Agujeros

Raúl Flores Iriarte

Raúl Flores Iriarte (La Habana, 1977) ha obtenido numerosos reconocimientos como narrador. Entre sus libros publicados se encuentran El lado oscuro de la luna (2000), El hombre que vendió el mundo (2001), Bronceado de luna (2003), Días de lluvia(2004), Rayo de luz (2005), Balada de Jeannette (2007) y La carne luminosa de los gigantes (2008).

Estoy listo.
Listo para cualquier cosa.
Listo para la guerra, listo para los gases tóxicos.
Listo para las delicias de la carne.
Para tremolar como las cuerdas de una guitarra.
Para delirar y saltar como un títere.
Estoy listo.
Hasta para hablar de Proust estoy listo.
Dice Adriana que todos los que hablan de Proust son esnobistas.
(Mejor dicho, dice Adriana que quienes encuentran a Proust entretenido y así lo comentan en voz alta, son snobs.)
Yo estoy haciendo eso ahora mismo. Ser snob. En alta voz.
Pero Adriana, sólo quiero que sepas que busco impresionar a esta chica.
Eso no me convierte en snob. Eso sólo me convierte en un oportunista.
Pero eso no me importa mucho.
No me importa demasiado.
Estoy listo para que me llamen snob.
También estoy listo para que me llamen oportunista.
Estoy listo para cualquier cosa que quieran decirme.
Pero lo único que quieren decirme ahora es que Proust es taaan arrebatador.
Proust es devastante.
Es la mejor solución para el aburrimiento, la pastilla perfecta para una noche aburrida de sábado.
Según Adriana, esta chica es una snob.
La chica se llama Carly. Como Carly Simon, la famosa cantante de pop.
Esa que canta You´re so vain, you probably think this song is about you.
Así que, según Adriana, Carly (no la Simon, sino esta de aquí) es una snob.
Y si a Carly Simon le gustara Proust y así lo dijera en voz alta (Dios no lo quiera) también sería una snob.
De todas formas, me da igual.
Estoy listo para llamar snob a Carly.
Estoy listo para llamar snob a Steven Spielberg, si Spielberg llegara a aparecerse por aquí.
Por eso asiento y digo con cara de intelectual acérrimo que Marcel Proust es lo mejor de este mundo y del siguiente.
Proust es lo máximo.
Ella sonríe y dice que sí.
Yo, la verdad, nunca me he leído ningún libro de Proust, pero ella tiene ojos hermosos, pechos de maravilla y cara de muñequita rusa.
Yo, la verdad, solamente conozco a Proust de oídas, pero ante un par de ojos así soy capaz de hacer cualquier cosa.
Podría decir: los Beatles son formidablemente aburridos.
Podría decir: Proust es el mejor escritor del mundo.
Así estoy yo esta noche.
Así de snob.
Así de oportunista.
Así de listo.
Hemos venido a un concierto de Polito Ibáñez. Un concierto acústico, privado, gratis.
Polito va a presentar las canciones de su disco nuevo para un público selecto.
Polito se va a enfrentar a ese público selecto con la fuerza de su guitarra acústica, su voz acústica, su aroma de jazmín acústico.
A ella la han invitado. Ella es selecta. Ella es privada. Ella es acústica.
Yo no. Yo he entrado sin ser advertido. Sé como hacer las cosas, pero eso no me convierte en selecto.
No debería ser parte de este público escogido.
Aunque ella no tiene por qué saberlo. Ella no tiene por qué saber que no soy selecto.
Si lo supiera se horrorizaría.
Abriría los ojos bien grandes y quizás dejaría escapar un gritito de sorpresa. Dejaría de ser muñequita rusa y se transformaría en estatua de hielo.
Ella no tiene que saberlo.
Llevamos media hora esperando por Polito y ella dice, Todos los artistas se hacen esperar.
Lleva dos cámaras colgadas en el cuello.
Eres periodista ¿no?, le pregunto.
Ella dice que no. Señala las cámaras: ¿Lo dices por esto?
Yo asiento. Ella explica. Polito en persona le pidió que le hiciera unas fotografías promocionales. Por eso está ella aquí.
Porque Polito se lo pidió.
En persona.
Han estado poniendo música incidental desde que llegamos. Música para elevadores. Foreigner con I want to know what love is, Queen con The show must go on, Beatles con In my life. Todo muy dulce, interpretado con violines y coros angelicales.
En el momento que Polito llega está Phil Collins con Take a look at me now. Entra sonriendo y yo pienso que a lo mejor va y a él le gusta Phil Collins.
A lo mejor no, pero yo creo que sí.
Llega por la puerta trasera, guitarra al hombro y se dedica a saludar conocidos.
La saluda a ella. A mí me dedica una mirada confundida. ¿Te conoceré de alguna parte?, parecen decir sus ojos y yo le estrecho la mano con efusividad.
Polito, mi hermano del alma, dicen mis ojos, también con efusividad y tierna alegría, claro que me conoces, amigo.
