II

Pero, al parecer, "tipos" construidos aún más torpemente, esquemas más simples, el héroe positivo e irreprochable y el traidor serán más útiles, resultando para esas masas, cuya sensibilidad y lucidez subestiman los novelistas, sólo señuelos magníficos o espantapájaros muy eficaces. Una intriga cuidadosamente desarrollada según las reglas de la vieja novela hará bailotear a estos muñecos y creará esa fácil excitación que tan bien sostiene la frágil atención del lector. Y el estilo, una especie de estilo de digesto, idéntico en todas estas obras, puesto que nunca sirve para revelar una nueva realidad quebrando el barniz de apariencias convencionales que la recubre, sino que fluye blandamente sin encontrar obstáculos, embadurnando lisas superficies; y bien, este estilo nunca será, sin embargo, suficientemente banal, suficientemente simple, suficientemente fluido, porque éstas son cualidades que pueden volver accesible la obra a las grandes masas y facilitarles la asimilación de aquellos alimentos sustanciosos que se sienten en la obligación de ofrecerles.

De este modo, en nombre de imperativos morales, se desemboca en esa inmoralidad que consiste, en literatura, en una actitud negligente, conformista, poco sincera o poco leal con respecto a la realidad.

Al presentarse a los lectores una realidad capciosa y trunca, una pobre y chata apariencia en la que, una vez pasado el primer instante de excitación y esperanza, no reconocen nada de lo que constituye verdaderamente su vida y las verdaderas dificultades a las que están sujetos; se despiertan en ellos la desconfianza y el desapego, se los desalienta en sus esfuerzos por encontrar en la literatura esa satisfacción esencial que únicamente ella puede ofrecer: un conocimiento más profundo, más complejo, más lúcido, más justo que el que pueden obtener por sí mismos, de lo que son y de lo que es su condición y su vida.

Sucedió y sucede que hay escritores que descubren, durante una experiencia sincera y viva (cuyas raíces penetran bien en el fondo inconsciente del que brota todo esfuerzo creador, haciendo estallar las viejas formas anquilosadas), ese aspecto de la realidad que puede servir directa y eficazmente para la propagación y la victoria de las ideas revolucionarias. Pero puede suceder también (incluso en una sociedad que se esforzara por ser la más justa y mejor concebida para asegurar el desenvolvimiento armonioso de todos sus miembros) –podemos afirmarlo sin vacilar, sin riesgo alguno de equivocarnos– que individuos aislados, inadaptados, solitarios, morbosamente aferrados a su infancia y replegados sobre sí mismos, individuos que cultiven un gusto más o menos conciente por una forma de fracaso, abandonándose a una pasión aparentemente inútil, logren arrancar y sacar a luz un fragmento de realidad todavía desconocida. Sus obras, que tratan de desprenderse de todo lo impuesto, convencional y muerto, para abocarse a lo que es sincero, libre y vivo, serán forzosamente, tarde o temprano, gérmenes de emancipación y progreso.

Es concebible que haya parecido y que parezca todavía prematuro permitir a las masas, que han sido mantenidas durante siglos en la ignorancia, acceder demasiado rápidamente a un conocimiento más profundo de la complejidad y de las contradicciones de su vida; esto acarrearía el riesgo de distraerlos de un trabajo de construcción del que depende su existencia y sobre el que deben concentrar toda su atención y al que deben dedicar todos sus esfuerzos.

Sin embargo, la indiferencia, el desapego creciente, no sólo de sus "élites" sino también de las mismas masas, por obras literarias sin vitalidad, fabricadas según los viejos procedimientos de un formalismo anquilosado, y el gusto de estas masas por las grandes obras del pasado que les han sido dadas a conocer, prueban que no está lejos el momento en que se deberá no solamente dejar trabajar sin desanimarlos a aquellos individuos inadaptados, a aquellos solitarios, sino también, además, empujarlos a abandonarse a su manía.

Traducción de Basilia Papastamatiú.