Los poemas de la Edad de Oro,
120 años después



Caridad Atencio

Lo mejor es que cualquier sabiduría
logre convertirse en canción.
Avicena .






Desde este nuevo aniversario, un compás de recuento se impone en una zona quizá no abordada en su integridad de una revista más que centenaria: los poemas de La Edad de Oro. Estudiados unos poemas más que otros, como caso curioso o frutos magistrales de la pluma martiana, pocas veces han sido contemplados en su conjunto, es decir como parte de la revista, y por tanto participantes de sus cualidades y objetivos, y, a la vez, como desprendimiento –léase también extensión– curioso y circunscrito de toda su poesía.

Estos poemas que han contemplado nuestro arribo a las primeras letras, que han sido llevados como eco en los aires, y paradójicamente han logrado un sedimento, nos imponen, al nivel de estos años, un testimonio, una aventura que intentaremos dejar en las siguientes páginas.

En el primer número de la revista La Edad de Oro, luego del relato “Tres Héroes”, verdadero pórtico ideológico de la misma, aparece bajo la denominación de “Versos” el poema “Dos milagros”(1). En esta deliciosa estancia, devenida relato lírico con motivos pictóricos, las imágenes antitéticas que se manifiestan en cada una de las estrofas también se complementan –lo analógico se esboza a través de la recurrencia de las antítesis– También las recorre un pensamiento analógico: la manifestación de lo antitético también esconde –contiene– lo analógico y, por supuesto, lo dialéctico: el bien dentro del mal, en la primera estrofa, la vida dentro de la muerte, en la segunda estrofa. Un concepto va irrumpiendo –hacemos énfasis en la cualidad irruptora– del otro. Porque, como se afirma en alguna parte de la revista, Martí sabe que “La vida es como todas las cosas, que no debe deshacerlas sino el que puede volverlas a hacer” (2).

La profunda plasticidad del texto, su condición de instantánea (3) es apreciable más allá de los espacios superpuestos que mudamente enlaza el poema:

Iba un niño travieso/ Cazando mariposas;/ Las cazaba el bribón, les daba un beso,/ Y después las soltaba entre las rosas.// Por tierra, en un estero,/ Estaba un sicomoro;/ Le da un rayo de sol, y del madero/ Muerto, sale volando un ave de oro.

Aquí las mariposas han sido conducidas a un espacio de fecundidad, de vida. Queda así contenido en un ingenuo gesto el decursar dialéctico de la existencia, de la naturaleza. En el poema un hecho –una estrofa– definitivamente va entrando en el otro –la otra– con una coherencia muda. El milagro mayor emerge en esas dos imágenes bordadas, circunscritas, puestas en voz del sabio, cuyo ojo escudriña, tras los saltos, los eslabones de la naturaleza. El poeta nos dice que la naturaleza guarda y muestra un poder de autoconservación –y leyendo aquí a través de toda su poesía, de orden– que raya en lo sobrenatural, en lo divino, todo lo cual es tamizado por un profundo goce espiritual de la mirada.

Martí, con esta joya, comienza a sensibilizar al niño y al joven con la poesía otra: “la sana y la útil que nace del conocimiento del mundo”, les sensibiliza mostrando el profundo misterio de un hecho natural. No contagia su ánimo con sensiblerías, propósito explícitamente declarado por él. De los poemas de la revista, este es el que me parece más estrechamente vinculado con el proceso de génesis y evolución de su poesía. El mismo recuerda y consolida más directamente la preocupación temprana del poeta por el concepto de armonía universal que exhiben tantos poemas anteriores de Martí, entre ellos “Síntesis”, escrito durante su estancia en España en 1873, y el tratamiento de la naturaleza siempre en función de las vivencias. En este poema los procedimientos analógicos están más depurados: la manifestación del enlace, al dejar de ser evidente, se complejiza y asimila la antítesis, como hemos explicado anteriormente.

En el mismo primer número encontramos también la fábula de Emerson, “Cada uno a su oficio”, colocada a continuación del cuento “Meñique”. Tanto en la fábula, que es una silva, como en el instructivo cuento se exponen las peculiaridades y las cualidades de lo diverso. Ahora bien, el texto que Martí traduce con necesaria libertad insiste atinadamente en los beneficios de la diferencia. Así el gigante se trueca en montaña y el pequeñín en ardilla. La crítica se ha referido a la sabia selección del texto, fábula que entronca directamente con la propia concepción del mundo que tenía Martí. En el texto la cualidad se opone a la magnitud. Nada ni nadie es superior por su magnitud. Se manifiesta en el lenguaje accesible de la fábula el principio de la unidad del mundo: todos los objetos que son parte de esa unidad, juegan su papel, tienen una función diferente, necesaria y a la vez complementaria.

Al deslizar nuestra mirada sobre estos dos primeros poemas, pasearnos sobre ellos, acariciar su tuétano, se impone el golpe –el goce– filosófico. Una vez más el poeta “habla hondo” con los giros de todos los días.

En el segundo número, luego de “La historia del hombre contada por sus casas”, aparece el conocido y ampliamente estudiado romance “Los dos príncipes”, como desprendimiento peculiar de la misma idea que maneja el artículo que le precede: la esencia humana es una sola, “el hombre” no sólo es “el mismo en todas partes, y aparece y crece de la misma manera y hace y piensa las mismas cosas”,(4) sino que también la muerte iguala a todos los hombres más allá de su extracción social.

