuando en cuando la raíz de fuego de algún relámpago.Pero dentro está seco y caliente. A la luz de un buen fuego,ajeno a las inclemencias del exterior, el viejo mago repasa por enésima vez sus antiguos tratados, inmerso en su propio mundo de hechizos y conjuros impronunciables. Hasta que rompe su concentración aquel toque tímido y a la vez perentorio.

La puerta se abre chirriando sobre sus vetustos goznes, pero nada más sucede durante un largo, helado instante.-Vecinos,sean bienvenidos.Pasen, pasen, que la noche es fría- pronuncia al fin el nigromante al ver que el pequeño grupo de campesinos armados permanece en el umbral,decididos pero aún dudando.Son gente sencilla, y sabe que les disgusta tratar con lo que no comprenden. La mirada del anciano brujo, profunda e irónica, pero curiosamente bondadosa, detalla veloz los pobres harapos y los brazos fuertes de hombres hechos más al trabajo que a la palabra.También los rostros tiznados de hollín,las vendas ensangrentadas y los miembros aún rígidos. Y los dos o tres pollos lamentables y el famélico cordero. Todo empapado.

Entonces sus ojos van más allá,y al captar el distante resplandor que la lluvia misericordiosa ya sofoca tras los montes, comprenda sin que nadie tenga que contársela la tragedia del combate, el incendio y el saqueo.Una historia común en aquel sitio,en aquel momento.

Pero aún busca la confirmación en unos ojos que no enfrentan sus pupilas, sino que miran al suelo,como avergonzados.Al fin,se detiene en una faz más familiar...cuyo único ojo no baja la vista. El viejo duda de su memoria. Está seguro de que tenía dos... Mira con más atención. En efecto, la venda que ahora cubre la cuenca ocular derecha está ennegrecida,y no solo del hollín y la lluvia.Esos cuajarones sólo pueden ser...

-¿Otra vez los bandidos, Korag? -le pregunta simplemente al tuerto, el hombre alto y fornido que guía a los sobrevivientes, el único que, aunque herrumbrosa y rica en mellas, empuña espada y no hacha de leñador, guadaña o lanza improvisada.

-Sí, ayer... esta vez me escucharon y luchamos, pero fue peor, oh Arlt El Impredecible - el antiguo mercenario pronuncia el nombre con respeto, y luego añade,casi como disculpándose mientras se acaricia la órbita vacía a través del parche sanguinolento-. No sólo se perdió mi ojo, mago, ni las casas y cosechas. Esta vez murieron muchos. No saben pelear, no son soldados,por eso pensé que tal vez tú...en nombre de nuestra antigua amistad.

-¿Podría transformarlos en guerreros invencibles? -ríe el mago- Ah, Korag, soy poderoso, pero no un dios. Convertir a unos torpes destripaterrones en invencibles paladines es demasiado hasta para mí. Y sí... una vez me salvaste la vida y tengo una deuda contigo -su ceño hirsuto se frunce, pensativo y su mano se alza- Pero mejor guarden ese triste cordero y esos pobres pollos. El hambre de sus mujeres e hijos los necesita más que yo. Sí, creo que hay una cosa que puedo hacer...aunque tal vez no debería... -y hurga unos momentos en las páginas del enorme volumen en el que se hallaba enfrascado antes de la nocturna interrupción.

De súbito, a un gesto del Impredecible (de quien comentaban muchos en la aldea que era más antiguo que las montañas y que el diablo, si es que no era él el Mismísimo Maligno) las llamas del hogar se alzan como olas,y sus reflejos encienden chispas rojas en los pechos de los atónitos campesinos. La voz profunda del anciano nigromante resuena con las cavernosas reverberaciones de arcanos conjuros.

-Anac Nafrac Yuglien Nephel... ¿Qué es morir, sino ver separada el alma del cuerpo? Kyril Josthah Nabul Quesler... ¿Puede morir acaso aquel cuya alma no está encerrada en el cofre de su corazón?

Ibor Myfryn Jafur Hozgan...¿Y no es entonces invulnerable quien conozca tal secreto? Hytar Ncynykl Felgyr Naybar...

Todas las chispas rojas abandonan los asombrados pechos para unirse, junto con otras muchas llegadas desde fuera, en un tremendo, único fulgor. Que flota, fuego por encima del fuego, girando sobre la ondulante hoguera... hasta que las llamas parecen marchitarse como agotadas y el mismo resplandor encogerse y endurecerse.Los dedos sarmentosos del mago lo atrapan entonces con un ademán rápido de ave de presa, para depositarlo en la mano abierta de Korag.

