Natalie Sarraute

(Ivanovo, Rusia, 1900 – París, 1999)



Lo que ven los pájaros (fragmento)


Es difícil imaginar que los novelistas se permitan algo comparable a la evasión que intentaron los pintores, cuando éstos hicieron estallar de golpe todo el viejo sistema de convenciones –que no servía ya para revelar, como antes, sino para enmascarar lo que era a sus ojos el verdadero objeto pictórico– suprimiendo el tema y la perspectiva y arrancando al espectador de las imágenes familiares, en las que acostumbraba a encontrar satisfacciones con las que la pintura no tenía ya nada que ver. Es cierto que esta evasión duró poco tiempo. Los nuevos formalistas, imitadores de estos pintores, no tardaron en transformar estas formas vivas en formas muertas, y los espectadores, por su parte, en encontrar en ellas, en lugar de los goces fáciles que les procuraban los temas reconocibles de la vieja pintura, los que da la visión de agradables motivos decorativos.

¿Pero cómo podría el novelista liberarse del tema, de los personajes, de la intriga? Por más que intente aislar el fragmento ¿e realidad que se esfuerza por atrapar, es inevitable que ese fragmento tenga que estar integrado en algún personaje, cuya imagen familiar, de líneas simples y precisas, reconstruirá al instante el ojo bien condicionado del lector, quien, al mismo tiempo, lo disfrazará de un "carácter" en el que reconocerá uno de esos tipos que tanto le gustan y que acaparará, por su aspecto tan verosímil y "vivo", la mayor parte de su atención. Por más que el novelista se esfuerce por mantener inmóvil a este personaje –con el fin de poder concentrar su atención y la del lector sobre los estremecimientos apenas perceptibles en los que parece haberse refugiado hoy la realidad que querría develar– no podrá impedir que se sacuda lo suficiente como para que el lector advierta en sus movimientos una intriga cuyas peripecias seguirá con curiosidad y cuyo desenlace esperará con impaciencia.

Es así como, haga lo que haga, el novelista no puede desviar la atención del lector de toda la cantidad de objetos que cualquier novela, ya sea mala o buena, puede proporcionarle.

Muchos críticos, por otra parte, estimulan –dejándose llevar aun ellos– esa distracción, esa ligereza de los lectores, manteniendo de este modo la confusión.

Es sorprendente ver con que complacencia hacen hincapié en la anécdota, cuentan la "historia", discuten los "caracteres", juzgando su verosimilitud y examinando su moralidad. Y es con respecto al estilo cuando su actitud resulta más extraña. Si la novela está escrita en un estilo que recuerda a los clásicos, es raro que no atribuyan a la materia que este estilo recubre, por más indigente que sea, las cualidades de Adolfo o de la Princesa de Cléves. Si, por el contrario, una de estas novelas con personajes tan verosímiles y con intrigas tan apasionantes, está escrita en un estilo chato y descuidado, hablan de este defecto con indulgencia, como de una imperfección sin duda lamentable, pero no de gran importancia y que sólo puede molestar a los delicados, pero que no desmedra en nada el verdadero valor de la obra; como de algo tan superficial, tan insignificante como una pequeña verruga o un simple granito sobre un rostro bello y noble. En tanto que se trata más bien del grano revelador que aparece sobre el cuerpo del apestado, siendo en este caso la peste su actitud poco sincera y poco leal con respecto a la realidad.

Pero la confusión llega al máximo cuando se requiere hacer de la novela –apoyándose en su tendencia a ser siempre un arte más rezagado que los otros, menos capaz de desprenderse de las formas caducas, vacías de todo contenido vivo– un arma de combate destinada a servir a la revolución o a mantener o perfeccionar las conquistas revolucionarias.

De este modo se llega a extraños resultados que constituyen (no solamente para la novela lo que no sería después de todo tan grave y, si fuera necesario, hasta podría uno resignarse a ello– sino también para la revolución por hacer y las masas que la misma debe liberar, o incluso para salvaguardar las conquistas de una revolución ya realizada) una amenaza bastante inquietante; en efecto, al convertirse esas satisfacciones que denominamos extraliterarias –consejos, ejemplos, educación moral y social, etc.–, y que corresponde a la naturaleza de la novela dispensar tan generosamente a sus lectores, en la razón esencial de ser de la novela, se produce una inversión de todos los valores; todo lo que somete a la novela a una forma académica y rígida es precisamente lo que se utiliza para hacer de la novela un arma revolucionaria: personajes como muñecos de cera, lo más verosímiles posibles, tan "vivos" que a simple vista el lector tendría que desear tocarlos con el dedo para ver si pestañean, tal como uno siente deseos de hacerlo con las muñecos del museo de Grévin; todo esto es lo necesario para que los lectores se sientan cómodos, puedan identificarse con ellos sin dificultad y revivir así su situación, sus sufrimientos y sus conflictos.

Continua...