II

Permíteme insistir: ¿crees o no en las marcas de género en la literatura?

Tú sabes que he escrito un libro que se llama Las cinco y una noches, donde muchos de sus personajes son mujeres. Es un libro lleno de seres y aconteceres ingenuos, o que pueden tomarse por tales. Así que le puse un subtítulo aclarándolo: tomo de las ingenuidades. Y “tomo” no figura únicamente en el sentido de “volumen”; tomo también porque agarro, porque le robo a la vida esas escenas ingenuas, y las coloco allí. Definitivamente quedó como Las cinco y una noches: tomo de las ingenuidades. Porqué. Bueno, tengo una anécdota que puede explicarlo, aunque el suceso tuvo lugar después. Una tarde llegaron a mi casa dos señores del primer mundo: rubios, altos, profesionales de primer nivel. Uno arquitecto y el otro fotógrafo. Cuando preguntaron a qué me dedicaba, les dije, tímidamente, que a escribir historias. Un amigo, creyendo que me promovía, trajo el libro, se lo mostró, y poniendo énfasis, les comentó. “Es un libro sobre mujeres libres, fuertes y capaces de vencer a los hombres”. No sé de dónde sacaría eso, lo que sé es que estos señores ilustrados y refinadísimos del primer mundo, soltaron la más espontánea carcajada, y me dijeron: “Ah, es un libro de ficción, de ciencia ficción”.

Fíjate qué contrasentido. Yo me encargo de suponer algunas narraciones donde las mujeres buscan estrategias de éxito (de cualquier especie), y además lo consiguen. Las pude haber creado sobre la idea de que no siempre fuimos, somos o seremos víctimas, una manera de escapar al patetismo de la más tradicional visión de género. “Tretas del débil” o un modo de mirar desde otro ángulo: con el lente oblicuo. Pero lo cierto es que hay quien no lo cree. Hay quien le gustaría suponer que es así, pero tampoco está muy seguro, y hay otros que ni siquiera consiguen ver en ello una determinada lógica. O si no, porqué los rubios se ríen. Peor, porqué un amigo poeta me dice con sospecha, sin haberlo leído: “Se dice que tu libro es feminista”. Evidentemente no dejé las marcas más clásicas. Busqué un camino a contracorriente y de todos modos la gente busca el código, la señal que conoce: la marca. Nos guste, o no, creo que están en el imaginario más admitido. De modo que quien escribe (hombre o mujer), tiene que contar con eso. Lo que no creo es que alguien trabaje expresamente para dejar marcas (sexuales, raciales, regionales, nacionales, globales, X, Y…); pero indefectiblemente dejará alguna. Incluso para que alguien las niegue.

Noto en Seres en el borde una confesa intención narrativa. Puede ello estar asociado al homenaje a Severo Sarduy, en especial a La simulación, o a un especial resultado de la confluencia en ti de la poetisa, la narradora y la investigadora.

Por ambas razones. La primera, por el entusiasmo que me dejó la vecindad con esos textos y que se quedaron en mí, provocándome. Y no sólo textos de La simulación. También de El Cristo de la rue Jacob, ese tan extraño como divertido y sustancial librito. Cómo estar cerca de eso y no contagiarse. Ya ves, detrás de esas creaciones mixtas sí me fui, más que detrás de la narrativa propiamente dicha. Seres en el borde viene a aprovechar la energía que me quedó tras esa especie de montaje documental o testimonial que quise hacer en Escrito sobre un rostro. Claro que en este nuevo libro (ya más mío) hay acercamientos a otras figuras (Avellaneda y Teresa de la Parra) junto a la más consciente copia del estilo sarduyano, en cada uno de esos sueltos que precede a los “ensayos”. El título mismo tiene un juego de sentido (solamente visible en la portada); es precedido por una palabra inexistente: aconte. Como si le dijera al lector: este es el cuento de los seres en el borde. Mi cuento. Mi modo de narrar aquello que he visto en estos narradores. Creo que esa búsqueda representativa, simbólica, asociativa, y hasta lúdica, explica la segunda razón: las confluencias intergenéricas que de cualquier modo están en mí.

