| II
Pero su entretenimiento preferido es la crianza de pelícanos, a pesar de que nunca ha probado a uno ni se ha vestido a su costa. Sí ha regalado un par de vez en cuando.
Se sienta en la terraza y les canta por largas horas. Todo el vecindario la escucha, eso me provoca vergüenza. Ella ni se entera y está alegre de que sus pelícanos la escuchen y se multipliquen, aunque algunos hayan olvidado que, luego de desprenderse de la tierna lanilla, deben emplumar como el resto de las aves del trópico. Si no vuelan, mejor. Así no hay necesidad de cortarles las alas.
A nadie le gustan las medidas tan drásticas.
De todos modos el número de pelícanos ya no va en aumento.
Es como si se arrepintieran de nacer, a última hora.
Es como si, en la noche, crecieran sus alas al compás de la voz del miedo y volaran sobre la cisterna del edificio para llegar a la calle y perderse rumbo al mar.
Creo que nadie les ha dicho que el agua de mar no se puede beber.
De todos modos se van o dejan de nacer.
Y mi madre no se percata del asunto.
Está muy ocupada cantándoles a las aves y muy orgullosa de tener una cifra tan redonda de pelícanos domésticos.
Puros alcatraces que nunca han tenido contacto con las perniciosas monedas de oro.
Quizá solo llegue a percatarse el día en que solo quede una pareja en el patio.
O cuando ya no quede ninguno.
¿Entonces se preguntará en qué nota desafinó?
¿O si no debió solo cantar todo el tiempo?
Tal vez no se pregunte nada. Es posible que ni siquiera se entere que nadie escucha su canto.
¿Estaré yo para echar el pan a los fantasmas?
Es toda una artista de la voz. Ya se sabe lo empecinados que son.
Los dientes también.
Las muelas y colmillos suelen creerse con los mismos derechos licenciosos de los artistas.
Y tienen esa mala costumbre, similar a los artistas, las hijas y los pelícanos, de ser malagradecidos. Y pretender regresar cada vez que se les antoje.
No queda más remedio que extirpar su raíz cuando huyen espantados de mi boca, como si dentro de ella no tuviesen más opción que mirar al cielo sin estrellas, sin lunas, oscuridad total, en espera de un Milagro.
Pero soy atea.
Nunca permitiría que ocurriera un milagro dentro de mi boca. Nada puede ocurrir dentro de ella sin mi consentimiento.
Independencia.
Esa no era la palabra exacta, no soy mambisa y tampoco tengo hijos para donar su sangre.
Pero no encuentro el término exacto que defina mi necesidad de ser yo misma. Así que allá va la independencia, pero sin grandes pretensiones.
Era eso lo que buscaba el año anterior a este. Así que olvidé la miseria de mis pies afganos para convencer a una estomatóloga semiprivada de que no cobrara más de 13 dólares (había invertido 1 en girasoles + 1 en poner suelas nuevas a mis sandalias) por una dentadura ficticia, pero de silicona.
Era la guerra planteada sin miedo (con toda la bravuconería a la que nos hemos acostumbrado mi madre y yo en 50 años derevolución, pero con muchas menos fanfarrias gramaticales) a mis rebeldes muelas y al incestuoso colmillo.
Mírenlos, grité al infinito la tarde de ese año anterior en que al fin pude ocultar la ausencia de los verdaderos.
No era al infinito a quien grité. Era a ellos, para que me escucharan donde quiera que estuviesen. Para que supieran que ya no me hacían falta. Que no abriría mi boca cuando pretendieran regresar.
Obtuve el trabajo que necesitaba, con mi hermosa sonrisa y mis palpitantes palabras.
Pero a los tres meses comencé a notar la ausencia de otra muela.
Por suerte era de la mandíbula inferior, así que no interferiría en nada con mi aparatito de silicona.
Después otra del mismo piso en el que solo quedaban dos.
Y ocurrió la debacle, que me tomó por sorpresa, porque estaba Ella Fitzgerald tuttaraturareando y lo hizo en una nota tan alta que a las mujeres se les rompieron los collares de blancas y mentosas perlas y todas las bolitas delicadas fueron a parar al suelo donde zapaturareaban los pies de la Fitzgerald. Zapaturarear encima de pequeñas esferas puede ser muy peligroso para quienes están alrededor del que zapaturarea.
Las perli-falsas se convirtieron en casi-balines rompedores de dientes de cuanta mujer perlada escuchaba a Ella, que no podía hacer nada por detener su zapaturareo.
Entonces comprendí cuánto odiaban mis dientes a Ella Fitzgerald.
Y con el último casi-balín-perli-falso encontré la ausencia de la muela sujetadora de mi aparatito de silicona.
Mi grito, por supuesto, fue mayor que el de las mujeres perladas, al menos ellas podían tener la esperanza de que regresaran sus diente caídos o, en todo caso les volvieran a crecer. En cambio mi única posesión es la desesperanza y mi aparatito de silicona.
La desesperanza no se utiliza en nada, pero sin mi muela no podría utilizar este aparatito de ¡15 dólares!
