Alcatraz
Yordanka Almaguer
Yordanka Almaguer (La Habana, 1975) ha
publicado Tener sexo con Kalinín Borges (cuento,
Premio Calendario 2000) y La canción perdida
de Janis Joplin (novela, Premio Cirilo
Villaverde 2003). En proceso de edición se
encuentra su nueva novela Lía:el sexo puro..
El problema es que he perdido otra muela. Estoy segura de que no se quedó olvidada en casa de algún amigo. Ya no me quedan amigos para visitar. Simplemente ya no está en mi boca. Es probable que haya sido fulminada por un infarto molar, o por tantos años de perversión del hígado, dulce en su escasa capacidad de amargura. No sé. Cuando una muela decide abandonar su boca… Estuve pensando que quizá se cansó de la pasta dental, aunque se anuncie de menta con ese nombre que me recuerda a Ella Fitzgerald, porque cierro los ojos y la veo cantando, rodeada de mujeres que siempre llevan sus cuellos relucientes de perlas. Falsas. Pero nadie les dice nada respecto a su verdadero material. No hay dinero para más y sería una locura asistir a un concierto con el cuello desnudo. Ni la propia Ella se atrevería a mostrar la desnudez de su talentoso cuello. Así que siempre que cepillo mis dientes pienso en ella que, seguro, nunca usó collares de falsa perla y mucho menos imaginó que alguien pudiera colocar dentro de su boca algo tan ¿falso? No importa. Ella no está y mi muela tampoco. Y aunque sólo haya una Ella y el mundo le eche de menos sin llegar a conocer nunca a mi muela rebelde, es ella y no Ella la que ha provocado que me meta en estos asuntos tan peligrosos.
Una promesa a la Virgen.
Un año atrás, antes de quedarme dormida y para no despertar con la total desesperanza de siempre, le rogué a la Santa de mi madre (a su estatuilla guardada en el escaparate) que me permitiera ganar aquel concurso de mascotas y a cambio le dejaría un montón de girasoles en la puerta de su casa (es decir, el escaparate). Como no se le puede dejar todo a los santos, convencí a mi gato Mauricio para que se dejara bañar con champú, peinar, colocar hebillas, lazos, y pintar los bigotes con esmalte de uñas.
Mauricio, el primer gato travesti.
15 dólares (menos 1 para los girasoles).
Con esa gran suma podría haber comprado un par de zapatos.
Por supuesto que en ese año anterior a este también tenía el mal gusto de tener “problemas” con los zapatos. Y no creo que por la misma razón que con las muelas. ¿O sí?
Con aquella gran suma podría haber comprado un par de zapatos.
Es lo que mis pies esperaban se lo había prometido a mis casi etéreas sandalias, un relevo.
Zapatos.
Zaaaaa pppppaaaaa tos. Deletreo esa palabra y la lengua se ahoga entre tanta saliva como si le mostrara un pote de miel real. De la de verdad. Mejor no pienso en la miel.
Pero la misión de Mauricio no había sido recaudar 15 dólares para mis pies. Aunque pudiera ir a cualquier sitio con la boca cerrada para que la gente no descubriera mis muelas infartadas… y un colmillo, siempre lo olvido.
Cualquiera pierde tres muelas y un colmillo. Aunque sólo tenga 30 años.
A menudo encuentro mucha gente dentro y fuera de La Habana que con sólo par de décadas ya hecha de menos los dos dientes más importantes y cuatro, cinco o seis de los coprotagónicos (co-prot-agónicos?), esos actores secundarios imprescindibles para cualquier obra que se respete.
Este año me dijeron que el problema es que los venden.
Es un poco complicado.
Aunque cuando se tiene menos de 8 años no resulta tan complicado. Creerlo. Que se pueda vender los dientes. A un ratón.
¿Gris o blanco?
Creo que no estoy segura del color del ratón. Algunos me han dicho que es verde. Pero no existen ratones verdes. Al fin y al cabo nadie lo ha visto. Eso sí es seguro. Y más creíble para los mayores de 8 años. Un ratón invisible. Invisible es sinónimo de inexistente. Al menos para los fundamentalistas de la materia. O el materialismo. ¿Científico?