Confluencias, me parece muy atinado verlo así. Sin embargo, creo notar una especial preocupación por las estrategias narrativas no solo en la literatura. Tienes inédito, confiemos en que no por mucho tiempo, un estudio sobre el guión cinematográfico en Cuba; impartes un taller de dramaturgia en el ISA y te has acercado más de una vez a la escritura para el audiovisual. Hablemos un poquito de esta vocación, tanto por la imagen audiovisual como por sus peculiaridades al articularse en un discurso.

Yo tuve conciencia del mundo por obra de una fábula. Mis hermanos y yo nos sentábamos en las tardes hasta ver la caída de la noche entre los murmullos de la naturaleza. Esa es una hora mágica en el campo. No he vuelto a sentir la sensación de eternidad que se tiene durante esas anochecidas. Mi padre y mi madre nos cargaban sobre sus rodillas. Ella cantaba canciones folclóricas y él narraba historias. Era un narrador natural. No al estilo de Juan Candela, tozudo y amigo de hacerte creer un sucedido, o un no sucedido, como una verdad. Papi se aprovechaba de los cuentos tradicionales y los reelaboraba con una fantasía y una creatividad tremendas, sin importarle que creyéramos ciegamente en algo. La cuestión era entretenernos. Y la palabra se le daba sin dificultad, pero sobre todo se le daba el gesto. Así que el modo en que me acerqué a la imagen, no fue a través de la lectura en una biblioteca bien surtida. Puede decirse que el primer encuentro fue performático. Algo de improvisación, alguna sabiduría acumulada y un histrionismo totalmente espontáneo. Todo ello movió mis primeras emociones y perfiló una espectadora ferviente. Ahora que me haces pensar en ello, tal vez esa sea la razón por la que no soy exactamente una artista reconcentrada en una labor específica, sino más bien un ente andariego y curioso que se mueve por muchos rumbos. De modo que cuando tuve la oportunidad de poner mis ideas en un guión, lo hice con enorme placer. De vez en cuando me entraba vergüenza y me recriminaba, porque, a juzgar por mi formación no debía perder el tiempo en eso. No debía, pero lo hacía, hasta que tuve que tomármelo en serio. Tanto fue así que quise empezar por averiguar qué pasaba con el modo de narrar del cine cubano. Tuve la suerte de conseguir las opiniones de valiosos cineastas, críticos y guionistas; pero volví a pararme para dedicarle tiempo a proyectos literarios, y para preguntarme si definitivamente era algo tan importante en mi vida. Diez años después vino la recaída. En unos meses logré contactar a otros tantos cineastas, lo que junto a una nueva faena como guionista, terminó de impulsar el libro. Ahora he pasado un taller en la EICTV, he asumido el curso en el ISA que me divierte y me renueva increíblemente (justo porque los jóvenes no quieren saber de narración), y ya no voy a detenerme. Hasta he querido hacer un experimento con la dirección, que está a punto de salir. La culpa la tiene mi director más asiduo, que no quiso cargar con mi abejero.(2)

En la entrevista para el libro Lectura en dos orillas, Roberto Manzano asegura que “el ensayo es un género proteico. [...] es como el eslabón perdido entre la ciencia y la poesía, la frontera de dos mundos que parecen muy separados. El ensayo es orgánico y rechaza de sí, como extraño, el actual lenguaje de la metodología conocida como científica, y que en verdad no lo es por su esquematismo academicista”. ¿Coincides con esta idea?