Sobre la palma ancha y llena de cicatrices del campesino que un día fuera soldado hay un enorme rubí sin tallar ante cuyo sanguinolento refulgir se abren todas las bocas de sus coterráneos. Tan grande como un corazón humano, tan hermoso como su latir. Sí, porque hasta parece latir, como si estuviera vi...

-Hecho está -se deja oír de nuevo la voz del nigromante, aunque ahora, por más que la buscan por cada rincón, no alcanzan a individuar su encorvada, inconfundible silueta -La magia ha hecho su parte. Ahora las almas de la aldea, hombres y mujeres, están todas atrapadas en la gema. Mientras la custodien bien, por torpes que sean manejando las armas, ninguna herida podrá matarlos, ninguna enfermedad debilitarlos. Pero aún algo que deben hacer los hombres. Cuidado,Korag, si has de ser tú quien vigile la joya... te lo advierto: no alejes nunca el rubí del calor de tus manos, o podrán padecer frío. No cierres tus dedos en torno a él con demasiada fuerza, o una extraña opresión les atenazará el pecho. No hundas la piedra en agua, o el ahogo les morderá los pulmones. Se justo, se digno, se fuerte... desde ahora eres el guardián de tu aldea -y luego no se escucharon más que el viento y la lluvia.

Los campesinos regresan a las ruinas de su villa, sobrecogidos.El mágico rubí, rústica y apresuradamente atado con una tira de cuero,pende del cuello de Korag, oculto de la intemperie bajo su harapienta y sucia camisa. La lluvia se torna aguacero, pero ninguno se resfría siquiera. Y en los días siguientes algunos ya notan que ocurren cosas raras. Como que Kuno, el hijo del molinero, que debería haber perecido aplastado bajo las muelas de piedra su carreta volcada,se levanta ileso.O que en la mano de Ygraida,la tejedora,no queda ninguna huella de la lanzadera con que se la atravesara en un momento de descuido.

A la luna siguiente, cuando ni siquiera han reconstruido los graneros,una nueva horda de asaltantes cae cabalgando sobre el pueblo,atraída por su fama de presa fácil. Muchos aldeanos ni siquiera intentan huir, desalentados ante un destino que parece inevitable...al menos si no hacen resistencia podrán conservar la vida. Pero, con la decisión que da la desesperación, unos pocos hombres encuentran fuerzas para salirles al paso a los malhechores. A pie, de nuevo capitaneados por Korag, su vieja espada en la mano derecha, la izquierda fuertemente aferrada en un puño protegido por varias vueltas de cuero barnizado.

Los despiadados bandoleros ríen al verlos acercarse. Será hasta entretenido,como un juego ¿Qué pueden hacer unas pocas hachas y guadañas en aquellas manos sólo habituadas al trabajo frente a casi treinta jinetes con espadas y lanzas bien manejadas por brazos entrenadas para la muerte?

Pero su risa se troca en llanto cuando descubren que la muerte parece por completo ajena a aquellos torpes labradores. Parece imposible, pero no mueren.Se niegan a caer bajo sus golpes. Sí, las flechas y lanzas penetran sus cuerpos, las espadas y cimitarras cercenan sus miembros una y otra vez, como debe ser...Pero todo es en vano.La carne agujereada se cierra al instante, los brazos, piernas y cabezas amputados se alzan solos para reunirse con sus cuerpos y soldarse de nuevo.Y cuando los torpes pero resueltos golpes de rastrillos y guadañas empiezan a derribar a los soberbios jinetes de sus monturas, el pánico a lo monstruoso inexplicable se ceba en sus fieros corazones y pone alas en los ijares de sus corceles cuando buscan la salvación en la fuga gritando "¡Brujería,brujería!" Los aldeanos,aún escépticos de su buena suerte, vitorean a Korag, tan asombrado como ellos, que declina todo mérito señalando a la distante torre del nigromante, verdadero artífice del mágico triunfo.Y allá lejos, las apergaminadas facciones de Arlt El Impredecible se relajan en una amplia sonrisa.

En las semanas siguientes, pese a su creciente fama de hechizado,otras tres bandas nómadas atacan el poblado:sus graneros reconstruidos,aunque sólo a medio llenar,empiezan a ser todo un tesoro en una región ya mil veces asolada por impuestos, plagas y saqueadores.

La historia se repite. De los dos primeros grupos también logran escapar algunos sobrevivientes, heridos y aullando de puro terror, pero del tercero, el del tristemente célebre Dardag El Implacable, que ya asolara la aldea en dos ocasiones anteriores, no queda ni uno.Siempre guiados por Korag, el rubí al cuello o bien sujeto en su mano, y seguros ya de su mágica invulnerabilidad y cada más duchos en las antes ignoradas artes de la guerra, el poblado entero, incluidas mujeres y niños, les tiende una hábil emboscada para caer sobre ellos por sorpresa.

Continua...