La luz que no nos abandonará
Mónica Olivera
Como el primer día (Letras Cubanas, 2009) de Pedro de la Hoz —reconocido y premiado por su extenso e intenso quehacer en el periodismo cultural— reúne una serie de entrevistas a importantes artistas e intelectuales, realizadas con rigor profesional e interrogantes bien orientadas, variables integrantes de una ecuación que, para ser despejada, requería que los entrevistados se atuvieran a cierta «regla de juego»: hurgar al máximo, sacar todo. Labor ardua esta para un corresponsal que debe sopesar cada marcador, cada registro, para que su inquirido salga airoso, y a su vez, que este le diga lo que él desea saber, y así poder legar para la posteridad, secretos y confesiones de esas vidas. Luego de incursionar en esta obra, el lector reconocerá seres notables comprometidos con la cultura cubana, personas que decidieron revelar sus vivencias afectivas y responder, a cuerpo desnudo, cómo y dónde se encontraban en el preciso momento del primero de enero de 1959, entre otras interrogantes. Esos argumentos expuestos a lo grande me atraparon, como a cualquiera que explore este volumen, donde se descorren telones bajo una panorámica diferente: la del ojo ajeno. De tal manera, quienes se adentren en las secuencias hilvanadas sobre aquellos instantes de lapso rápido, se sentirán partícipes y testigos que se registran a sí mismos, y pudieran hasta presuponer cómo les hubiera ido en aquellas circunstancias.
Para aquel día primero, la intelectualidad cubana estaba diseminada por el mundo o proscrita en nuestro propio país. Algunos desde su ausencia esperaban ese momento de luz para regresar a la patria. Al respecto, Antón Arrufat respondió a la primera pregunta que escudriñaba sobre el escenario donde se encontraba:
El 1ro de enero yo no estaba en La Habana y estaba de cierta manera. Llevaba como un año o dos en Nueva York, pero siempre estuve muy pendiente de lo que sucedía en la Isla, mediante cartas de amigos que me escribían y mediante las noticias (…) Digo regresamos por fuimos varios los que emprendimos el retorno, como Humberto Arenal, Oscar Hurtado, Miriam Acevedo, Pablo Armando Fernández, que eran más no menos los escritores y artistas que vivían en Nueva York. Algunos tenían relaciones con el 26 de Julio, como Humberto y Pablo Armando.
También la prima ballerina assoluta, que regresara a la patria el once de enero de 1959, confesó sobre el alcance de su experiencia:
El mismo 1ro de enero de 1959, en Chicago, me había comprometido con los compañeros del movimiento revolucionario en acudir a un estudio de televisión para hacer un llamado a la opinión pública acerca del peligro que entrañaba para la juventud cubana el aumento de la represión por parte de los esbirros de Fulgencio Batista (…)
Se aprecia además al internarse en el contexto, cómo la unidad de criterios respecto a la noción vivencial domina el corpus, lo encamina hacia un mismo objetivo y lo unifica; la mayoría coincidió al responder que el gran acontecimiento histórico-social, ese momento de fundación, les cambió sus vidas. Ese fue el punto de giro donde la motivación testimonial realzó el diseño de estas entrevistas. Desde una zona que converge con la línea de oro de la Revolución, cada entrevistado estampó matices únicos, listos para componer el óleo de los que tienen el tiempo a su favor, los pequeños. Nelson Domínguez, a quien pertenece la imagen de la cubierta La rebelión de los pequeños también tuvo un espacio para contar lo que hizo ese día en su lomerío.
Encontramos en los relatos que le hacen a Pedro, las más diversas referencias: las de unos, con valientes o amargas cuitas; las de la poeta que es un «sol de medianoche»; las del etnólogo cuya buena aura relegó a una «comisión del hielo» resquemores y desalientos, y que patentizara cómo se enraizaría muy profundo en los corazones de los buenos cubanos «aquella epifanía». De la Hoz también plasmó allí lo que le dijeron los músicos grandes, percibió la «gran explosión colectiva» en la voz del sabio matancero, miró hacia Adigio y Fabelo, se concentró en «el día grande como una semana» de Retamar, vio la luz intensa a través de la lente de la cámara de dos cineastas encumbrados, y encontró el nombre de Fidel en la pluma de otro épico periodista, de otros creadores de cultura, de la ensayista decana; los vio y nos los entregó a todos, en apretada fila, siempre a nuestro lado. Miró cómo un joven rebelde se hizo escritor, y apreció la sagacidad del filósofo por entonces estudiante en New Jersey que le declaraba sobre su percepción de la «… potencia transformadora del hecho revolucionario…». En fin, no se puede aludir en breves líneas a todo cuanto transmite este libro. En él la colección Cincuenta Aniversario del Triunfo de la Revolución atesora los asertos de veintitrés emblemáticos cubanos que entregaron toda su dimensión intelectual a la vorágine y a la utopía —como suele hoy decírsele—, después de «aquel día de cielo muy azul y especialmente luminoso», imagen con que lo describiera el poeta de la canción protesta. Todos ellos eran jóvenes entonces, y algunos hoy no están con nosotros. Pero aún siendo así, guardan para entregar desde sus infinitas miradas, la luz de la fe que nunca nos abandonará

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