En buena medida sí. Sobre todo por eso del “esquematismo academicista” que tanto puede maltratar una expresión, cualquiera que esta sea. Pero, y válgame el eterno ejemplo, quién va a negarle poesía al grito de “eureka” salido de la sorpresa de Arquimedes en la bañera que se desbordaba sin remedio, mientras él sumergía su cuerpo. Así que, si fuera a ubicar el ensayo entre la ciencia y la poesía, sería viendo estas dos áreas del saber muy unidas, sirviéndose una a la otra. Efectivamente, el lenguaje científico puede traer una molestia y una sequedad incómodas; aunque hay escritores muy capaces de exponer la más exacta fórmula en términos preciosos y con juicios meridianos. Ahí está el Don Juan…, de Gregorio Marañón, ese médico que más parece un poeta; o ese texto de Maurice Maeterlinck: La vida de las abejas, que es una leción de suma fertilidad simbólica y alto nivel filosófico. Hay quien no consigue escribir así, ni siquiera exponiendo un tema concreto de la humanística. Son excepciones, claro está; por eso te digo que en general coincido con Manzano. Me gusta leer ese tipo de creaciones literarias. Yo misma busco la palabra limpia, hermosa y eficiente al escribir un “ensayo”. Pero cada vez estoy más convencida del valor de la investigación, de la observación activa, de la reflexión profunda y flexible, para conseguir resultados valiosos. Es un género difícil, porque no basta hacer un aporte acerca del tema elegido, no basta conseguir el hallazgo, hace falta expresarlo con belleza y argumentarlo con solidez.

¿Cuánto de Tula hay en Oneyda? ¿Y de Teresa de la Parra? ¿Y de Sarduy?

De Tula me atrae su manera apasionada de amar, aunque ese fuera el centro de su tragedia. Todo ese teatro que fue su vida amorosa es sabidamente sobreactuado, pero increíblemente vívido. De Teresa de la Parra, me subyuga su elegancia, su manera de pararse ante el espejo hasta quedar poco menos que hipercodificada; y ese modo de tirarse lánguida sobre una tumbona con un libro en la mano, rodeada de tules y finuras, pero con una expresión sumamente irónica que te descubre la engañifa, la representación a que asistía. Te hablo primero de frivolidades, porque sospecho que las esperabas. Pero ahora voy en serio, en cualquiera de los tres encontré un sentido de libertad y de firmeza que me encantaría alcanzar. He querido tomar mucho más de eso que admitir deliberadamente su influencia. Cuando reconozco que estoy en la sensibilidad de un autor, trato de evitar cualquier parecido formal. Salvo en el caso de Severo Sarduy, a quien me atrevo a pedirle prestado, como ya he dicho. Pero es otra cosa. Además de ser una especie de ejercicio, un divertimento, siento como si él me autorizara, como si me diera su fruto en prueba de confianza. Las dos mujeres son autoras con un sentido de la obra más inclinado hacia la modernidad (aun Teresa de la Parra está dentro de esa idea), donde el arte todavía tiene aquella condición aurática. Habría que seguir muchos pasos para contar con ellas. Él no. De hecho, admite que su trabajo no es más que una nota al pie de la “oceánica” obra de Lezama. Se vanagloriaba de vivir en la Era Lezama. Se sentía una partícula al lado de semejante creación. Entonces yo lo sigo: copia, pastiche, lo que se quiera, y no me perturba. Por otro lado me parece que es un autor muy completo, que fue capaz de llevar mucho de lo que razonó y conceptualizó en el ámbito de la estética, al ejercicio práctico de su creación simbólica. Eso es, a mi juicio, admirable. Es como destilar a un mismo tiempo y por el mismo filtro, ciencia y poesía. Me gusta además el modo en que Severo interactúa con el lector, toda esa práctica del estructuralismo que cultivó de modo muy personal. Y era difícil, estando cerca de mentalidades tan majestuosas como las de Roland Barthes, o de Julia Kristeva, por ejemplo. Lo aprecio mucho, y con los límites que debemos poner a toda experiencia ajena, es una ganancia que quiero aprovechar. Pero tal vez lo prefiera por ser el más cercano en el tiempo y el espacio. Fíjate que cualquiera de sus dos casas en esta ciudad, la que está en Padre Valencia (donde nació), y la que está en Bembeta (plaza omnipresente dentro de su narrativa), son vecinas, a unas escasas cuadras de la mía, del sitio exacto desde donde ahora mismo respondo tu cuestionario.


(1) “Existió siempre en la ciudad de Camagüey, un ambiente de tertulia, de pequeñas representaciones teatrales, de bibliotecas privadas…” José Lezama Lima: Antología de la Poesía Cubana. t. II, Consejo Nacional de Cultura, La Habana, 1965. p. 71.
(2) El documental utiliza a las abejas como una metáfora de la sociedad humana.