La mujer que compró el mundo

Legna Rodríguez Iglesias

Legna Rodríguex Iglesias(Camagüey, 1984) ha publicado, entre otros libros, Zapatos para no volver (poesía, 2004), Instalando me (poesía, 2005), El mundo de Laura (literatura infantil, 2007), Los mágicos (literatura infantil, 2008), Ciudad de pobres corazones (poesía, 2008). El cuento que publicamos pertenece a su libro Ne me quitte pas, con el que obtuvo el Premio Calendario 2008.

Para Raúl Flores






Baratísimo.
Se lo compré a un escritor de La Habana con sus papeles y todo.
Creo que fueron 193 pesos cerrados.
En moneda nacional, por supuesto.
Iba contentísima porque había acabado de cobrar 3 cheques de 193 pesos. Algunos escritores menos suertudos cobran 115 pesos con 80 centavos, pero yo, que formo parte de una Unión inseparable y poderosa, cobro 193 pesos a veces, y a veces 240.
Me siento afortunada aunque todo lo que necesite sea amor.
Iba contentísima por el mismo caminito que venía el escritor.
Tropezamos.
Nos miramos.
Yo no sabía que él era escritor ni él sabía que yo era escritora.
No éramos enemigos pero tampoco éramos amigos.
No teníamos que convertirnos en enemigos pero tampoco teníamos que convertirnos en amigos.
Sin embargo fue un mal comienzo, es decir un mal tropiezo.
Al escritor se le cayó el mundo y a la escritora se le cayeron sus billetes.
Billetes de a 100, de a 20 y de a 3.
Tenía pensado guardar los de a 3 para la buena suerte, bien enrollados bajo las trompas de 4 elefantes de cerámica. Tenía pensado comprar 4 elefantes de cerámica.
Y he aquí que tropiezo con este pequeño escritor de La Habana, yo, una joven y pequeña escritora de provincia.
Nos miramos.
Nos hicimos un intenso gesto hipócrita de ayudarnos mutuamente.
Nos ayudamos.
Nos dimos las gracias.
Considero que fue la hipocresía total cuando el escritor me dijo ¿te gustaría tomar helado?
Aunque cuando yo dije sí, cómo no, considero que fue la hipocresía redonda.

De pronto estábamos sentados en la mesa de una heladería. Él con su mundo y yo con mis billetes. Él con su acento de metrópoli y yo con mi silencio tímido. Él con su camisa de cuadros y yo con mi blusita de guinga. Él con su short de bolsillos y yo con mi saya plisada.
Hacíamos una buena pareja.
La mesera preguntó qué quieren los novios y el escritor se atoró, yo tosí, después él dijo 2 helados por favor.
Me llamo Alejandro Pizarnik.
Encantada, Julia Cortázar.
Los dos mentíamos descaradamente, sin embargo su cabello largo me daba buena impresión y mi cabello corto le daba buena impresión a él.
Hay que confiar.

En la confianza está el peligro pero también están los campos de acelgas para siempre. Podríamos dedicarnos a cosechar acelga y venderla más barata que el estado. No nos cuesta nada. La agronomía me corre por la sangre. Mamá es ingeniera agrónoma, papá es ingeniero agrónomo. Una vez tuve un novio que estudió esa especialidad pero más parecía una chimenea y yo con chimeneas no voy a ningún lado.
En fin que nadie comprende mi manía de escribir poemas.
Mi distracción, como lo llama papá.
Mi comedura de plasta, como lo llama mamá.

Yo me tomé el helado a la velocidad de los gases anales y el escritor se tomó su helado a la velocidad de la traslación de la Tierra. Mi velocidad se oponía a la de él pero los dos disimulábamos nuestras incomodidades.
Fue una tarea ardua.
Jamás he sabido disimular mi incomodidad.

Me sorprendió que al terminar los helados, el escritor volviera a decir ¿te gustaría tomar un café? Y allá van el escritor y la escritora a tomar un caliente capuchino de verano en una cafetería frecuentada por artistas. Soy productor de espectáculos musicales, mintió el escritor con una falta de escrúpulos que sólo denota sabiduría, puesto que la identidad propia nunca debe revelarse, y menos a muchachas que andan por la calle con una blusa de guinga y una saya plisada. Soy diseñadora escenográfica, me gradué el año pasado, mentí yo con una imaginación que rozó la mitomanía, virtud que caracteriza a los habitantes de mi provincia.