Así de listos son mis ojos esta noche.
Después él toma la guitarra y se lanza a tocar sus canciones.
Gente común o a la moda.
Recuento.
Odettemanía.
Somos números.
Canciones, muchas canciones.
Ella va hasta el escenario y toma fotos con una cámara. Después se aleja y toma fotos con la otra.
Polito toca dos horas y después hace como si se fuera, pero no se va. Vuelve y toca Aroma de jazmín. Todos aplauden y gritan que toque otra. Él se hace de rogar, toca Doble juego y ese es el fin.
Vuelven a poner música grabada. Pero esta vez nada dulce. La música de elevador se ha terminado, o quizás el dueño ha tenido que llevarse el cd.
Ahora ponen Nirvana, con Smells like teen spirit.
Ella mueve la cabeza al compás de la música.
Es una de las mejores canciones que jamás se han hecho, ¿sabes cómo se llamaba originalmente?, I hate myself and I wanna die, dice y después traduce, Me odio a mí mismo y quisiera morir. ¿No te parece profético? Kurt Cobain escribió eso y tres años más tarde se suicidó.
No me parece extraño. Me parece irónico. Cobain no estaba listo.
Esa noche, cuando tomó el revólver entre sus manos febriles, no estaba listo.
O quizás sí.
Quizás estaba demasiado listo, por eso respiró una, dos, tres veces, y se metió un pedazo de plomo entre los ojos.
Todo lo que hallaron fue una nota de suicidio, un par de canciones a medio terminar y el suelo lleno de sangre. A la mañana siguiente salieron las fotos en los periódicos, pero creo que nada de eso es importante ahora.
Sólo hay una cosa importante y esa es la idea de irnos.
No somos los únicos. Todos los demás han estado pensando en lo mismo.
Todos los demás se han levantado de sus asientos.
Nosotros también nos levantamos, nos insertamos en la corriente general de cuerpos que abandonan el local y salimos a la calle.
La luna afuera es accesorio de tocador para el cielo oscuro.
Las estrellas parecen llover.
Las nubes son espuma de mar.
Mar embravecido.
Tengo que revelar las fotos, dice ella, así que tengo que llamar a esta amiga mía que tiene laboratorio en la casa.
Yo le sonrío.
Estoy listo para sonreír.
Listo para cualquier cosa.
Listo para todo.
Llegamos a un teléfono público. Ella marca los números y habla bajito. Después cuelga.
¿Quieres ir conmigo a revelar las fotografías?, me pregunta.
Yo le digo que sí, de forma convincente y sincera. Esta noche soy convincente, estoy listo para ser convincente y sincero.
Un tipo convincente. El más sincero del mundo. Ese soy yo.
Su amiga vive en un apartamento en una esquina lejana de la ciudad. Un apartamento bonito.
Tiene unos cuantos posters en la pared. John Lennon con las gafas oscuras y el pulóver de New York City, los Guns n Roses. Nickelback. Pearl Jam. Lleva aún sueño en los párpados cuando nos abre la puerta. ¿Cómo puedes estar durmiendo a estas horas?, pregunta extrañada Carly. No estaba durmiendo, dice la otra chica. No mientas, te va a crecer tres centímetros la nariz, dice Carly y la besa en la nariz, quizás para evitar que le crezca tres centímetros.
La chica se deja besar en la nariz y después besa a Carly una vez. En la boca.
Carly se pierde en las profundidades de la casa. Detrás de la puerta con Lennon sonriente y el t-shirt de New York City (¿Qué pasa, New York? ¿Qué pasa, New York? hey, hey).
La otra se queda en la sala. Lleva sueño en sus ojos de geisha sin maquillaje y una bata de seda azul pálido sobre su pequeño cuerpo. No sé por qué, recuerdo a Bukowski (¿Has besado alguna vez a una pantera?).
Me sonríe y dice que su nombre es Mónica. Yo también le sonrío. Esta noche estoy listo para sonreír.
Se sienta en un sofá y me dice Siéntate a mi lado, La mente es el ojo de la noche.
¿Qué has dicho?, le pregunto y sé que va a decir que es de Lennon o de Dylan, o quizás me diga que es suyo.
Mónica, pienso, estás llena de sorpresas.
Ginsberg, me dice. ¿Has leído a Ginsberg?
Le digo que no y me siento a su lado. Ella propone algo sobre ajedrez y yo le acaricio las manos.
Podríamos tener una conversación interesante, dice ella.
Yo asiento y digo, Claro que sí. Interesante, interesantísima. Como campanas tocando a rebato en algún convento escocés.
Continúo acariciando sus manos. Los dedos de Mónica son suaves y tibios como pompas de jabón, como redobles de batería, como el estribillo pegajoso de una canción de pop. Lleva las uñas cuidadas, pintadas de rojo oscuro. Son bonitas, las manos de Mónica.
Lo siento, me dice, Hoy no tengo agujeros.
¿Cómo que no tienes agujeros?, me asombro.
¿Quieres abrirme los agujeros?, pregunta ella.

Continua...