
La crítica y la historia del arte
Benedetto Croce (Aquila, 1886 - Nápoles, 1952)
La crítica literaria y artística se ha concebido frecuentemente como un pedagogo tirano y caprichoso, que da órdenes arbitrarias, impone prohibiciones, concede licencias y favorece o perjudica a sus obras, determinando la suerte de ellas a la buena de Dios y a salga lo que saliere. Por eso los artistas, o se someten a ella humildes y lisonjeros, aunque aborreciéndola en su corazón, o bien, cuando no logran su propósito, o su orgullo les impide descender a tales oficios de cortesanos, se revuelven contra ella, negándola utilidad, imprecando, blasfemando o comparando –el recuerdo es personal– al crítico con un asno que entra en el taller de un cacharrero y destroza con el quadrupedante ungulae sonitu los delicados productos del arte que se estaban secando al sol.1 La culpa es, por esta vez, de los artistas que no saben lo que es la crítica y que esperan favores que la crítica no puede conceder o temen daños que tampoco la crítica puede producirles. Así como ningún crítico puede convertir en artista a quien no lo es, ningún crítico puede tampoco, por imposibilidad metafísica, deshacer, derrotar ni atacar suavemente al artista que lo es de todas veras. Estas cosas jamás han ocurrido en el curso de la historia, ni han acaecido en nuestros días, y podemos asegurar tranquilamente que tampoco sucederán en lo futuro. Pero otras veces son los mismos críticos, o los pseudocríticos, los que efectivamente toman el aire de pedagogos, de oráculos, de guías del arte, de legisladores, de videntes o de profetas, ordenando a los artistas que hagan esto o aquello, que señalen sus temas declarando poéticas ciertas materias y otras no, que se muestren descontentos del arte que se produce ahora, deseando que se parezca al que se hacía en esta o en la otra pasada edad, o que vislumbren el que ellos vaticinan en un porvenir lejano o próximo. Estos críticos censuran a Tasso porque no es Ariosto, a Leopardi porque no es Metastasio, a Manzoni porque no es Alfieri y a D'Annunzio porque no es Berchet o Fray Jacopone. Estos críticos, en fin, trazan la silueta de lo que ha de ser el gran artista futuro, atiborrándola de ética, de filosofía, de historia, de lenguas, de métrica, de procedimientos coloristas y arquitectónicos, de todo lo que, según el parecer de estos críticos, necesita el artista futuro. Por esta vez es claro que la culpa radica en los críticos, y los artistas hacen bien tratando a este fiero animal de la crítica como se trata a los animales, a los que se procura amansar, contentar y desengañar cuando nos prestan un servicio y que luego se abandonan y se llevan al matadero después de habernos prestado la utilidad que necesitábamos de ellos. Digamos, sin embargo, en honor de la crítica, que tales críticos caprichosos no son precisamente críticos, sino artistas, artistas fracasados, que tienden anhelosamente a cierta forma de arte que no han podido lograr, bien porque la tendencia fuera contradictoria y vacua, bien porque les faltaran efectivas fuerzas para lograrla. Estos críticos caprichosos de tal modo llevan la amargura del ideal no conseguido dentro del espíritu, que lamentan por todas partes su ausencia y reclaman su presencia también en todas partes. Otros son artistas que, lejos de haber fracasado, han logrado completamente su ideal, pero que, empujados por la misma energía de su personalidad, son incapaces de salir de sí mismos para entender y comprender formas de arte distintas de las personales, encontrándose dispuestos a rechazarlas violentamente, y ayudando con semejante negación el odium figolinum, los celos del artista hacia el artista, la envidia, que es un defecto, sin duda, pero un defecto que ha manchado muchas veces a excelentes artistas, y al que debemos tratar con la misma indulgencia que tenemos para los defectos de las mujeres, tan difícilmente separables, como ya sabemos, de su amabilidad. Los mismos artistas debieran responder despacito a estos otros artistas críticos: “Continuad haciendo lo que tan maravillosamente hacéis y dejad que nosotros hagamos lo que podamos hacer”. Y a los artistas fracasados y a los críticos improvisados: “No pretendáis que nosotros hagamos lo que vosotros no habéis sabido hacer, y dejadnos en paz con vuestra obra del porvenir, de la cual ni vosotros ni nosotros sabemos una palabra”. En la práctica corriente y moliente no se responde de este modo, porque juega en ello la pasión; pero esa es, sin embargo, la respuesta lógica, y con esa respuesta la cuestión estaría lógicamente terminada, aunque podemos profetizar que la zambra no terminará y que durará mientras haya en el mundo artistas, artistas intolerantes y artistas fracasados: siempre.