El humo de mi café golpeaba la cara del escritor y el humo de su café golpeaba mi cara recíprocamente.
Quisiera vender el mundo, dijo el escritor a modo de despedida.
Y yo quisiera comprarlo, articuló mi boca a modo de despedida, sin embargo mi cerebro se preguntaba a dónde iríamos a parar. Cabía la posibilidad de que todo esto no fuera otra cosa que una contraseña para tener sexo oral o tal vez sexo en grupo o tal vez cualquier tipo de sexo postmoderno.

Fue cuando el escritor sacó el mundo de su paquete y me mostró el mundo de manera directa.

Lo compro.
Lo compro.
Lo compro.

Tú serás el hombre que vendió el mundo y yo seré la mujer que compró el mundo. Pero no puede haber vuelta atrás. Piénsalo antes, no sé, date 5 minutos por lo menos porque ahora mismo podría darte 193 pesos cerrados por ese mundo tan lindo.
Y el escritor dijo es tuyo.
Y el mundo fue mío.

Urra.
Urra.
Urra.

Y el escritor me leyó un reglamento que debía tener en cuenta.
Había que poner al mundo en una habitación con aire acondicionado.
Había que pasarle un algodón por los polos y otro algodón por el Ecuador.
Había que besarlo en el Trópico de Cáncer y había que lamerlo en el Trópico de Capricornio.
Había que ajustarle el eje.
Estuve de acuerdo sin ninguna objeción.

Iría al banco enseguida. Sacaría mis ahorros hasta el último centavo. Compraría un aire acondicionado, un D.V.D., y un televisor de pantalla líquida, para que el mundo se pasara el día viendo las películas más maravillosas del mundo.
Con preferencia los dramas románticos.
Dramas parecidos a Betty Blue.
Por primera vez me fijé en el mundo.
Tenía más de un millón de ojos, más de un millón de orejas, más de un millón de manos y más de un millón de bocas.
Es natural que en el futuro el mundo podrá verme mejor, oírme mejor, tocarme mejor, comerme mejor.
Hice esfuerzos por no abrazarme al cuello del escritor. En ese momento su cuello sudado hubiera podido provocar en mí lo mismo que la novela de Jean Paul Sartre. Las señoras embarazadas saben a qué me refiero.
El escritor también lo supo. Lo leyó en mis ojos. Unos ojos que en lo adelante formarían parte del mundo.
¿Te gustaría ir conmigo a un recital de poesía performática?
Dijo el escritor guardando en su bolsillo mis billetes que ahora eran sus billetes.
¿Quién dará el recital?
Son 4 poetas que se hacen llamar Los Escarabajos.
Parecía interesante pero me bastaba y me sobraba con haber comprado el mundo.
Ese nombre, Los Escarabajos, no sé por qué me pareció conocido.
Creo que ya leí varios libros de poemas escritos por ese grupo.

Help!
Let it be
Yellow Submarine
Revolver

Veo al escritor perderse por una calle y pienso en los escarabajos que salen de noche.
Nosotros los escritores nunca sabremos salvarnos de los recitales de poesía. Es algo que nos atrae inexplicablemente. Más aun si se trata de poesía performática.
Hoy el escritor y yo compartimos la amistad más auténtica del mundo.
Él escribe reseñas sobre mis libros y yo escribo poemas y cuentos sobre él.
Hablamos por teléfono todos los meses. Él ya encontró el amor pero yo todavía. Él me cuenta lo que dicen de mí en La Habana y yo le cuento lo que dicen de él aquí. De los 2 dicen horrores.
No hay que asombrarse.
El horror se ha convertido en la principal fuente de energía.
Me pregunta cómo estoy y yo le respondo que estoy perfecta.
Me pregunta cómo está el mundo y yo le respondo siempre lo mismo.
Bien.
El mundo se encuentra perfectamente bien.