II

Cada verano lo pasaba en la antigua gobernación de Tver, a unos quince verstas [unos 16 kilómetros] de Bezhetsk. No es un lugar pintoresco: los campos roturados formando cuadros en las colinas, molinos, humedales, pantanos secados, cercas, trigales y más trigales… Allí escribí muchos versos de los libros Rosario y Banda blanca. Banda blanca vio la luz en septiembre de 1917.

Tanto lectores como los críticos han sido injustos con este libro. No sé por qué se considera que tuvo menos éxito que Rosario. Esta colección apareció en circunstancias aún más aterradoras. El transporte estaba casi paralizado, no se pudo mandar el libro ni a Moscú, toda la tirada se agotó en Petrogrado. Las revistas se iban cerrando, los periódicos también. Por eso, a diferencia de Rosario, Banda blanca no tuvo mucha repercusión en la prensa. El hambre y la destrucción se incrementaban día tras día. Y, cosa extraña, ahora nadie toma en cuenta las circunstancias.

Después de la Revolución de Octubre trabajé en la biblioteca del Instituto de Agronomía. En 1921 salió mi libro de versos Llantén, en 1922, Anno Domini.

Aproximadamente a mediados de los años 20 empecé a estudiar con gran interés y dedicación la arquitectura del antiguo San Petersburgo y la vida y obra de Pushkin. De mis estudios pushkianos salieron tres trabajos: sobre El gallo de oro, sobre Adolfo de Benjamín Constant y sobre El convidado de piedra. Los tres fueron publicados.

Los trabajos Alexandrina, Pushkin y el litoral petersburguense, Pushkin en 1928, de los cuales me vengo ocupando los últimos casi 20 años, formarán parte, por lo visto, del libro La muerte de Pushkin.

Desde mediados de los años 20 casi cesaron de publicar mis versos nuevos y de reeditar los antiguos.

La Guerra Patria de 1941 me sorprendió en Leningrado. A fines de septiembre, ya durante el bloqueo, fui evacuada a Moscú en avión.

Hasta mayo de 1944 viví en Tashkent, seguía con avidez las noticias venidas de Leningrado, del frente. Igual que otros poetas, frecuentemente iba a los hospitales a leer versos a los combatientes heridos. En Tashkent supe por primera vez lo que significa la sombra de un árbol y el sonido del agua en los días de un calor abrasador. Y también supe lo que es la bondad humana: allí me enfermé larga y gravemente.

En mayo de 1944, llegué en avión a una Moscú primaveral, ya llena de luminosas esperanzas y estando en expectativa de la cercana victoria. En junio regresé a Leningrado.

El fantasma terrible que fingía ser mi ciudad me impresionó de tal modo que describí ese mi encuentro con él en prosa. Al mismo tiempo surgieron los ensayos Tres lilas y De visita a la muerte, este último sobre la lectura de poemas en el frente, en Terioki. A la prosa siempre la sentía como un enigma y una tentación. Desde el principio sabía todo sobre los versos y nunca supe nada de la prosa. Todo el mundo elogió mucho mi primer experimento, pero, por supuesto, no les creí. Llamé a Zoschenko. Me indicó que quitara algunas cosas y dijo que estaba de acuerdo con el resto. Me puse contenta. Más tarde, después del arresto de mi hijo, los quemé junto con todo el archivo.

Hacía tiempo que me interesaban los problemas de la traducción literaria. En los años de posguerra trabajé mucho en traducciones. Sigo traduciendo también ahora.

En 1962 terminé Poema sin héroe, que estuve escribiendo durante veintidós años.

La primavera pasada, en vísperas del año de Dante, escuché nuevamente el sonido de la lengua italiana: estuve en Roma y en Sicilia. En la primavera de 1965 fui a la patria de Shakespeare, vi el cielo británico y el Atlántico, me encontré con viejos amigos y conocí a los nuevos, una vez más visité París.

No he dejado de escribir versos. Para mí, ellos son mi nexo con el tiempo, con la vida nueva de mi pueblo. Cuando los escribía, vivía al son de los ritmos que se dejaban oír en la historia heroica de mi país. Estoy feliz de haber vivido en estos años y de haber visto acontecimientos que no se pueden comparar con nada.

Anna Ajmátova, 1965

Poemas

Es inclemente Dios...

Es inclemente Dios con los que siegan.
La lluvia tintinea contra el suelo
y en sus capotes aparecen ahora esmaltadas
las aguas que una vez reflejaron el cielo.

Sumergidos los campos, las praderas hundidas,
siguen los chorros libres, más arriba, cantando,
se pudren ya las hierbas descendidas,
las ciruelas revientan en los ramos hinchados.

Como detrás de un velo muy tupido de aguas
es que veo tu cara bienamada,
la glorieta oriental, el jardín silencioso
y aquel portal redondo de la casa

[1915]

 

El poeta

Miren que clase de trabajo el mío:
llevar toda una vida sin cuidados
y robarle sus sones a una música
haciéndolos ya nuestros, bromeando.

Y al poner un alegre scherzo ajeno
en alguna que otra línea nuestra,
jurar que así gime el corazón apenado
entre esplendentes trigales y veredas.

Y luego sorprender del bosque los murmullos
que emiten los pinos, al parecer callados,
mientras se extiende por doquier, como el humo,
un vago cortinaje de neblinas, alado.

Tomo un poco de todo, sin escoger apenas,
ni sentirme culpable ni un segundo.
Algo recojo a veces de esta pícara vida
jovial. Y todo, del silencio nocturno.

[1959]

Traducción:Verónica Spasskaya
Versión: Fina García Marruz