Otra vez el plagio como obsesión.

A propósito de la publicación del libro De cuando Pablo Neruda plagió a Miguel Ángel Macau de Álvaro Castillo Granada (Ediciones San Librario, Bogotá, 2008)

Rebeca Murga

“¿El plagio, la simulación, el pastiche, la imitación? ¿Qué es? ¿Cuándo es?” En tales preguntas insistía Álvaro Castillo Granada en febrero del 2008, a propósito de la publicación de mi libro El esclavo y la palabra por Ediciones San Librario. Suele suceder entre los escritores que, alcohol mediante, el plagio se imponga como tema de conversación. Se habla de autores que se creen plagiados a partir de una idea –el conocimiento elemental, una idea apenas– sugerida. De autores a los que llaman plagiarios sólo porque descubrieron en un ajeno y pésimo relato una arista encantadoramente buena para fabricar su historia. De jóvenes victimarios con el ego enfermo, que acusan de plagiario a un autor de renombre. Y de autores de renombre que, ya añejo y roto su ego, pretenden con falsas acusaciones hacer mella en el talento de un joven autor. La conclusión es siempre la misma: Todos hablan de robo, hurto, timo, fraude, estafa, ratería… sin temor alguno a definir el plagio; pero el asunto es complicado a la hora de demostrarlo.

Con estos y otros comentarios pretendía acallar la curiosidad de mi entrevistador. “¿El plagio, la simulación, el pastiche, la imitación?”, su pregunta era ambiciosa. “¿Cuándo es?”

Le respondí entonces: “Rebusco entre los papeles de Enrique [Labrador Ruiz] para responder a tu pregunta. El artículo “Hacia una definición del plagio”, que en 1971 publicara el periodista J. Vidal Alcover en el periódico Mundo, es ilustrativo. “[…] Así es que para la sentencia convendría –como bien escribió Vidal Alcover–, armarse de la misma seguridad de aquel personaje de Pío Baroja cuando, antes de disparar contra un escritor del bando opuesto, dijo: ‘No te mato porque seas fascista; te mato porque eres un mal poeta.'”

De cuando Pablo Neruda plagió a Miguel Ángel Macau. “¿Y quién es Miguel A. Macau?” La interrogante era apenas el primer indicio de un gran crimen. El queso, la zanahoria para el detective que ya era Álvaro Castillo, a quien José Luis Días-Granados considera un “nerudólogo Grado 33”, “nerudólogo de tiempo completo”, “fetichista y fanático del chileno”.

De cuando Pablo Neruda plagió a Miguel Ángel Macau. Al respecto, escribió para el prólogo José Luis Díaz-Granados: “[…] se le acusaba de plagio (ya le había ocurrido en su patria años atrás cuando jóvenes poetas animados por su archienemigo Vicente Huidobro, encontraron que su famoso ‘Poema 16’ era una copia a papel carbón del ‘Poema 30’ de El jardinero, de Rabindranath Tagore), en uno de sus poemas más leídos y recitados a todo lo largo y ancho del continente: el "Farewell”.

¡Qué noticia sensacional!, debió frotarse las manos Félix Raffán antes de lanzar su acusación de plagio contra Neruda. El famosísimo poeta chileno acusado de plagiar algunos versos del poema “Otra vez será” del peruano José Santos Chocano y de robar, también, del poema “Los nautas” del cubano Miguel Ángel Macau.

“La crónica de Castillo Granada –argumenta José Luis Díaz-Granados– no solamente semeja una novela policiaca por el interés creciente dentro de una trama que atrapa al lector palabra por palabra, sino que seduce por su capacidad investigativa y su dominio total del tema, pero sobre todo por haber sabido su autor adentrarse en un universo repleto de erudición y de buen humor, y regalarnos al mismo tiempo un ensayo interesante y veraz donde confirma una vez por todas las bondades esplendentes de la poesía y la inutilidad de buscarle huellas digitales a un fantasma”.

Sí; De cuando Pablo Neruda plagió a Miguel Ángel Macau es literatura negra. Y Álvaro, como el héroe chandleriano en que se ha convertido tras la escritura de este libro, no tuvo más alternativa que graduarse de detective privado en Chile y en Colombia, y de policía por cuenta propia en Cuba.

Otra vez un robo, los conocidos versos “Amo el amor que se reparte en besos, lecho y pan”. Otra vez la acusación, ahora de boca de Félix Raffán Gómez. Una víctima, ¿Macau? ¿Neruda? Un criminal, ¿Neruda? ¿Félix Raffán Gómez? Una prueba irrefutable, la carta que escribiera Pablo Neruda a Félix Raffán; una sola, apenas una, en la cual el descrédito para el acusador queda implícito en la escasísima importancia, sólo la imprescindible, que da Neruda a las falsas palabras de quien fuera, además de intrigante, abogado especialista en Asuntos Penales y del Trabajo, Fiscal del Círculo de Periodistas de Bogotá, ¡y hasta Juez de Instrucción Criminal!

En 1933, sobre Neruda escribió José Santos Chocano para La Prensa y Repertorio Americano: “Lo único que hay que exigir, en su expresión de arte, al poeta, es la sinceridad. No cabe dudar de ella en Neruda.” La interrogante que se hace el detective-autor del libro es la siguiente: “Si Pablo Neruda, un jovencito de dieciocho años cuando publicó ‘Farewell’, hubiera plagiado a José Santos Chocano, una de las voces más importantes y combativas de la poesía hispanoamericana en ese entonces, ¿este se hubiera referido a su poesía así en 1933? ¿No habría armado un escándalo? ¿Habría guardado silencio cuando el poema ‘Farewell’ comenzó a ser aprendido de memoria y recitado en todo el continente?”

Recientemente, Álvaro ha encontrado en nuestra Santa Clara nuevas pistas sobre Macau, nuevas posdatas para esta historia que hoy se exhibe, digna, entre las otras publicaciones de San Librario. El poema “Los nautas” aún no ha aparecido; y el detective Álvaro, Álvaro el héroe, se niega a cerrar el caso aunque la falta de pruebas amenace con hacerlo. Mientras, ¿quién duda que un joven de dieciocho años sueñe repetir tal despedida?