Un poema cubano a la Torre Eiffel
Félix Julio Alfonso López
La torre, en la claridad, luce en el cielo negro como un encaje rojo,
mientras pasan debajo de sus arcos los pueblos del mundo.
José Martí, La Exposición de París, 1889.
La Torre Eiffel, inaugurada oficialmente el 31 de marzo de 1889, es quizás el icono arquitectónico más famoso del siglo XIX y símbolo indiscutible de la ciudad de París. Su construcción fue realizada como parte de las celebraciones por el centenario de la Gran Revolución Francesa, en el ámbito de la Exposición Universal organizada entre el 6 de mayo y el 31 de octubre de 1889 en conmemoración de tan notable evento. Deseosos de asombrar al mundo con sus progresos tecnológicos y olvidar para siempre los terribles acontecimientos revolucionarios de la Comuna de París y la humillación sufrida durante la guerra Franco Prusiana, la burguesía y los políticos franceses de la III República concibieron un espectáculo grandioso e imponente. El colonialismo francés estaba en su máxima expansión en la zona afroasiática (Túnez, Somalia Francesa, África Occidental y Ecuatorial, Indochina) y la cultura francesa dominaba el gusto de las elites metropolitanas del orbe. En el área de la exposición se rindió culto al mito del progreso y del bienestar material fundado en los adelantos científicos y técnicos. Se calcula que más de treinta millones de personas de todos los continentes la visitaron, cifra exorbitante para la época, que pagaban una entrada por valor de 25 francos, válida asimismo para numerosos premios.
La torre concebida por el ingeniero Alexandre-Gustave Eiffel (1832-1923), también autor de la armadura interna de la Estatua de la Libertad en Nueva York (1886), fue la gran sensación de aquel momento, con sus cien metros de lado, trescientos metros de altura y una estructura de hierro pudelado de ocho mil toneladas de peso, similar a la utilizada en otra construcción célebre asociada a eventos expositivos, el Palacio de Cristal de Londres (1851). La imponente estructura metálica servía como pórtico de entrada a la Exposición, y aunque se habló de desmontarla una vez terminada esta, su permanencia significó el triunfo de la arquitectura del hierro como emblema de la cultura industrial.
De dicha muestra habló con admiración José Martí en su revista para niños La Edad de Oro, páginas que todavía conservan el aire de magnificencia y modernidad que Martí supo captar de aquel evento. De la torre en particular expresó su fascinación y maravilla ante su inusual grandeza:
Pero adonde va el gentío con un silencio como de respeto es a la torre Eiffel, el más alto y atrevido de los monumentos humanos. Es como el portal de la Exposición. Arrancan de la tierra, rodeados de palacios, sus cuatro pies de hierro: se juntan en arco, y van ya casi unidos hasta el segundo estrado de la torre, alto como la pirámide de Cheops: de allí fina como un encaje, valiente como un héroe, delgada como una flecha, sube más arriba que el monumento de Washington, que era la altura mayor entre las obras humanas, y se hunde, donde no alcanzan los ojos, en lo azul, con la campanilla, como la cabeza de los montes, coronada de nubes. –Y todo, de la raíz al tope, es un tejido de hierro. Sin apoyo apenas se levantó por el aire. […] ¡El mundo entero va ahora como moviéndose en la mar, con todos los pueblos humanos a bordo, y del barco del mundo, la torre es el mástil! 1
El interés que despertó en todo el mundo este acontecimiento, hizo que una revista literaria de un país colonial, La Habana Elegante, enviara a un joven gacetillero y sportsman, Ezequiel García, como corresponsal a París para cubrir la Exposición, y en una de sus portadas, la correspondiente al 25 de agosto de 1889, publicó un poema del poeta villaclareño Manuel Serafín Pichardo (1863-1937) dedicado a la portentosa torre. Pichardo era entonces un joven doctor en leyes, y escribiría luego sobre la Exposición de Chicago de 1894. Durante la ocupación estadounidense fue miembro sustituto a la Convención Constituyente de 1901 y en la república fue diplomático y desempeñó el cargo de secretario de la legación cubana en Madrid. Además fue miembro de la Academia Nacional de Artes y Letras y de la Academia Cubana de la Lengua, creada a iniciativa suya.2 Por estos años era director de una importante revista de literatura y deportes, El Fígaro (1885), cuyo apelativo revela una notable influencia francesa,3 común al gusto y al imaginario cultural de las elites ilustradas habaneras de fines del siglo XIX, que solían comentar los poemas del parnasianismo y el simbolismo en un céntrico lugar de La Habana extramuros bautizado en francés: La Acera del Louvre.
El poema en cuestión es un soneto, está dedicado al importante orador y político autonomista Rafael Montoro (1852-1933) y dice:
A la Torre Eiffel
Temiendo el Fanatismo la ira santa,
Torre de salvación alzar procura,
Arcilla de la Fe, frágil hechura
Que no osó trasponer su humilde planta.
Tú eres nueva Babel que se levanta,
Con la Fe del Progreso en la armadura,
Y que, fuerte y espléndida en la altura
La excelsa estrofa de su triunfo canta.
Antítesis de siglos que comprende
Las dos etapas del humano anhelo
Ayer, el Fanatismo que desciende
Hoy, el Arte que eleva el raudo vuelo,
Jacob moderno que la escala tiende,
Por donde ha de subir el hombre al cielo.4
Varios asuntos motivan interés en el poema. En principio, la utilización de recursos alegóricos como el “Fanatismo” y la “Fe”, propios de la literatura y pintura medievales, para significar el enfrentamiento entre un pasado de tinieblas, oscurantismo y valores premodernos, y la estruendosa apoteosis que significa la armazón de hierro, todo un canto al progreso mecánico de su tiempo, dicho en otras palabras, la modernidad capitalista: “que fuerte y espléndida en la altura/ la excelsa estrofa de su triunfo canta”. En esa misma dirección, el poeta se vale de metáforas bíblicas como la “nueva Babel” o el “Jacob moderno”, en pro de sugerir que una nueva religión, la “Fe del Progreso”, ha encontrado en la referida torre su más acabado templo “de salvación”. En consecuencia, los ideales generosos y utópicos del romanticismo han sido definitivamente desplazados aquí por el culto a la civilización de las máquinas y el hierro.
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