Hay otra concepción de la crítica que se expresa, no ya como la anterior con el pedagogo y con el tirano, sino con el magistrado y con el juez. Esta concepción atribuye a la crítica el papel, no de promover y guiar la vida del arte –que se guía y promueve solamente por la Historia, por el movimiento complejo del espíritu en su flujo histórico–, sino simplemente de discernir, en el arte que ya se ha producido, lo bello de lo feo, consagrar lo bello y reprobar lo feo, con la solemnidad de las austeras y sesudas sentencias que son peculiares al juez y al magistrado. Pero temo que ni aún con otra definición despojemos a la crítica de su tacha de inútil, aunque la inutilidad cambie ahora de motivo de argumentación. ¿Necesitamos verdaderamente de la crítica para discernir lo bello de lo feo? La misma producción del arte se reduce, en puridad, a este discernimiento, porque el artista adquiere la pureza de expresión al eliminar lo feo que trata de invadirle; lo feo son sus pasiones de hombre que luchan contra su pura pasión artística; son sus debilidades, sus prejuicios, sus comodidades, el dejar correr, el hacer de prisa, el tener dos velas encendidas, una para el arte y otra para el espectador, para el editor o para el empresario, cosas : todas que impiden" al artista la gestación fisiológica, el parto normal de su imagen expresión... Al poeta le impiden, en efecto, el verso que suena y que crea, al pintor el dibujo seguro y el color armónico, al compositor la melodía. Cosas que, si no nos defendemos cautelosamente de su influjo, darán como resultados versos sonoros y vacíos, incorrecciones, desentonos y discordancias en las obras. El artista, en el acto de producir, es juez, y juez severísimo de sí mismo, al que nada se le escapa –ni siquiera lo que se les escapa a los demás– y los demás disciernen, en la espontaneidad de la contemplación inmediatamente y benignamente, donde el artista ha sido artista y dónde el artista ha sido un hombre, un pobre hombre; en qué fragmentos de obras reinan soberanos el entusiasmo lírico y la fantasía creadora, y en qué otros se han entibiado la fantasía y el entusiasmo para ceder el sitio a otras cosas, que parecen arte y que –consideradas bajo este aspecto de ficción– se llaman “feas”. ¿Para qué sirve la sentencia de la crítica cuando ha sentenciado ya el gusto o el genio? Genio y gusto son pueblo, son legión, son consentimiento general y popular. Tan cierto es lo que décimos, que las sentencias de la crítica llegan siempre hasta nosotros con bastante retraso, consagrando formas ya solemnemente consagradas por el aplauso universal –no se confunda el aplauso espontáneo con el rumor y la lisonja mundanos y la constancia de la gloria con la volubilidad de la fortuna– o condenando fealdades ya condenadas, soportadas y olvidadas, o elogiadas aún sólo verbalmente, pero sin conciencia de lo que se dice, por seguir una bandera o por atrincherarse en la obstinación. La crítica, concebida como magistrado, mata al muerto e infunde nueva vida al vivo que está bien vivo, imaginando que su infusión es el soplo de Dios vivificante, realizando una labor inútil, porque es inútil repetir la labor que se ha hecho antes mejor y más bellamente. Decidme si han sido los críticos o la legión de lectores los que han determinado la grandeza del Dante, de Shakespeare o de Miguel Ángel. Si a esa falange de lectores, que han aclamado y siguen aclamando a estos genios, se unen, como es natural, los literatos y críticos de profesión, su aclamación no difiere, en este respecto, de la de los demás, ni tampoco de la de los chiquillos y de la del pueblo, todos igualmente prontos a abrir su corazón en presencia de la belleza, que habla a todos, y que algunas veces no se atreve a hablar para desarrugar el ceño adusto de un crítico-juez.
Surge una tercera concepción de la crítica: la crítica como interpretación o exégesis, que se hace la pobrecita ante la obra de arte, limitándose a la humilde profesión del que quita el polvo a las cosas, las coloca con buena luz, cuenta anécdotas del tiempo en que fue pintado un cuadro o de las cosas que representa éste y explica las formas lingüísticas, las alusiones históricas y los supuestos previos históricos o ideales de un poema. En un caso o en otro, cumplida su misión, esta crítica deja que el arte obre espontáneamente en el espíritu del que contempla o del que lee, que juzgará como le diga su gusto íntimo que deba juzgar. El crítico, en este caso, se parece a un culto cicerone o a un paciente y discreto maestro de escuela. “La crítica es el arte de enseñar a leer”, ha dicho precisamente un crítico famoso; definición que ha tenido su eco. Hoy nadie discute la utilidad de los guías de museos, de las exposiciones y de los maestros de lectura, y mucho menos de los guías y de los maestros eruditos, que conocen tantas cosas, ocultas a los ojos de los más, y que tantas luces pueden suministrarnos sobre las mismas. No solamente el arte más remoto para nosotros necesita estos auxilios, sino también el arte de un próximo pasado, que se llama contemporáneo, y que, aunque ofrezca materias y formas que nos parecen claras, no son siempre completamente claras para nosotros. Muchas veces se necesita un esfuerzo considerable para preparar la gente a que sienta la belleza de una poesía o de cualquiera obra de arte, nacida, como quien dice, ayer. Prejuicios, hábitos y olvidos forman una barrera infranqueable en derredor de aquella obra, y necesitamos la mano experta del intérprete o del comentador para tirarlos abajo y deshacernos de ellos. La crítica, con esta significación, es, ciertamente, utilísima; pero no sabemos por qué razón hemos de llamarla crítica, ya que semejante forma de trabajo tiene su propio nombre de interpretación, de comentario, de exégesis. Convendría, por lo menos, no llamarla crítica, para evitarnos un equívoco fastidioso.
Continua...
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