¿Cómo iba a convencer a Mauricio de que volviera a disfrazarse de travesti?
La paciencia de los gatos tiene su límite.
Pensé en los pelícanos de mi madre.
Uhuuum, los pelícanos.
No, imposible. Tendría que robarlos todos para llegar a esa suma tan escandalosa.
Tendría que pedir vacaciones. No podía ir sin mi resplandeciente sonrisa a un trabajo donde lo que vale son las palabras que vienen luego de la resplandeciente sonrisa. Pero si dejaba de trabajar jamás ahorraría los 15 dólares.
Jum.
Por eso estoy donde estoy ahora.
A mitad de camino entre el baño de mi vecina y el cuarto de mi madre. Escucho sus pasos encima de mí. ¿Los de mi madre o la vecina? Si cantara sabría que es mi madre… pero ella solo canta en la terraza. Y la vecina a veces pone el radio con el volumen tan alto que hasta la propia Ella se escandalizaría.
Maldita Ella.
Sería feliz si solo encontrara a la última muela perdida, no pretendo recuperar las demás.
Estoy justamente debajo del baño y aquí comienzo a perderme en medio de tuberías mal ensambladas y más polvo del que dejan tras sí los ratones que suelen excavar bajo los edificios.
Todavía no sé si busco a un ratón gris o blanco.
Tengo muchos deseos de que sea blanco.
Algo me dice que sería más noble.
Lo que es absurdo, porque un traficante de dientes jamás podrá ser noble.
Estoy dispuesta a sacrificar la última muela que me queda en el piso inferior de mi boca a cambio de mi última muela extraviada. Ya sé que de nada valdrá proponerle dinero (tampoco es lo que me sobra).
Fue Mauricio quien me dio la información.
Escuchó a mi madre hablando con el ratón.
Dijo que, de haberlo visto, habría acabado con el sarnoso, pero todo fue tan rápido que cuando llegó a los pies de mi madre actriz ya ella comenzaba a cantar a los pelícanos y ni recordaba al misterioso roedor.
Sí supo el rumbo que tomó el maldito rata porque encontró una moneda de oro al borde de una ranura, que unos meses antes yo había sellado sospechando que era la entrada de alguna madriguera incipiente.
Por supuesto que no pensaba regalarme la moneda de oro para que yo resolviera mi problema.
Y mucho menos volvería a disfrazarse de gatico semi eunuco, que de los 15 dólares solo vio el bulto de girasoles que la Voz de los pelícanos echó a la basura al tercer día de esconderlos yo debajo de su escaparate.
La información fue a cambio de la promesa de que, al regreso de mi búsqueda de la rata negociante, le mandaría a hacer dos muelas de oro con la moneda encontrada.
Siempre le vi inclinaciones extrañas a Mauricio.
¿Para qué querrá mi madre las monedas de oro?
Mauricio no está seguro de que sea para seguirle la pista a los pelícanos perdidos (Porque el gato tuvo la mala idea de comentarle la ausencia de su alcatraz preferida). Así que es muy probable que pretenda dejarme sin dientes para reunir y pagar a un investigador privado de pelícanos. Es decir, un investigador privado que se especialice en pelícanos perdidos.
No sé si creerle a Mauricio. Sobre todo si llevo más de seis horas arrastrándome entre los sueños gastronómicos desechados por mi vecina. Apenas puedo respirar.
Creo que la independencia cuesta demasiado.
Quizá debiera olvidarme de la tonta idea de ser yo misma y fingir que soy una desalmada que vende sus propios dientes (aunque nunca haya podido disfrutar de la venta de alguno) (y creo que tampoco podré).
Pero la curiosidad es más fuerte que el deseo de jugar a imitarme.
Creo que el problema fundamental es que mi madre odia a Ella Fitzgerald antes de que yo comenzara a hacerlo, y por motivos completamente distintos.
A las voces no les gusta la competencia de otra Voz. Sobre todo si es una Voz.
Creo que debo cambiar de rumbo.
Al menos salir del baño de mi vecina.
Si mi madre lograba que yo odiara la voz de la Fitzgerald, ¿supuso que terminaría amando la suya?
¿Entonces es en el patio donde debo buscar?
¿Allí encontraré el sitio donde el ratón deposita los dientes?
¿Será que los dientes son para las mujeres perladas?
Allí están las mujeres con sus collares de perlas. Falsas. Pero no seré yo quien les advierta que esas bolitas no salieron de la boca de una ostra.
Está la voz de la Fitzgerald, las mujeres sonríen extasiadas y los pelícanos corretean encima de mi cabeza, batiendo sus alas mutiladas.
¿Entonces soy un pelícano?
¿Por eso se supone que ame la voz de nuestra Voz, la voz de la madre?
Pero no puedo dejar de escuchar el tuttaraturareo de Ella Fitzgerald, ahora que estoy aquí y no la imagino mientras cepillo los dientes que nunca he tenido porque los pelícanos nunca han tenido dientes.
Podría subir y tener la esperanza de que al compás de la voz del miedo crezcan mis alas, para escapar al mar.
Pero se está tan bien con el tuttaraturareo de la voz de Ella Fitzgerald…

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