El pacto

Charo Guerra

Entre los libros publicados especialmente en celebración del 50 Aniversario del triunfo de la Revolución, figura Espacios en la Isla, selección del cuento femenino en Cuba, realizada por la escritora Marilyn Bobes y publicada por la Editorial Letras Cubanas. Uno de los relatos que incluye, "El pacto" de Charo Guerra, lo ofrecemos a nuestros lectores.

Charo Guerra (Limonar, Matanzas, 1962) ha publicado Un sitio bajo el cielo (Ediciones Matanzas,1991), Los inocentes (Ediciones Vigía, 1993) y Vámonos a Icaria (Letras Cubanas, 1998), que obtuvo el Premio Pinos Nuevos 1997. En el año 2001, ganó el Premio Dador con el proyecto de libro, aún inédito, "El bazar de las cosas perdidas", y una beca de literatura de Cuban Artists Fund 2005, con el proyecto del libro Pasajes de la vida breve al cual pertenece este cuento.

Hubiera querido compartir esta escritura de exorcismo con mis amigos, los protagonistas, pero sólo les escribo cartas anodinas y ellos responden puntuales, transidos de ese espíritu. Samuel, el bello, me cuenta de su vida en Nueva York. Lucio y Roly de sus familias, el tedio dominical del pueblo, el campeonato de dominó, las partidas congeladas de ajedrez. Frank no dice casi nada, el suyo parece el discurso de un autista. Y T., más atrevida, se burla de todo cuanto existe improvisando una de sus crueles ocurrencias: "Nuestro hijo es alto como Samuel, rubio como Lucio, tímido como Roly, aplicado en las ciencias como Frank, y obsesivo como tú".

Quería escribir

La escuela era un paraíso con palmeras. Las piedras impolutas, lavadas por el río, abrían el camino y dejaban los mensajes: esculturas para la conciencia que iniciaban su canto con un signo de admiración y sucesivos vivas. Los mármoles brillantes de los pasillos anchos, el fondo imponente del teatro, paneles estáticos, las fachadas azules como el uniforme. Laboratorios de pura alquimia, y una canción donde la escuela te acogía, te recibía, te esperaba. Buzones donde los amigos y la familia daban fe de su ocio en cartas extensísimas para contar la abulia de lunes a domingo y de domingo a jueves, víspera del retorno donde, inevitablemente, los sucesos serían repetidos -y acogidos- como novedades. Fragancia de naranjas, árboles donde nos apartábamos para el banquete colectivo.

Habíamos salido airosos en una protesta de estudiantes, una carta inocente dirigida al buzón del periódico tomada como la idea hostil y manipuladora de un adulto: el hombre siempre enjuiciado con dureza entre dos bandos, por su ambigüedad política. Los investigadores querían saber de dónde salían tan acerbas críticas al Estado. Los siguientes días de pánico se resolvieron con el otorgamiento de méritos a la mayoría del grupo, a los más combativos. Excepto a T., la hija del presumible "doble agente", también llamado "el traidor".

Días antes T. había escrito en mi libreta de aforismos: "La vida es un derecho, no una limosna". Lo encontró en una película, me dijo, pero desde ese día era una frase suya. Y la copió para mí con su letra perfecta. Y yo pasaba mis dedos por la frase con temor.Y la frase se apegaba a mis dedos, queriendo mezclarse con mi sangre, algo que nunca permití. Después del incidente, el grupo estaba dividido: T. no tenía credencial política, y tampoco la quería. Su padre era mirado con desconfianza.Y ella se fue alejando de nosotros, y nosotros admitiendo su lejanía como un derecho.