Invisible o no, sí es seguro que un montón de gentes insisten en vender sus molares al tal ratón que, por supuesto, no creo que sea cubano ¿o sí? No conozco ningún cubano capaz de dejar una moneda de oro debajo de la almohada de cada loco que esté tan desesperado como para vender sus propios dientes a un tipo del que no se sabe nada. Es decir, para qué diablos querrá tantos dientes y sólo dientes (incluidas muelas y colmillos, por supuesto).
Lo único cierto es que el tal ratoncillo ha estado haciendo una fortuna enorme en los últimos años. Quizá sea que en su país el hueso dental es mucho más valorado que la despreciable moneda de oro (al final es una idea hermosa eso de perder dientes de leche con la esperanza –nunca la seguridad– de que salgan nuevos y más fortalecidos. Hay gente que valora más la esperanza y las ideas que a las monedas de oro).
Por lo general la gente tiene tantas piezas dentro de la boca que no suelen darles el valor que se merecen. Cuando se tiene mucho sucede así.
El asunto se hubiera resuelto (el asunto es la felicidad de mis pies), manteniendo mis labios tan juntitos como los babosos amantes del malecón que ya no encuentran posadas donde eyacular sus deseos. De ese modo se puede llegar al cine. Allí no es necesario abrir la boca, a no ser que sea una trama en la que la personalidad del asesino te sorprende como la muerte y no tienes más remedio que decir ¡Ahj! o ¡Ahaaaa! Si es el caso de que el protagonista nihilista se lanza desde el edificio más alto de la ciudad. El capitolio. No. ¿La Raspadura? ¿El Focsa? En ese momento las luces a medio vestir se convertirán en las mejores cómplices. En cambio, sin zapatos no podría ir al cine… ni siquiera al del barrio, suponiendo que funcione el proyector checo que explotó en enero del 95.
Pero la felicidad de un par de pies, maltratados como mujeres afganas, es tan difícil de conseguir como la paz en el medio oriente (siempre aparece un deprimido suicida). Porque ese año anterior a este era superimportante par mí comenzar a ser otra persona. Dar el primer paso para hacer lo que siempre había necesitado. Ganarme la vida con mi talento natural para ganarme a la gente con mis palabras.
Ganar Ganar.
Pero, ¿sin dientes?
Para concentrarme en una empresa tan hermosa no podría estar al cuidado de las malcriadeces e indecencias de 3 muelas y el semiadoptado colmillo, ansiosos por hacer prevalecer sus derechos a la libertad de salir y entrar a mi boca cada vez que se les antojara.
¿Por qué el impulso de mi dentadura es el desenfrenado escape de mi boca? Espantados como si dentro de ella se proyectara de modo permanente la esquizofrénica paranoia del resplandor de Kubrick o las moralizantes telenovelas cubanas (capaces de encontrar hasta la moral perdida de mis muelas) o como si mi lengua fuera el altoparlante preferido para el discurso de algún político optimante y pestimoso, o como si no se les diera suficiente comida y diversión.
¿Qué otra cosa necesita un conjunto de muelas, dientes y colmillos?
Arroz frijoles negros, una regordeta tortilla de papas a compartir con otras bocas y el refresco de piña ¿falsa?, atiborrado de vitaminas. Tres cepillados al día con la presencia nada desdeñable de Ella Fitzgerald y sus mujeres perladas.
¿Se habrán aburrido mis dientes de la voz de Ella F?
No podría siquiera pensar en una idea tan absurda. ¿Puede alguien objetar algo en contra de la Voz? (porque ella sí es la verdadera Voz) Alegre hasta morir. ¿Puede, incluso un estúpido y adormecido diente, renegar de la alegría? ¿De lo mejor entre lo mejor?
Nooooo qué ideas se me ocurren.
¿Qué más necesita un conjunto de muelas, dientes y colmillos?
Mi madre siempre otorga la razón a las madres televisadas que se pelean con sus hijas (o viceversa). Aunque la madre le diga a la hija, a través de la pantalla del televisor, que ya tiene la visa para entrar al otro país y solo volverán a verse cuando este país decida dar el permiso a la hija.
Las hijas tienen esa tendencia negativa de ser muy malagradecidas. Mientras más amor, refrescos y estudios se les ofrezcan mientras son criadas, mejor mal pagan cuando dejan de ser criadas.
Mi madre tiene razón. Podría ser sicóloga oficial de cualquier embajada, para convencer a las hijas malagradecidas…y hasta a los hijos.
Continua...
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