Continuación de Un poema cubano a la Torre Eiffel
El siglo XIX fue el momento de máximo esplendor de la modernidad asociada al capital, a la que Marx describió de modo magistral en el Manifiesto Comunista (1848) al aseverar que con su llegada: “todo lo sólido se desvanece en el aire”. Siguiendo el espíritu de la afirmación de Marx, el filósofo estadounidense Marshall Berman escribió un magnífico libro en el que da cuenta del ritmo frenético que el capitalismo decimonónico imprimió a todas las facetas de la vida moderna, haciendo sentir al hombre que era parte de un vértigo, una permanente acción que lo lanzaba hacia adelante, deslumbrando a sus contemporáneos con los inmensos progresos de la técnica y la tecnología (barcos y máquinas de vapor, ferrocarriles, telégrafos, edificios, fábricas…) puesta al servicio del capital.5
En palabras de Marx: “La burguesía ha producido maravillas mucho mayores que las pirámides de Egipto, los acueductos romanos y las catedrales góticas; ha acometido y dado cima a empresas mucho más grandiosas que las emigraciones de los pueblos y las cruzadas.”6 Para lograrlo, la burguesía europea se erige en la clase más destructiva de la historia, pues borra, incorpora, “desvanece” las aparentemente sólidas formaciones sociales que la precedieron:
La época de la burguesía se caracteriza y distingue de todas las demás por el constante y agitado desplazamiento de la producción, por la conmoción ininterrumpida de todas las relaciones sociales, por una inquietud y una dinámica incesantes. Las relaciones inconmovibles y mohosas del pasado, con todo su séquito de ideas y creencias viejas y venerables, se derrumban, y las nuevas envejecen antes de echar raíces. Todo lo que se creía permanente y perenne se esfuma, lo santo es profanado, y, al fin, el hombre se ve constreñido, por la fuerza de las cosas, a contemplar con mirada fría su vida y sus relaciones con los demás.7
Cuarenta años después del Manifiesto…, se alzó en París, sobre las cúpulas de las antiguas iglesias y palacios, y rivalizando con las agujas de las catedrales góticas, el más grande portento arquitectónico visto hasta entonces, la descomunal atalaya de hierro que se erige en símbolo de la moderna “solidez” del capitalismo. Para Pichardo está claro que hay un antes y un después, un cambio radical de época, cuando afirma que la torre representa la “antítesis de siglos que comprende/ Las dos etapas del humano anhelo”. Pero esto es así porque todavía, como señala Berman con agudeza: “el público moderno del siglo XIX puede recordar lo que es vivir, material y espiritualmente, en mundos que no son absolutamente modernos. De esa dicotomía interna, de esa sensación de vivir simultáneamente en dos mundos, emergen y se despliegan las ideas de modernización y modernismo”.8
Sin embargo, para el poeta cubano, no es sólo la técnica o el ingenio lo que la estructura metálica sugiere, sino además el triunfo del “arte que eleva el raudo vuelo”. No debemos olvidar que la torre suscitó una fuerte polémica entre los partidarios de la arquitectura del hierro y los admiradores de las formas y estilos tradicionales, y que paralelo a la Exposición se realizó una muestra del arte francés en los cien años anteriores, en la cual fueron incluidos los pintores Edouard Manet, Claude Monet, Camille Pissarro y Paul Cézanne, hecho que marcó el reconocimiento oficial al movimiento impresionista y su inclusión definitiva en la historia del arte galo. En su última estrofa, Pichardo parece querer decirnos que la torre no es sólo un templo erigido al prestigio industrial y el goce tecnológico, sino que debe ser también el símbolo de una nueva estética, de un arte y una literatura que debía igualmente ser moderna, y que tendrá en su generación a uno de los más afrancesados y auténticos representantes: Julián del Casal.9 1 José Martí: “La Exposición de París”, La Edad de Oro, La Habana, Editorial Gente Nueva, 2005, p. 147 y ss.
2 Diccionario de la Literatura Cubana, La Habana, Editorial Letras Cubanas, 1984, tomo II, p. 785.
3 Fígaro es un personaje de ficción, protagonista de una trilogía de comedias de Pierre-Augustin de Beaumarchais (1732-1799): El barbero de Sevilla, Las bodas de Fígaro y La madre culpable, convertidas en óperas por Mozart y Rossini. Inspirado en este personaje, un barbero hábil, perspicaz y bien informado se fundó en París en 1825 el diario Le Figaro, el más antiguo de los que existen en Francia.
4 La Habana Elegante, año VII, no. 34, 25 de agosto de 1889.
5 Marshall Berman: All That Is Solid Melts into Air. The Experience of Modernity (1982). (Trad. al castellano: Todo lo sólido se desvanece en el aire, Madrid, Siglo XXI, 1988).
6 Carlos Marx: El Manifiesto comunista, en http://www.marxists.org/espanol/m-e/1840s/48-manif.htm
7 Ídem.
8 Marshall Berman: op. cit., p. 3.
9 De Casal dijo Paul Verlaine: “El talento de Julián del Casal, tiene veinticinco años; es un talento sólido y fresco, pero mal educado. Sí, le diré a usted: yo no sé quiénes fueron sus maestros ni cuáles sus aficiones pero estoy seguro que los poetas que más han influido en el son mis viejos amigos los parnasianos. Eso se ve fácilmente en todas las páginas de Nieve, y especialmente en los Cuadros de Moreau y en Cromos españoles. Su factura, como la de ellos, es preciosa, pero demasiado igual [...] Lo que le hace falta es creer; cuando crea será nuestro hermano [...]”, citado en:
http://www.cubaliteraria.cu/autor/julian_del_casal/valoracion.htm
Continua...
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