Las noches de la escuela-paraíso eran impredecibles: podía gestarse una batalla infernal, una escena de combate contra molinos de viento, persecuciones a los fantasmas, gatos resbaladizos que pretendían hacer fracasar lo que llamaban el sistema. Confusiones en el profundo silencio de la noche, terror a los espacios muertos que formaban -y repetían- una ele entre hileras de camas enfrentadas. Histeria. En ese espacio donde se ubicaban también las dos o tres columnas intermedias de aquel gran salón, dormían las maletas de madera cargadas de comidas, unas sobre otras, intentando inútilmente rellenar el horror vacui. Sobre ellas, en la madrugada, T. preparaba un recital que terminaba con su canción preferida "Hotel California". Se envolvía el cuerpo en una sábana blanca y cantaba. La ele perdía su severidad cuando T. concluía el espectáculo dejando que cayera su atuendo improvisado para mostrar la graciosa ropa interior que le hacía la madre, guiándose todavía por los modelos de las revistas de los años 50.

El pacto fue su idea. Nos veríamos a las diez y media de la noche, en la turbina más cercana, dijo. Si en el futuro íbamos a continuar nuestra amistad, deberíamos tener ya una fecha memorable en el presente. Un pacto. Un antes cuando se pretende tener un después. Ella explicaría la ceremonia. Se elegía líder y aceptamos; de ese modo T. se reconciliaba con nuestro grupo.

Nos internamos más allá del campo de naranjas. Cortarnos con espinas la línea de la vida. Raspar un poco de esa sangre y unirla en un tubo de ensayo que luego enterramos detrás de una cortina de viento. "De ahí nacerá el Frankestein que asustará a los alumnos de los cursos siguientes", dijo Samuel, el bello, y T. censuró, como otras veces, su desfachatez. Ahora seríamos amigos para siempre. Todo quedaba insignificante al lado de la unión que estábamos sellando. Bajo la luz de una linterna, T. improvisó un acto similar al del "Hotel California", sin la canción. Apropiándose, y modificando un texto de una logia masónica, dijo: "Lo que veamos aquí, lo que digamos aquí, lo que hagamos aquí, cuando nos vayamos de aquí, dejemos que se quede aquí". El aquí último no era el campo, sino el corazón, el centro de su pecho desnudo. La noche era muy larga, oscura y silenciosa. No recuerdo otros ceremoniales, ¿los hubo? En todo caso los detalles son lo menos importante de esta historia. ¿O es que en realidad todo quedó allí, en el campo, en el corazón de T.?

Las baterías de las linternas dejaron de alumbrar. Al cerrarse la noche, después de compartir una botella de vino, nos juntamos en la tierra, de modo que si despertábamos con una pesadilla pudiéramos contarnos. Así amanecimos. "In fraganti", dijo el director a nuestros padres. "Cuatro varones y dos hembras de jolgorio, juntos la noche entera..." Fuimos interrogados. En la entrevista nos halagaban, tendían trampas para que nos acusáramos los unos a los otros, sobre todo a T. que era rebelde, irreverente, "capaz de cualquier cosa". Querían un culpable y nadie señaló quién era. "Fuenteovejuna", bromeaba T.

"Confía en mí, decía la subdirectora a cada uno, por separado", pero ninguno habló. Unas horas más tarde nuestros padres esperaban en el salón. Fuimos separados de la escuela "por indisciplina grave", informó en el matutino el profesor que emprendió la cacería. Lo dijo con el mismo matiz de la frase "aquejado de una penosa enfermedad". (Un mes más tarde mi familia y yo nos fuimos del país.)

Samuel, Frank, Lucio y Roly siguieron cada uno en sus escuelas: escuelas de castigo.Yo aprendí desde ese día en carne propia lo que significaba ser traidor. T. no regresó nunca más ni a ésta ni a otra escuela. Iba a tener un hijo. No supe cómo fue tomada aquella noticia. Creo que durante mucho tiempo al menos tres de los varones del grupo y yo -¿o dos?, ¿o uno solo, y yo?, ¿o sólo yo?, ¿o incluso todos, menos T.?- nos hemos preguntado si aquella noche sucedió algo más de lo que recordamos. En mis cartas no me atrevo a mencionar el tema, pero me gustaría saber si también sobre ellos pesa tanto el juramento de la logia masónica.