III

Blues con molinos

Rigoberto Rodríguez Entenza

Lo que va de siglo para el cuerpo de la literatura cubana es también el tiempo de uno de sus anexos, las Ediciones Territoriales. Si echamos una mirada conciente y objetiva, capaz de dejar a un lado el lastimoso e inútil complejo de inferioridad que muchas veces es visible en los que no residimos en La Habana, veremos cómo, desde un espacio que lógicamente debemos llamar otredad, se entregan obras cuyas esencias son, a no dudarlo, contribuciones ya atendidas y por lo mismo legitimadas. Claro está, como otros, creo que por lo dicho no hay que olvidar el no resuelto dilema de las publicaciones innecesarias, la aparición de textos que no hacen más que engordar un currículo y por lo mismo es un hecho que sólo tendrá una cura definitiva a través de estudios regionales, desmarcados de localismos decadentes, inoperantes a la hora de consolidar valores en las obras y sus contextos.

Pero lo cierto es que en medio de tales sucesos, continuamente, asoman señales como las que nos puso en el horizonte el libro de poesía Blues con molinos (Ediciones Luminaria, 2003). Su autora, Yanisbel Rodríguez Albelo (1979), Cindy, a pesar de haber nacido y vivir en un pueblito de recuerdos llamado El Sur del Jíbaro, lejos de ciertas corrientes, anuncia un itinerario espiritual que busca el equilibro entre los enunciados y el lenguaje, en tanto materia misma de sus motivaciones.

Acercarse a la poesía a través de los textos contenidos en este pequeño volumen implica, en primera instancia, entrar en un espacio narrativo cuyo sostén es el ánima de su más íntima voz, sobrepuesta a otras que le son también necesarias. Ese es un eslabón que se nos propone para anunciar los componentes de una imagen en la que las noches, las luces, escasas pero bien señaladas, configuran un espacio donde se acumulan códigos de ese instante en que suena un blues que se baila y vive en la misteriosa red del halo nocturno. Cada uno de los dibujos espirituales que a lo largo del texto se van tejiendo tiene ese hallazgo. No importa el horario real, siempre estamos dentro del sonido que escapa desde lo onírico y ya nos acompaña para siempre.

Qué tristeza verte del otro lado,/ como esos árboles de los vecinos que siempre transgreden/ la huerta con algunas ramas y nos tientan a robar/ los frutos, con la justificación de que están en nuestro territorio.//

La transfiguración del entorno y la concepción del universo, su mistificación a través de la imagen, le permiten llevarnos a un laberinto abierto, donde lo visual y los signos sonoros suelen tener una intención performática.

Este libro es la primera novela de una nueva poeta, es su testamento y su epílogo. Mediante un verso animado por lo que subyace, desnuda la inteligencia y la capacidad de ver el mundo desde la liberación, desasida de convencionalismos, apoyada en su iluminación y ansiedad de búsqueda. Rodríguez Albelo alcanza, digamos escala, la reconstrucción de su angustia, su centro, el sentido plural de su humanidad. Las regiones habitadas van hacia universos cósmicos ya una vez enervados por figuras de aire, siempre con la compañía de voces altas y por eso mismo peligrosas, como la de Cortázar o de un gran blues que ha minado su entraña y la nuestra. Todo la empujará desde el molino que el viento de El Sur del Jíbaro domina; con esa brisa va hacia un espacio magnificado por su voz, donde todo tendrá de fondo un abanico de imágenes, Van Gogh, Monet, Cézane, Gauguin, Modigliani. Así ella discute con su tiempo y finalmente cruza el paño de evidencias de los corderos digeridos para salvar la profundidad de sus argumentos.