Vemos cómo en la revista, en sus números propiamente, ningún aspecto ha sido descuidado. Todo transcurre, todo vive en ilación. Los mismos mensajes se van amplificando y redondeando. Los poemas van siendo como extractos o derivaciones de las lecturas contiguas. Poco a poco, en términos de sucesivas lecturas y de años, se va mostrando al niño, al joven, al adulto, que la poesía es, entre otras cosas, una síntesis de la vida.

Con gran profundidad han sido estudiadas las relaciones entre el poema propiamente dicho y el texto original, llamado “The Prince is Dead”, de la escritora norteamericana Helen Hunt Jackson (1831-1885), así como las huellas de la tradición poética hispánica del texto de Martí. En este texto no deja de asombrarnos el sonsonete del romance que va del oído lentamente al corazón, y convierte en reinas cotidianas a las palabras más inverosímiles en la boca del niño, convenciéndole de que “la poesía fundamenta la memoria”.(5) Quisiéramos destacar también la honda capacidad de conmoción del poema, su lograda atmósfera de tristeza, así como el contraste entre los atributos de riqueza y la realidad enervante de la muerte (palacio, trono, pañuelos de holán fino, señores, penacho y arnés de los caballos, coronas de laurel). Dichos atributos a pesar de su prolijidad, de su abundancia, nada han podido contra un hecho: la muerte. La cualidad de la pobreza se trasmite a través de elementos de la naturaleza (álamos del monte, ovejas, perro, pajarito, tierra) y otros elementos muy directos: “pala y azadón”, “fosa en la tierra”, una “flor en la fosa”. Aquí una vez más la naturaleza está en función de las vivencias. Nos llama la atención también la sutileza de las afirmaciones que hace el hablante lírico al final de cada una de las estrofas que forman el poema. No tienen el mismo matiz la que alude al rey y la que alude al pastor. La que alude al pastor es más desolada, la del rey es más objetiva. De manera general en el poema prima la descripción circunscrita al tema y al asunto.

El estudioso Salvador Arias ha hallado en las crónicas norteamericanas escritas por Martí entre los años 1888 y 1889, cuando fue concebida y publicada su revista para niños, varios de los motivos que inspiraron a Martí sus poemas de La Edad de Oro. El investigador apunta, en un ensayo publicado en el Anuario del Centro de Estudios Martianos n. 20, que la crónica “Johnstown. El valle, el torrente”, publicada el 26 de julio de 1889 en La Nación es una especie de antecedente del poema “Los dos príncipes”. En dicha crónica puede leerse esta línea electrizante: “Los que no podemos explicar el mundo, debemos acatarlo”. Y seguidamente: “Mi hijo se me murió en la inundación: mi hijo, hijo de mi alma. Mi hijo salió volando de la inundación y está vivo en mi alma” [p. 325].

“Mi hijo salió volando”, “llévame donde él voló”. Estas dos expresiones, correspondientes cada una a los textos que se relacionan, dialogan, como el otro apotegma citado. El fragmento de la crónica refiere reflexiones amargas relacionadas íntimamente con el plano ideo-temático de “Los dos príncipes”. Allí los dos pequeños son príncipes también por niños, pero sobre todo por su condición de hijos, siempre tesoros inestimables para los padres –recuérdese el singular apelativo que Martí dedica al suyo: “príncipe enano”, o aquel “hijo de mi alma” que casi puede leerse íntegramente en el fragmento citado de la crónica aludida, y deducirse con toda la profundidad de su sentido en el romance martiano.

A esta altura de nuestro análisis, o mejor dicho, de nuestro viaje a través de estos testigos y tesoros de nuestro aprendizaje, nos damos cuenta de la importancia de los títulos, como piedras de toque para el razonamiento poético, la didascalia, para el despliegue hilado de los elementos connotativos. Hay un proceso de “construcción del texto” por la mente infantil donde el título opera como metáfora de fondo –es el caso de “Los dos príncipes” y “Dos Milagros”, o como costado jugoso de la moraleja en “Cada uno a su oficio”.

En el propio número dos, contiguo al cuento “Nené Traviesa”, aparece el poema “La perla de la Mora”, texto menos orlado que el poema XLII de Versos sencillos, pero, a mi entender, de más efectividad poética, poema tuétano, texto moraleja. Nos enfrentamos en vez de a un cuento con moraleja, a un poema con enseñanza, y no es redundante decir que enseñanza sutil. El texto conformado por dos serventesios es la sublimación de aquel refrán tan recordado: “Nadie sabe lo que tiene hasta que lo pierde”, y de aquella idea de que, aunque se puede amar lo que se tiene, hay que aprender a amarlo.

El poema XLII de los Versos sencillos, como bien apunta la crítica, es un rezumo de este. Los dos recrean el mismo motivo: dos moras en posesión de perlas que desdeñan y luego añoran. En el de La Edad de Oro es una mora de Trípoli, en el de los Versos Sencillos es Agar, personaje bíblico, esclava egipcia, madre de Ismael –Martí en su poemario de 1882 denomina a su hijo Ismaelillo, es decir, el hijo de Agar, alusión velada a Carmen Zayas Bazán.

De vuelta a los hallazgos realizados por el investigador Salvador Arias, es evidente que el poema “La perla de la mora” se emparenta con el siguiente parlamento de la crónica “La política extranjera de Uncle Sam - Universidades prácticas y retóricas”, publicada el 2 de agosto de 1889, en La Nación de Buenos Aires:

Continua...