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II
Hopkins sonrió con aprobación.
–Pero su carta parecerá tener sentido, ¿no?
–Legalmente ninguno, espero –Foster estaba de buen humor–. La Constitución de ustedes es, si me disculpas, un documento asfixiante y agresivamente rotundo sobre ciertas cuestiones en las que el verdadero genio político requiere una luminosa vaguedad.
–Mayor será el reto –Hopkins se sentó entre los dos hombres y echó un vistazo a sus notas–. ¿El principal obstáculo no son las distintas actas de neutralidad?
–Sí –dijo Cohen–. Pero últimamente el Congreso ha cambiado tantas veces de reglas, que seguro que podemos adaptarnos a una de sus versiones.
–¿Qué autorización legal necesita el presidente para entregar esos destructores?
Todo lo relacionado con la sagrada Constitución atraía siempre a Caroline, para quien era un misterio más intrincado que la Trinidad.
–En teoría, probablemente ninguna. Sólo una orden del ejecutivo. Pero como se nos echan encima las elecciones, el presidente necesita su hoja de parra –Hopkins se apretó el estómago y luchó con los gases.
–Aquí la tienes. Nuestra hoja de parra, cortesía del señor Foster –Cohen abrió un viejo libro de Derecho.
–Adoro la prosa del Congreso –dijo Foster.
–Suerte que tenemos. Yo nunca habría llegado tan lejos como tú –Cohén leyó en voz alta–: “En 1892, el Congreso concedió al secretario de la Guerra el derecho a tomar en arriendo propiedad militar ‘allí donde, a su juicio, fuese por el bien común’”.
Hopkins frunció el ceño.
–Pero, ¿todavía tiene el secretario el poder de... cómo has dicho? ¿Tomar en arriendo?
Foster asintió.
–He leído todo lo relacionado con el tema, y permítanme que les confiese que me he divertido en secreto con las leyes militares de ustedes. Y temblado ante olvidadas exigencias. Esos indios. Las rutas de sus expediciones guerreras, siempre atestadas de hachas de guerra arremolinándose. De todos modos, el derecho de 1892 es a perpetuidad a menos que el Congreso lo revoque específicamente, algo que es evidente que ha olvidado hacer en medio del vertiginoso torrente de la historia que nos lleva a todos por delante, del mismo modo que nos hace entrar y salir de oficinas.
–Sam, ¿crees que el jefe puede salirse con la suya? –preguntó Hopkins sin rodeos.
–¿Quién va a poner trabas aparte de los aislacionistas? Y sean cuales sean las bases legales, siempre dirán que no, de todos modos. Pero probablemente no son suficientes, aun en el caso de que el presidente ganara en noviembre. Sí, esto nos cubre.
–Y –dijo Foster con una sonrisa recatada– si tu jefe no gana, todavía tendremos en nuestro bando a Wendell.
–Enhorabuena –Hopkins terminó la Coca-Cola–. Ahora díganme: ¿cómo harían ustedes para arrendar un destructor?
–No podría ser más sencillo ni más primitivo –respondió Foster–. Haremos un trueque. No tenemos dinero, como admitió Lothian con tan poco tacto el otro día, pero sí un imperio en que el sol no se atreve a ponerse. Les dejaremos arrendar un par de islas mientras ustedes nos arriendan esos barcos, así como varios bombarderos B-17. A cambio, les daremos contratos de arriendo de noventa y nueve años sobre diversas zonas del Imperio; joyas de la corona del rey-emperador. Así que, para empezar, ¿qué les parecen las Bermudas? Las tienen cerca de casa, y tienen unas playas fabulosas.
–¿Qué tal Nassau? –Caroline se iba metiendo en el espíritu de un juego no muy distinto del Monopoly.
–Personalmente, me encantaría que se quedaran con ella, señora Sanford. Pero, ¿realmente quiere a los Windsor?2 Van juntos, ¿sabe?
–¿Una atracción turística?
–Informaré al Tesoro.
–Terranova –dijo Hopkins. Hablaba en serio–. La necesitamos para nuestra defensa. También tenemos previsto ocupar Islandia ahora que Alemania ha tomado Dinamarca.
Foster se puso serio de pronto.
–Y mientras tanto, ¿qué están haciendo ustedes con los imperios coloniales holandés y francés? Parte de la reciente alianza de Japón con Alemania se basa en la concesión que les ha hecho Hitler de la Indochina francesa y la Java holandesa, que abastecerán a los japoneses de todo el petróleo que puedan necesitar.
Hopkins cerró los ojos.
–Acabas de mencionar nuestra peor pesadilla.
–¿La conquista de Asia por parte de Japón?
