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¿Borges? ¿Carlos Fuentes? ¿García Márquez?
Bueno... Borges, sí. Algunos ensayos y algunos relatos. Fuentes, el de Aura y Cumpleaños. García Márquez, no. Y los cubanos, claro, que son también hispanoamericanos. Hay cinco cubanos imbatibles: Lino Novás Calvo, Alejo Carpentier, José Lezama Lima, Virgilio Piñera y Guillermo Cabrera Infante. Eso de las listas es divertido, 80% en serio y 20% en broma. Tengo otra lista, pero es de escritores vivos. Y no voy a revelarla.
Volviendo a tus ensayos. ¿Hay un sistema, sigues algún método para escribirlos? ¿Te has propuesto hacer, por ejemplo, una relectura de la tradición contemporánea? Me refiero a la narrativa cubana.
No, no tengo ningún sistema. Me agarro de una frase, un destello, un gesto y empiezo a escribir. Soy muy temperamental mientras leo. Por ejemplo, anoto frases sobre las que hago juicios conclusivos. Y como soy rizomático en mi pensamiento interpretativo, de pronto sucede que, si puedo abandonar los esquemas críticos de base, hago lecturas anticanónicas. Una vez pensé en recorrer toda la narrativa cubana. Pero comprendí que no era para tanto. Me dije: que otro se ocupe de eso. Además, ahí tienes esas etiquetas-problemas: cuento cubano contemporáneo, novela de la Revolución, narrativa cubana actual, etc., etc. Uno se aburre sin remedio. Prefiero escribir novelas y cuentos, decir por qué me gusta un libro equis, y hacer antologías. Ahora estoy sumergido en algo que se titula A través del espejo. Un repertorio de cuentos homoeróticos cubanos de nuestros días.
¿Es posible armonizar un estudio ambicioso sobre la narrativa cubana de los 60, con una novela sobre lord Byron, con unos cuentos como los que aparecen en Rapunzel y otras historias, y con el tipo de poesía que haces en Kashmir, basada, como ya explicaste, en Coleridge y Led Zeppelin?
Yo intento compartir lo que podría embriagarme —para decirlo un poco exageradamente—, y necesito resolver misterios. Misterios que son míos, en primer lugar. Si alguien más los hace suyos, o se interesa en ellos, magnífico. Un misterio debe, en principio, ser efable. Hablas de una armonía, una conciliación que me hace regresar al doctor Jeckyll y el señor Hyde. Ellos son una metáfora de lo aparentemente inconciliable y se recuerdan mutuamente. Hyde recuerda que a ratos es Jeckyll. Jeckyll sabe que por las noches suele ser Hyde. Tengo un yo divisible. Mi yo literario se divide en varios, según puedo entender. Hyde tiene la impresión de que Jeckyll es un buen tipo y éste conoce las tenebrosas andanzas de Hyde. A Jeckyll le gustaría experimentar, creo, una porción de la vida de Hyde. A Hyde no le agradan las costumbres del doctor, pero ambiciona su aristocrática seguridad. Hablo de dos personajes que en realidad son ocho o nueve. Y esa es, creo, la médula del relato de Stevenson, un cuento a primera vista fantástico.
Escribes Kashmir, un libro de poemas, o un poema en fragmentos. Has dicho, sin embargo, que Kashmir va hilando una historia. Hay una fábula, o un germen de fábula...
No pude dejar de contar una historia en Kashmir. Pero mi raconteur no es confiable. Habla desde los sentimientos y las sensaciones más puras y violentas. Enarbola sueños, duda de sus visiones y deseos. La historia resultante es inverosímil porque no hay un personaje convencional que alcance a encarnarla. Pero hay una historia, o la sublimación de una historia. Y esa, en particular, no era para una novela, no encajaba en los moldes más o menos básicos de una novela. Hubiera tenido que escribir, en primera persona, una versión proteica, onírica y desenfrenada de The Sheltering Sky, de Paul Bowles.
Se te ve poco, o sea, haces muy poca vida literaria, o más bien ninguna. Hay personas que lo atribuyen a la constancia de tu trabajo. ¿Tienes muchos proyectos en camino?
La vida literaria es un invento... prefiero recibir a colegas y amigos en mi casa, hablar de lo que hacemos, ver una buena película, beber té y café con hot cakes o algo parecido, y que mi hijo toque a Bach, Lecuona o Erik Satie... Soy muy doméstico, pero no prescindo de los amigos. Claro, no es que mi casa se transforme en un salón (he puesto una sólida reja Art Déco y tengo un pequeño patio con plantas que parecen artificios). Proyectos actuales tengo dos: una novela titulada Equinoccios, que ocurre, al mismo tiempo, en una isla del Mediterráneo en 1911 y en La Habana en 2007, y La humedad del discurso, un volumen de ensayos conexos sobre el erotismo y el sexo en la narrativa cubana. La editorial Oriente presentará en unos meses Días invisibles, mi cuarta novela.
