Los Estados e Imperios del Sol de Savinien Cyrano de Bergerac
Mayerín Bello Valdés
Ante todo conviene aclarar que la imagen que difundió la pieza teatral Cyrano de Bergerac de Edmond Rostand, representada en París en 1897, imagen que heredó el cine, y que la película de 1990 del director francés Jean Paul Rappeneau consagrara de modo tan brillante gracias al encanto de la actuación de Gerard Depardieu, no se corresponde con la del verdadero Savinien Cyrano de Bergerac (1619-1655), según lo atestiguan estudiosos de su obra y de su biografía. Rostand nos muestra a un Cyrano narizón, románticamente enamorado de su prima Roxane, a quien escribe versos y cartas de amor haciéndose pasar por otro; y además, libertino, excelente espadachín y amante del escándalo. Todo parece indicar que el auténtico no tenía la nariz grande, no era un duelista, no fue autor de versos de amor sino de tragedias y de novelas filosóficas, y que su libertinaje no era del tipo que recrearía su contemporáneo Molière en su Don Juan, sino, más bien, una extraordinaria libertad de espíritu que vamos a ver confirmada en Los Estados e Imperios del Sol (Editorial Arte y Literatura, 2008).
Este libro es la continuación inconclusa de Los Estados e Imperios de la Luna; una tercera parte, El destello o El resplandor, que nunca se escribiría, completaría el conjunto que llevaría por título El Otro Mundo. Antes de realizar su viaje al Sol, el protagonista, llamado Dyrcona –especie de anagrama de Cyrano– ha viajado a la Luna, y por las noticias que trae de allá es ferozmente perseguido y encarcelado. Se las ingenia, no obstante, para inventar una máquina que le consienta partir de nuevo, esta vez rumbo al Sol. En la Luna y el Sol va a encontrar universos que le permiten corroborar una serie de hipótesis de filósofos contemporáneos, o de pensadores que su contemporaneidad valida. Estos distintos credos se amalgaman en la personal filosofía del autor que, eclécticamente, sigue a unos y a otros, y que se resume en: su materialismo de estirpe epicúrea y lucreciana, inspirado por su coterráneo Pierre Gassendi; la creencia en la pluralidad de los mundos, tal y como lo había sostenido, en contra de los dogmas de su época, Giordano Bruno, a quien, pensamos, homenajea tácitamente en su libro; la adhesión a las tesis de Copérnico; la profesión de un racionalismo que tiene la impronta de Descartes, a cuyo encuentro se dirige Dyrcona al final de la novela, guiado por el personaje de Tommaso Campanella, el autor de La ciudad del sol, encuentro que no se recrea pues el texto se interrumpe; en sostener, en fin, que la Naturaleza, con mayúscula, es la sola fuerza vital generadora de la vida a escala cósmica, y que evoluciona hacia formas más perfectas. De manera que Dios vendría a ser un sinónimo de ese principio gestor.
Estos orbes creados por Cyrano de Bergerac se conforman a partir de algunos principios esenciales. Así, por ejemplo, aunque se trata de “otros mundos” no son ellos la vía para la conformación de una utopía –al estilo de la de Tomás Moro o Campanella–, sino ámbitos diferentes que facilitan la confrontación de criterios entonces en boga. Representan esos mundos alternativos, además, la posibilidad de ver la vida desde otros puntos de vista; propician, en otras palabras, una operación intelectual deconstructora de certezas epistemológicas y de las percepciones habituales. Está, asimismo, el juego con una visión antiantropomórfica de la creación, a la que es consustancial una muy moderna defensa de la naturaleza y el mundo animal. Es sorprendente que la puesta en tela de juicio del humanismo, uno de los pilares de la modernidad occidental, se manifieste de forma tan radical como temprana en esta obra, y sea aún más efectiva por el desenfado con que es asumida la narración, que corre a cargo del protagonista. Un fragmento como el siguiente parece el reverso de la triunfal imagen renacentista que defendiera Giovanni Pico della Mirandola en su Discurso sobre la dignidad del hombre. A Dyrcona se le juzgará en el Sol –como ha sucedido en la Luna– por ser hombre, culpa suprema. Los pájaros, habitantes de uno de los países a que llega, son sus jueces:
–¡Todavía –agregaban–, si este animal tuviese una figura algo más parecida a la nuestra! Pero precisamente no puede ser más dispar ni más espantosa; en resumen, una bestia calva, un pájaro desplumado, una quimera hecha con cualquier clase de seres e igualmente repugnante para todos. Es el hombre tan necio y tan vano que cree que nosotros sólo hemos sido creados para diversión suya. El hombre, que a pesar de la clarividencia de su alma no podría distinguir el azúcar del arsénico y que se tragaría la cicuta que con su buen juicio confundiría con el perejil. El hombre, que afirma que no puede razonarse más que con los datos de los sentidos que, sin embargo, tiene tan débiles y más lentos y más falsos que los de todas las criaturas. El hombre, en fin, al que la Naturaleza ha creado solamente para que hubiera en ella de todo, como ha creado a los monstruos, pero al que a pesar de esto ha infundido la ambición de mandar y exterminar a todos los animales.
Así hablaban los más inteligentes, los demás decían a gritos que era horrible creer que una bestia que no tenía el rostro como ellos tuviese también razón.
–¿Cómo –murmuraban entre sí–, no tiene ni pico, ni plumas, ni garras y quiere que su alma sea espiritual? ¡Dios, qué impertinencia! (p. 65).
Esta condición risueña del relato hizo que su primera edición, póstuma, realizada por un amigo del autor en 1662, se titulase: Historia cómica de los Estados e Imperios del Sol (La de la Luna había aparecido en 1657).
No es arriesgado, por otro lado, calificar de novela a esta Historia, aunque es cierto que el encadenarse de los acontecimientos se ve a menudo contaminado por la exposición filosófica y por explicaciones que nos resultan hoy bastante peregrinas; no obstante, termina por ganarnos la libertad con que se opone el autor a todo dogmatismo y, sobre todo, su imaginación desbordada que no encuentra diques en ninguna probable censura. Esa imaginación extraordinariamente vital nos atrapa y maravilla, tanto cuando narra los encuentros con los seres y los modos de vida de esos otros mundos, como cuando –y están entre las páginas más felices del volumen– reinventa mitos clásicos para hacerlos funcionar en los diversos universos de su cosmos: véase al respecto el mito de la amistad entre Pílades y Orestes, o las originales metamorfosis que son habituales en esas regiones solares.
La Historia de los Estados e Imperios del sol va a recordarle al lector cubano, seguramente, la novelística filosófica del siglo siguiente, el XVIII, el “de las Luces”. Aquí ya aparecen tópicos que luego constituirán motivos dominantes de la narrativa ilustrada, entre ellos, el viaje de aprendizaje, la confrontación de universos a través una perspectiva distanciada, la ficción como vía para la postulación de tesis, la efectividad del humor y la ironía como instrumentos de una persuasión tácita, la crítica social y de costumbres. A ellos acudirán Voltaire, Diderot, Montesquieu, autores publicados, asimismo, por la editorial Arte y Literatura. Mucho le agradeceríamos los lectores poder completar el recorrido y visitar la Luna de la mano de ese viajero sui generis que fuera Savinien Cyrano de Bergerac.
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