A Caroline le parecía curioso que, en medio de tanta preocupación por Europa, casi nunca se mencionara en la Casa Blanca al siempre en expansión Imperio japonés. Entre la caída de Francia y la prometida invasión de Inglaterra, el presidente estaba totalmente absorto en Europa. Pero el primer recuerdo imperial de Caroline era el de una mañana en Kent, en casa de Lizzie Cameron, cuando, al reunirse con su anfitriona, Henry Adams y el ministro norteamericano John Hay en una terraza que dominaba el Weald de Kent en todo su brillante verdor estival, le informaron de que la breve guerra entre Estados Unidos y España había terminado y el imperio colonial de España había pasado a manos de Estados Unidos. Hay estaba encantado con lo que había calificado de “pequeña y espléndida guerra”, poniendo una vez más de manifiesto su fatal talento para la “fraseología”, como lo llamaba Adams con sorna.
Adams no veía en aquel asunto más que conflictos para Estados Unidos en su papel de soberano del rebelde archipiélago de Filipinas, junto a la costa de China.
–¿Qué pintamos nosotros allí? –había preguntado, no sólo retóricamente, sino esperando una respuesta. Pero nadie le había respondido, puesto que los imperios eran organismos vivos en expansión. A Caroline no le había costado comprender ese principio mientras ayudaba a Lizzie Cameron a arreglar las rosas de verano (¿siempre era verano para el imperio?). De eso hacía más de cuarenta años. Hay y Adams llevaban muertos mucho tiempo. Las guerras franco alemanas que habían empezado con Bonaparte estaban ahora en su cuarto y, según cabía esperar, último acto. Si Hitler vencía... Pero Caroline nunca había olvidado la astuta sonrisa de Adams en el tercer acto de la guerra francoalemana por la supremacía de Europa.
–Alemania es demasiado insignificante para tener tales pretensiones. Una vez que hayamos acabado con ella para siempre, solo habrá dos potencias en el mundo: Estados Unidos y Rusia.
–¿Inglaterra no?
–La pobre Inglaterra. No, Inglaterra no. Aún es más pequeña que... Verás, al final no habrá una Europa relevante. Europa es nuestro pasado glamoroso. El Pacífico es nuestro futuro inmediato. Y luego el norte de los continentes. La provincia de Shanxi, en China. Manchuria. Siberia. Todo el poder está en nuestras manos ahora. Y en las de Rusia. Es una pena –añadía siempre, y Caroline se preguntaba: ¿Una pena para quién? Se podía sostener que para ese pomposo y magnífico invento de la Ilustración, Estados Unidos, un país fundado en tierras inexploradas, siempre soñándose como una Atenas resucitada incluso mientras recreaba cruda y obstinadamente a Roma. Tal vez Adams, cuyas raíces intelectuales estaban tan profundamente asentadas en la vieja Europa, compadecía la repentina irrelevancia de su querida catedral de Chartres mientras la zumbante dínamo norteamericana empezaba a dar vueltas y más vueltas, cada vez más deprisa, generando al hacerlo cada vez más energía solar. Hopkins felicitó a Cohen y a Foster.
–Nos esconderemos detrás de su olvidado secretario de la Guerra y lanzaremos nuestro poder militar en ayuda de Inglaterra y de su imperio, por supuesto.
–Con franqueza,preferiríamos que nos dieran dinero
–Foster tenía la sonrisa de dientes blancos de un
pirata–. El embajador y yo acabamos de enviar un
informe al señor Churchill. Asunto: la potencia militar
de Estados Unidos.¿Qué tal está el ejército norteamericano
con respecto a los demás ejércitos del mundo
en junio de 1940?
Hopkins suspiró.
–Ustedes han sacado unas estadísticas humillantes.
–Gracias al Congreso de ustedes, todo hay que
decirlo,en estos momentos sus tropas ocupan la decimosexta
posición en el mundo, justo detrás de
Rumania.
–De modo que más vale que no nos acerquemos a
Rumania –Pero Caroline había advertido que Hopkins
había guiñado un ojo. Hopkins añadió–: Pero el año
que viene seremos el número uno...
–Después de Rusia. Por tierra, claro. Pero será en el
aire donde se encontrarán a ustedes mismos. Ya
hemos concebido un plan para que nos abastezcan
de esos aviones de carga que ustedes están construyendo
en grandes cantidades. Nos enviarán los que
les arrendemos,trayendo así la prosperidad a las ociosas
fábricas y oleadas verdes o...¿cómo dice su patriótica
canción?, oleadas ámbar de trigo a terrenos pelados
por la erosión.
–Si el Congreso no lo impide.
–Si Roosevelt lo permite –dijo Foster–. Es una pena
que siempre nos hayan tenido ustedes tanta antipatía.
–Antipatía –Hopkins pronunció la palabra no como
una pregunta,sino como una observación neutral.
–Las encuestas...–empezó a decir Cohen.
–...están todas amañadas –coincidió Foster–.
Muchas veces por nosotros.O,según se rumora,por la
Casa Blanca.Para demostrar su apoyo a Inglaterra.
