II

Rogelio Riverón, el afinado músico del último cuplé

Alberto Ajón León

Podía parecer hiperbólico el narrador y crítico Francisco López Sacha cuando al presentar en la Feria Internacional del Libro la novela Bailar contigo el último cuplé, de Rogelio Riverón, la colocó entre las más importantes escritas en Cuba en los últimos años. No se excedía Sacha en el entusiasmo que lo caracteriza ni intentaba concordar con el espíritu comercial de la Feria. Llegado el momento en que un personaje dice, imperioso y cortante: “Mi mula y a veces también mi caballo”, y termina esa obra justamente premiada en el concurso Ítalo Calvino 2008, persiste en el lector una compasiva nostalgia por las criaturas con cuyos destinos lo ha entroncado Riverón y de las cuales ya no podrá desligarse nunca. Y perdura también la dulce voracidad del conocimiento, el ansia de seguir creciendo –¡de continuar leyendo!– que deja todo libro de mérito más allá de la curiosidad por un argumento bien tramado, sobre una historia turbia y lacerante de la que nos hace cómplices y testigos.

Los protagonistas que arrastran consigo la narración –un par de travestidos y un ghost-writer, seres del desencanto y la supervivencia– parten de un mismo punto hacia peripecias paralelas de amor y desamor para reencontrarse finalmente en una sórdida cacería de perros. De la bruma de los correlatos, semejando pasadizos o atajos entre corrientes que van juntas, irán surgiendo otros personajes igualmente oscuros e imprecisos, a los cuales iremos reconociendo aun en su fugacidad y aceptándolos a pesar de la frugalidad con que están descritos. En el oficio de narrador y en sus funciones de editor, Riverón ha aprendido bien que la novela tiene que entretener para atrapar; que los personajes para ser verosímiles han de convencer incluso en sus más singulares acciones y planteamientos; que contar puede ser un acto de vida o muerte, porque todos cada día contamos una historia, pero en literatura eso significa –como asegura el escritor-fantasma de esta obra excelente– “horas de pelea entre el oficio y las palabras, horas de puro arresto, de simple subsistencia”. Más que la fábula o la conseja, más que la ficción diariamente superada por la vida, importa en una narración esa realidad inasible que el escritor convierte en acontecimiento afable con la armazón de sus palabras.

En el camino de Bailar contigo… el autor va dejando rastros deliberados de sus deudas, amistosas reverencias de quien, incluso sintiéndose ungido, no se ha sobrepuesto a la timidez (o al asombro) del advenedizo que hace ya mucho dejó de serlo. En su novela de sonámbulas nocturnidades, de penumbras que acentúan los indefinidos contornos de los personajes, pervive el Borges de las torres y los laberintos y los senderos bifurcados; el mismo Borges lúcidamente digerido en los cuentos de Riverón, desde El hombre que quería subir al cielo hasta Mi mujer manchada de rojo. El Borges que escribía: “…el Sur, agrietado y rayado de relámpagos, urdía otra tormenta…”, le inculcó a Rogelio Riverón el reclamo de los sustantivos que se resisten a exhibirse desamparados y desnudos, la osadía de verbos y adjetivos en los giros sinestésicos y las prosopopeyas, el exotismo en el relato y en los nombres de los personajes, la construcción rítmica y acumulativa de los períodos, el gusto por los neologismos… La intención pragmática en la semántica y la sintaxis (que Borges delineaba en su relato “Funes, el memorioso”), acompaña también a la prosa de Riverón, cuyo estilo arranca de una inteligente apropiación del modo de hacer del polígrafo argentino.

Pero también los claroscuros de la literatura rusa que nutrió los estudios filológicos del narrador cubano, con sus atmósferas sombrías y el impresionismo de Antón Chejov, algunas aproximaciones al ineludible Lezama en los breves pasajes eróticos, y un acercamiento al Joyce de Retrato del artista adolescente, se suman a la espléndida madurez del lenguaje de Riverón en esta novela, en la que se oyen además los “puros arrestos” del centro nativo de la isla, donde la madre solía calificar de “indecente” al sol o al viento o a la lluvia.

El resultado es esta novela formidable, que fluye deliciosa sobre una bien construida nave verbal a medida que la urdimbre de la trama se teje. Entre sus líneas, en sus páginas que se me agotaron rápidas por la avidez, pude ver a menudo a Riverón reiterando un ademán recurrente cuando habla: el trazo de un arco con la mano breve que borra su sonrisa de labios apretados mientras se le pierde la mirada dentro de sí mismo. Estaba conduciendo el compás de la lectura que me estremecía como un cuplé.

Continua...