¿Entre esa novela y Capricho habanero notas un cambio, una modificación?
No lo creo, a no ser que te refieras a las modificaciones del lenguaje. Tú misma, en una ocasión, hablaste con acierto del ensombrecimiento de mi prosa... y la verdad es que sigo ensombrecido. La Habana de Capricho habanero, hace ya más de 10 años, es esencialmente la misma que se discierne en Días invisibles. Pero en aquella novela había elementos fantásticos, mientras que en esta hay sordidez y cinismo. El lenguaje, cuando se afina o refina, no está sino expresando ese mismo proceso, que ocurre en la percepción de lo real. El viaje de lo fantástico-con-toques-de-crudeza, al realismo-cínico-con-toques-de-crudeza, analogiza otro viaje: el que uno da hacia el desengaño... Sin el lenguaje la realidad se apaga. La realidad tiende a ser lenguaje. Lo demás es literatura, ficción. Por suerte mi tendencia es a evadir, cuando me resulta posible, esa ferocidad de lo inmediato. Y entonces escribo Las potestades incorpóreas, que es, aunque muy trágica, una novela simbolista y cantabile.
¿Y el erotismo? Sexualidad, erotismo, literatura erótica, cine erótico, pornografía... son conceptos que arman lo que para ti sería un gran tema, ¿no es así?
Un tema enorme. Un territorio de dimensiones oceánicas. Días invisibles puede leerse como novela erótica, aunque me temo que allí lo erótico es tan sólo un ingrediente que por momentos roza la pornografía, o sea, la graficación directa del sexo. Hay pornografía comercial y pornografía no comercial. Es preciso distinguir una de la otra, aunque las dos sean “estocadas” muy precisas. El cuerpo desnudo, en cualquier circunstancia, sigue siendo uno de los fenómenos más bellos e inexplicables. Sin darme cuenta, he escrito una especie de trilogía habanera, uno de cuyos contrafuertes es el cuerpo sexual. La trilogía estaría conformada por Capricho habanero (1998), Días invisibles (2009) y una novela de la que no hablo aún demasiado: Las nubes en el agua. Esta se enmarca en La Habana de un futuro indiscernible, donde hay chicos que practican la esgrima con sables peligrosos, y Lolitas biomecánicas aficionadas no sólo al sexo, sino también a la taxidermia y la criptozoología. En cuanto al tema en sí, me parece que el erotismo y el sexo han armado desde siempre una de las grandes interrogaciones del lenguaje. Kashmir es, a su manera, un poema erótico sobre los espectros que vienen del Oriente. Están la ruta de Kashmir o Cachemira, y la ruta espiritual que se desprende de la metafísica hindú. Pero también aparece la China mítica que se transfigura en Lady Murasaki, con una especie de criollez sexualizada. Y, de pronto, también hay hoplitas, gladiadores, ánforas minoicas... cuerpos imaginados y, en ocasiones, tangibles. Un tipo de escritura muy disfrutable. El impacto de los estímulos que produjeron Kashmir es tan duradero, que hace tan sólo unos meses hice, con el Movie-maker de Windows, una especie de memorial dramático y erótico, en 13 minutos, donde se oye la pieza de Led Zeppelin (la versión que Jimmy Page y Robert Plant hacen para No quarter) y aparecen fotografías de todo tipo, imágenes de pinturas famosas, textos y portadas de mis libros en una transición algo desconcertante. Se llama The text remains the same. Mientras más lo veo, más me convenzo de que es un filme íntimo, privado, que pudo haber sido una novela encubridora y hasta inocente...
Ahora, en medio de tanto trabajo valioso, y también exitoso, estás a punto de cumplir 50 años, ¿cómo asumes este paso irreversible del tiempo?
El paso del tiempo es un problema. Las personas deberían verse a sí mismas como se sienten. Yo he escrito con intensidad y he vivido con intensidad. Me quedan unos meses para los 50 y todavía no me lo creo. ¿50 años? ¿10 para 60? ¿Qué significa eso: tener 50 años? No estoy seguro de saberlo. Envejecer es una trastada, sin duda. Probablemente la peor de todas. Lo único que puedes hacer es envejecer con dignidad, mientras trabajas y sigues cuidando de tu familia. Yo creo en las dos cosas: la literatura y la familia. Los “encantos” de la “tercera edad” son una broma un tanto siniestra, porque la “tercera edad” es la del cuerpo a punto de precipitarse en la declinación... Pero por suerte me siento muy bien. Además, un escritor comercia con muchas cosas, y en el fondo de ese trasiego está la utilidad de su trabajo. Me gusta pensar que he sido y soy útil de diversas maneras, y que lo seguiré siendo. En algunos espacios de la Feria del Libro he tropezado con jóvenes que me hablan, intranquilos y curiosos, de cierto grado de fascinación que les produce una novela mía, un cuento, ¡incluso un ensayo! Algunos me hacen preguntas tremendas... Y esa experiencia bien vale la pena y es casi insustituible.

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