Hopkins no aceptó el desafío.Miró por la ventana
de la cocina la brumosa blancura del día.Luego dijo:
–Tienen a varias personas válidas en la avenida
Massachusetts.
–No basta. Nuestras fábricas de propaganda son
conocidas como máquinas expendedoras de verdades.
La pequeña y valiente Inglaterra.Sola.Resistiendo
a Hitler para que nuestros parientes y amigos de aquí
no se vean absorbidos por el Tercer Reich, etcétera.
–Etcétera –repitió Hopkins–. Debo reunirme con
Churchill pronto. El jefe quiere que vaya a Londres lo
antes posible.
–No puedes –fue la contribución de Caroline–. Tu
salud.
–Aunque sólo sea –continuó Hopkins– para que
deje de repetir esa tontería sobre los parientes y amigos.
Tiene un siglo de anticuada.
–Valoramos esta clase de tradicionalismo en nuestros
estadistas –dijo Foster con tono suave–.Aun así,y
por un pequeño margen, los norteamericanos cuyos
antepasados eran de las islas británicas siguen predominando
incluso cuando los alemanes, tan poco afables
con nosotros, y los irlandeses, decididamente
hostiles, forman enormes minorías. Seis millones de
norteamericanos han nacido en Alemania...
–Un poco menos de dos –dijo Hopkins–.No,no son
populares. Los norteamericanos no olvidan el esnobismo
de ustedes, su imperialismo y su reticencia a
pagar las deudas.
–Tenemos por norma no pagar lo que no tenemos.
–Tómenlo prestado –Caroline estaba de pie.
–O arriéndenlo –Foster también estaba de pie–.
Ahora estamos probando un nuevo tipo de propaganda.
Inglaterra y Estados Unidos juntos en persecución
de Hitler. Socios en un mundo sin clases. Las
clases obreras unidas; la relación especial. ¿Te tiento?
¿Te estás emocionando? ¿Te late con fuerza el
corazón? –Miraba a Hopkins, que sonrió lánguidamente.
–Me has hecho bien. Los enfermos y los lisiados se
levantarán... –Se levantó de la mesa de la cocina.
Caroline vio en su cara el mismo terrible esfuerzo que
había visto en Roosevelt cuando, en un momento de
indefensión, se aferró a una mesa y trasladó el peso
muerto de su cuerpo de la silla de ruedas al sofá–.He
oído hablar de la relación especial que ustedes están
inventando.Con Inglaterra como socio mayoritario.
–Bueno,somos muy viejos,ya sabes.El raj,el imperio
británico en la India, y demás. Mapas del mundo
cubiertos de color rosa.Eso somos nosotros.Sin duda
aportaremos todo tipo de habilidades.Y bienes raíces.
–El veintincinco por ciento de los norteamericanos
siempre serán antibritánicos –Hopkins volvía a mostrarse
extraña y rotundamente realista.
–¿Los irlandeses...los alemanes...?
–El presidente no es ni una cosa ni la otra –Esta vez
Hopkins habló con frialdad–.Tampoco le ha divertido
la referencia al gigante infantiloide.
–¡Dios mío! Sabía que no debíamos incluir esa frase
ni en nuestro código más secreto.
–No digo que él no esté de acuerdo. Lleva casi una
década guiando al niño.No es tarea fácil.Pero no recurre
a ustedes en busca de consejos sobre un futuro
que cree que será nuestro. Estamos en una alianza
amistosa. Eso es todo.Nunca permitiremos que Hitler
los invada. Pero nunca los aceptaremos, con o sin
imperio, como a un igual en ninguna parte del
mundo. Si ganamos, ganamos nosotros. Foster dejó
de fingir que sonreía.
–Churchill nunca se desprenderá de la India, ni de
cualquier otro trozo de color rosa,en realidad.Hopkins
se encogió de hombros.
–Pero se desprenderán por sí solos una vez que la
guerra haya terminado.Ustedes no se lo pueden permitir.
Nosotros sí.No son bastantes,mientras que nosotros
somos ciento treinta millones.Doscientos millones,
dicen, al final del siglo.
–Entonces el poder lo es todo, ¿no, Harry? –La cara
de Foster era totalmente inexpresiva.
–¿Alguna vez ha sido de otro modo?
Caroline se maravilló ante lo bien que dos países
rivales –incluso enemigos– eran capaces de colaborar
sin problemas hasta que...no podía imaginar otro desenlace
que Roosevelt sentado solo en una silla de
cocina con ruedecitas, con un pie a cada lado del
mundo.
1 En lengua francesa: “sin miedo y sin reproche”.
2 El duque de Windsor y su esposa norteamericana, Wallis Simpson, vivieron en Bahamas entre 1940 y 1945. En 1936 él, bajo el nombre de Eduardo VIII, había abdicado el trono británico para contraer matrimonio con ella, no integrante de la realeza.

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