|
II
Equívoco, porque la crítica trata de ser, quiere ser y es otra cosa: no quiere invadir el arte, ni volver a descubrir la belleza de lo bello y la fealdad de lo feo, ni hacerse la pequeña y la insignificante frente al arte, sino hacerse grande frente al arte grande, siendo, en cierto sentido, superior al mismo arte.2 Que es, por ende, la crítica legítima y verdadera.
Ante todo es, a la vez, tres cosas que ya he tratado de poner en claro, tres cosas que son todas ellas condiciones necesarias suyas y sin las cuales no podría surgir la crítica. Sin el momento del arte –y arte contra arte es, en cierto sentido, como se ha visto, la crítica que se llamaba productora, auxiliar de la producción y que reprime algunas formas productoras con ventaja de otras– faltaría a la crítica materia sobre qué ejercitarse. Sin gusto –crítica juzgadora– faltaría al crítico la experiencia del arte, del arte que se ha adentrado en su espíritu, extraída del no arte y gozada contra aquél. Y faltaría, en fin, esta experiencia sin la exégesis, sin que se quiten los obstáculos de la fantasía reproductora, dando al espíritu aquellos supuestos previos de conocimiento histórico que necesita y que son la leña que sabrá quemar en el fuego de su fantasía.
[…]
La verdadera crítica de arte es ciertamente crítica estética, pero no porque desdeñe la filosofía, como la pseudoestética, sino porque actúa como filosofía y concepción del arte. Y es crítica histórica también, no porque se atenga a lo extrínseco del arte, como la pseudohistorica, sino porque después de valerse de los datos históricos para la reproducción histórica –lo que no es todavía historia–, en cuanto obtiene la reproducción fantástica hace historia, determinando el hecho que ha reproducido en su fantasía, caracterizando el hecho por el concepto y estableciendo cuál ha sido verdaderamente el hecho que ha acaecido. Así es que las dos tendencias que parecen pelearse en los planos inferiores de la crítica coinciden en esta. Tanto monta decir “crítica histórica del arte” como “crítica estética”. Lo mismo da emplear esta o aquella denominación, que pueden usarse particularmente sólo por razones de oportunidad, como cuando se quiere llamar particularmente la atención con la primera sobre la necesidad de la inteligencia del arte y se quiere aludir con la segunda a la objetividad histórica de la consideración. Y así se resuelve el problema planteado por algunos metodólogos, de si la historia entra en la crítica de arte como medio o como fin, apareciendo ahora claro que la historia que se emplea como medio, precisamente porque es medio no es historia, sino material exegético, y que la que tiene valorización de fin sí es historia, pero sin entrar en la crítica como elemento particular, sino como elemento constituyente y como todo. Cosas ambas que expresa la palabra “fin”.
Si la crítica de arte es crítica histórica, se sigue que la misión de discernir lo bello y lo feo no podrá restringirse a las simples aprobación y censura, como en la conciencia inmediata del artista en cuanto produce o del hombre de gusto en cuanto contempla, sino que debe elevarse y ampliarse a lo que se llama explicación. Y como en el mundo de la historia, que es el mundo, no existen fenómenos negativos ni privativos, porque el gusto considera como repugnante y feo lo que no es artístico, no será en la consideración histórica repugnante ni feo, porque esta consideración histórica sabe que lo que no es artístico es otra cosa, teniendo su perfecto derecho a la existencia porque es verdadero y ha existido. No es artística la virtuosa y católica alegoría que Torcuato Tasso compuso para la Jerusalén. Ni son artísticas las declaraciones patrioteras de Niccolini y de Guerrazzi, ni los conceptismos y sutilezas que el Petrarca introdujo en sus nobles, aladas y melancólicas rimas. Pero la alegoría de Tasso es una de las manifestaciones de la obra de la contrarreforma católica en los países latinos; las declamaciones de Niccolini y de Guerrazzi, intentos violentos para excitar el espíritu italiano contra el extranjero o el cura o las adhesiones a la moda de aquel estado colectivo de rebelión, y los conceptismos y sutilezas del Petrarca, culto de elegancia tradicional y trovadoresca, avivado y enriquecido en la nueva civilización italiana. Son, pues, tres hechos prácticos, dignos de respeto y henchidos de gran significación histórica. Podrá seguirse hablando, para hacer más gráfica la expresión o para sujetarse al hablar corriente, de bello y de feo en el campo de la crítica histórica, siempre que se diga al mismo tiempo, que se sugiera, que se deje entender o, por lo menos, que no se excluya, el contenido positivo, no sólo de lo bello, sino también de lo feo, que no se podrá condenar radicalmente en su fealdad cuando se justifique y entienda plenamente, ya que entonces sale con violencia de la esfera peculiar del arte.
Por esta razón, cuando la crítica de arte es verdaderamente estética, o lo que es igual, histórica, se amplía en su actuación a crítica de la vida, no pudiendo juzgar ni asignar su carácter a las obras de arte, sin juzgar al mismo tiempo las obras de la vida toda, asignando a cada una su propio carácter. Así han procedido los críticos verdaderamente grandes, y sobre todos De Sanctis, que es tan profundo crítico de arte como de filosofía, de moral y de política en su Storia della letteratura italiana y en sus Saggi critici; tan profundo en arte, porque es tan profundo en las demás disciplinas, y al contrario. La fuerza de su pura consideración estética del arte es la fuerza de su pura consideración moral de la moral, de su pura consideración lógica de la filosofía, y así sucesivamente. Porque las formas del espíritu, de las que la crítica se vale como de categorías de juicio, son idealmente distinguibles en la unidad, pero no son materialmente separables entre sí y de la unidad, si no se quiere verlas extinguir y morir inmediatamente. La distinción moral de la crítica de arte y de las demás críticas sirve, por ende, para indicar sencillamente que la atención del que habla o del que escribe se dirige a uno y no a otro aspecto del mismo contenido, único e indivisible. Empírica es igualmente la distinción de que me he servido en mis palabras, para proceder con claridad didáctica, entre crítica e historia del arte, cuya distinción ha nacido de que en el examen del arte y de la literatura contemporáneos prevalece el matiz juzgador y polemístico, con el cual se aviene mejor el vocablo “crítica”, y en el del arte y de la literatura más antiguos sobresale preferentemente el matiz narrativo, con el que casa mejor la palabra “historia”. En efecto, la crítica verdadera y completa es la narración histórica de lo que ha sucedido, y la historia es la única y verdadera crítica que puede ejercitarse sobre los hechos de la Humanidad, que no pueden ser no-hechos, porque se han realizado, y que se dominan con el espíritu desde que se les comprende. Y como la crítica de arte no se puede hurtar ni separar de las demás críticas, así tampoco la historia del arte, por razones de preferencia literaria, puede escindirse de la historia compleja de la civilización humana, dentro de la cual sigue ciertamente su propia ley, que es el arte, pero de la cual recibe el movimiento histórico, que es del espíritu todo y nunca de una forma del espíritu unida a las demás.
_______________________________________________________________________
1 Alude Croce a una polémica suya con Josué Carducci, en la que el glorioso poeta italiano aplicó al autor de este Breviario tan “cariñosos” apelativos.
2 C'est un beau raoment pour le critique comme pour le poète que celui où l'un et l'autre peuvent, chacun dans un juste sens, s'écrier avec cet ancien: Je l´ai trouvé. “Le poète trouve la región où son génie peut vivre et se déployer désormais; le critique trouve l'instinct et la loi de ce génie” (Sainte-Beuve. Portraits literaires, I-31)

|