Los
detectives
salvajes
Roberto Bolaño
Roberto Bolaño (Chile, 1953-2003) es considerado
por escritores, críticos y lectores
como uno de los narradores imprescindibles
de nuestro tiempo. Entre sus libros destacan
Entre paréntesis (ensayo); Llamadas telefónicas,
Putas asesinas y El gaucho insufrible(cuentos); y las novelas Estrella distante,
Amuleto, Monsiur pain, Nocturno de chile,
Amberes y Los detectives salvajes, con la que
obtuvo en 1998 el Premio Rómulo Gallegos.
De esta última publicamos un fragmento.
El inicio de la cena fue extraordinario.
Quim se levantó y dijo que quería brindar por
alguien. Yo supuse que sería por su mujer, que
dada la situación en que se encontraba daba
pruebas de una entereza fuera de lo corriente,
pero el brindis fue ¡para mí! Habló de mi edad y
de mis poemas, recordó mi amistad con sus hijas
(cuando dijo esto miró fijamente al padre de
Laura Damián, que asintió) y mi amistad con él,
nuestras conversaciones, nuestros encuentros
inesperados por las calles del DF, y finalizó su
alocución, que en realidad fue breve aunque a
mí me pareció eterna, pidiéndome, ya directamente
a la cara, que cuando creciera y fuera un
ciudadano adulto y responsable no lo juzgara
con excesiva severidad. Al callarse, yo estaba
rojo de vergüenza.María, Angélica y Lupe aplaudieron.
Los pintores despistados también.
Jorgito se metió debajo de la mesa y nadie pareció
notarlo. La señora Font, a quien miré de
reojo, parecía tan apenada como yo.
Pese a su inicio bullicioso, la cena de noche
vieja fue más bien triste y silenciosa. La señora
Font y su hermana se dedicaron a servir los platos,
María apenas probó la comida, Angélica se
sumió en un silencio más lánguido que hosco,
Quim y el padre de Laura Damián a veces prestaban
atención al arquitecto, que se dedicó a reñir
con suavidad a Quim, pero por lo general se
mantenían en una actitud distante; los dos pintores
sólo conversaron entre sí y de vez en cuando
con el padre de Laura Damián, que al parecer
también coleccionaba obras de arte, y María y
Lupe, que al inicio de la cena parecían las más
dispuestas a pasárselo bien, terminaron levantándose
para ayudar a las mujeres que servían la
mesa y al final desaparecieron en la cocina. Así
pasa la gloria del mundo, me dijo Quim desde el
otro extremo de la mesa.
Entonces tocaron el timbre y todos dimos un
salto. María y Lupe asomaron sus cabezas desde
la cocina.
-Que alguien abra -dijo Quim, pero nadie se
movió de su lugar.
Fui yo quien se levantó.
El jardín estaba oscuro y tras la verja distinguí dos
siluetas. Pensé que eran Alberto y su policía.
Irracionalmente me sentí con ganas de pelear y hacia
ellos encaminé resueltamente mis pasos. Al acercarme
un poco más, sin embargo, descubrí que quienes estaban
allí eran Ulises Lima y Arturo Belano. No dijeron a qué
venían. No se sorprendieron de verme. Recuerdo que
pensé: ¡salvados!
Había comida de sobra y Ulises y Arturo fueron sentados
a la mesa y la señora Font les sirvió la cena mientras
los demás tomaban el postre o conversaban. Cuando terminaron
de comer, Quim se los llevó a su estudio. El padre
de Laura Damián no tardó en seguirlos.
Poco después Quim se asomó por la puerta entreabierta
y llamó a Lupe. Los que estábamos en la sala parecíamos
asistir a un funeral. María me dijo que la siguiera al
patio. Habló conmigo un tiempo que me pareció prolongado
pero que no debió de dilatarse más de cinco minutos.
Esto es una trampa, me dijo. Después los dos entramos
en el estudio de su padre.
Sorprendentemente, quien llevaba la voz cantante era Álvaro Damián. Se había sentado en la silla de Quim
(este permanecía de pie en un rincón) y firmaba varios
cheques al portador. Belano y Lima sonreían. Lupe parecía
preocupada, pero resignada. María le preguntó al
padre de Laura Damián qué se traían. El padre de Laura
Damián levantó la mirada de su chequera y dijo que
había que solucionar el asunto de Lupe a la brevedad
posible.
-Me voy al norte, mana -dijo Lupe.
-¿Cómo? -dijo María.
-Aquí, con estos, en el carro de tu papá.
No tardé en comprender que Quim y el padre de Laura
Damián habían convencido a mis amigos para que, fueran
a donde fueran, se llevaran a Lupe con ellos y rompieran
de esa manera el cerco de la casa.
Lo que más me sorprendió fue que Quim les prestara el
Impala, eso sí que no me lo esperaba.
Cuando salimos de la habitación Lupe y María se fueron
a hacer la maleta. Las seguí. La maleta de Lupe iba casi
vacía pues en la faga del hotel había olvidado gran parte
de su ropa.
Cuando dieron las doce en la tele todos nos abrazamos.
María, Angélica, Jorgito, Quim, la señora Font, su hermana,
el padre de Laura Damián, el arquitecto, los pintores, la
prima de Quim, Arturo Belano, Ulises Lima, Lupe y yo.
Hubo un momento en que ya nadie sabía a quién estaba
abrazando o si los abrazos se repetían.
Continua...
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